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El aula 302 de la Facultad de Filosofía tenía capacidad para sesenta estudiantes. Aquel lunes de octubre, había once. Adán Vega los contó mientras caminaba hacia la tarima, como hacía cada mañana desde hacía dieciocho años, con la costumbre triste de quien lleva la cuenta de una extinción.
Once estudiantes para una asignatura que se llamaba «Fundamentos de Ética Contemporánea» y que, según los rumores que circulaban por los pasillos del Rectorado, sería eliminada del plan de estudios el próximo curso. La universidad pública atravesaba su enésima crisis presupuestaria, y las humanidades eran siempre las primeras en caer. Más baratas de eliminar, menos rentables de mantener. La lógica del mercado aplicada al conocimiento producía resultados predecibles: las carreras que no generaban beneficio económico directo eran consideradas prescindibles.
Adán tenía cuarenta y siete años, el pelo canoso desordenado, gafas de montura gruesa y una barba que empezaba a encanecer de forma irregular, como si la vejez le llegara por parches. Vestía siempre de la misma forma: pantalón de pana marrón, camisa a cuadros, chaqueta de tweed con los codos reforzados. Era un cliché de profesor de filosofía y lo sabía. A veces pensaba que su apariencia era lo único que sus alumnos recordarían de él.
—Buenos días —dijo, dejando su maletín sobre la mesa—. Hoy vamos a hablar del dilema del tranvía.
Un suspiro colectivo recorrió el aula. El dilema del tranvía era el ejemplo más conocido y más agotado de la ética filosófica. Un tranvía sin frenos, cinco personas en la vía, una palanca que puede desviar el tranvía a otra vía donde hay una sola persona. ¿Es moralmente correcto accionar la palanca para salvar a cinco a costa de una?
—Ya lo hicimos el año pasado —dijo una alumna de la segunda fila.
—Lo sé. Pero hoy no voy a pediros que lo resolváis. Voy a pediros que me digáis por qué no se puede resolver.
El silencio fue distinto esta vez. No de aburrimiento, sino de curiosidad cautelosa.
—La mayoría de la gente dice que sí, que hay que accionar la palanca —continuó Adán—. Cinco vidas valen más que una. Es aritmética moral: el mayor bien para el mayor número. Utilitarismo básico. Pero entonces cambiamos el escenario. Estás en un puente sobre la vía. No hay palanca. Pero junto a ti hay un hombre corpulento. Si lo empujas, su cuerpo detendrá el tranvía y salvará a las cinco personas. ¿Lo empujas?
—No —dijo un alumno del fondo—. Empujar a alguien es diferente.
—¿Por qué? El resultado es el mismo: una persona muere, cinco se salvan. Si la aritmética moral funcionara, la respuesta debería ser la misma en ambos casos. Pero no lo es. ¿Por qué?
El alumno del fondo no respondió. Adán esperó.
—Porque hay algo en nosotros —dijo finalmente otra alumna, una chica de pelo rojo que se llamaba Elena— que se resiste a tratar a las personas como medios. Puedes desviar un tranvía y sentir que tomas una decisión difícil. Pero empujar a alguien con tus propias manos es convertirlo en un instrumento. Y eso viola algo fundamental.
—¿Qué viola? —preguntó Adán.
—La dignidad. La idea kantiana de que las personas son fines en sí mismas, nunca solo medios.
—Bien. Entonces la ética no es aritmética. No se reduce a sumar y restar vidas. Hay principios que no pueden cuantificarse: la dignidad, la intencionalidad, la relación entre el agente y la acción. La moral no es un cálculo. Es un paisaje.
Adán escribió en la pizarra: «LA MORAL NO ES UN CÁLCULO. ES UN PAISAJE.» Subrayó cada palabra.
—Esto es lo que quiero que recordéis. No las respuestas, sino la imposibilidad de encontrar una respuesta definitiva. Porque esa imposibilidad es lo que nos hace humanos. Una máquina puede calcular. Solo un ser humano puede dudar.
La clase terminó y los once estudiantes se dispersaron. Adán recogió sus notas y se quedó un momento mirando el aula vacía. Sesenta sillas. Once personas. En algún momento, se preguntaba, ¿dejará de merecer la pena enseñar algo que nadie quiere aprender?
Pero entonces un alumno se acercó. Era nuevo. Adán no lo había visto antes. Un chico de unos veinte años, alto, delgado, con gafas de montura fina y una expresión que combinaba timidez e intensidad.
—Profesor Vega, me llamo Lucas Herrera. He asistido a su clase como oyente. No estoy matriculado en Filosofía, estoy en el doble grado de Matemáticas e Informática. Pero he oído hablar de usted y quería escucharlo.
—¿Y qué te ha parecido?
—Interesante. Pero estoy en desacuerdo.
Adán arqueó las cejas. No era frecuente que un alumno le dijera eso con tanta franqueza.
—¿En desacuerdo con qué?
—Con la idea de que la moral no puede reducirse a un cálculo. Creo que puede. Creo que los dilemas morales son problemas mal planteados, no problemas irresolubles. Con las variables correctas y el marco lógico adecuado, cualquier dilema ético tiene una solución óptima.
Adán miró al chico con una mezcla de interés y escepticismo.
—Esa es una afirmación extraordinaria. ¿Tienes algo que la respalde?
Lucas sacó de su mochila una carpeta gruesa. La dejó sobre la mesa.
—He desarrollado un sistema formal de ética computacional. Lo llamo ÉTHOS. Es un marco axiomático que traduce principios morales a ecuaciones y genera soluciones optimizadas para cualquier dilema. He probado con trescientos escenarios éticos clásicos y el sistema ha producido soluciones coherentes en todos ellos.
Adán miró la carpeta. Luego miró a Lucas. Y en algún lugar profundo de su mente de profesor de filosofía, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: la emoción de un desafío intelectual genuino.
—De acuerdo, Lucas —dijo—. Muéstrame cómo se resuelve la moral con matemáticas.
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