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Martín siempre había sentido curiosidad por el taller del viejo Anastasio, aquel edificio estrecho encajado entre la panadería y la ferretería de la plaza mayor de Villarreloj. Nadie entraba allí desde hacía más de un año, desde que el anciano relojero había desaparecido una noche de tormenta sin dejar rastro ni explicación. Los adultos del pueblo preferían no hablar del asunto. Decían que Anastasio se había marchado a vivir con un familiar lejano, pero sus ojos esquivos delataban que ni ellos mismos se lo creían.
Aquel sábado de octubre, Martín caminaba junto a sus dos mejores amigas, Lena y Rocío, cuando un destello captó su atención. Un rayo de sol se coló entre las tablas que cubrían el escaparate del taller y rebotó en algo metálico del interior, proyectando un arcoíris diminuto en la acera.
—¿Habéis visto eso? —preguntó Martín, deteniéndose en seco.
Lena, que llevaba su inseparable cuaderno de dibujo bajo el brazo, se ajustó las gafas y miró hacia donde señalaba su amigo.
—Es solo un reflejo, Martín. No empieces con tus teorías conspirativas.
—No son teorías —protestó él—. Don Anastasio desapareció de la noche a la mañana. ¿No os parece raro que nadie haya vaciado su taller en más de un año?
Rocío, que era la más decidida de los tres, ya estaba examinando la puerta lateral del edificio. Era una puerta vieja de madera con la pintura verde descascarillada. El candado que debería haberla asegurado colgaba abierto, oxidado y olvidado.
—Podríamos echar un vistazo rápido —dijo Rocío con una media sonrisa.
—Eso es allanamiento —observó Lena, aunque ya estaba guardando su cuaderno en la mochila, señal inequívoca de que su curiosidad había vencido a su prudencia.
Martín empujó la puerta con cuidado. Chirrió como un gato enfadado, pero cedió. El interior olía a aceite de máquinas, polvo y algo más: un aroma dulzón y metálico que ninguno de los tres supo identificar.
El taller era más grande de lo que parecía desde fuera. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de engranajes, muelles, esferas de reloj y herramientas diminutas. Cientos de relojes de pared, todos detenidos en horas diferentes, los observaban como ojos ciegos. En el centro había un banco de trabajo enorme, y sobre él, cubierto por una sábana polvorienta, algo abultado que tenía la forma de una esfera del tamaño de un balón de fútbol.
—Mirad esto —susurró Rocío, retirando la sábana con un tirón.
Bajo la tela apareció un mecanismo extraordinario. Era una esfera de bronce y cristal, llena de engranajes visibles que se entrelazaban en patrones imposibles. Tenía tres manecillas de diferentes colores —roja, azul y dorada— y en su base había una inscripción grabada: «Cada elección tiene un precio. Cada precio tiene un eco».
—Es precioso —murmuró Lena, sacando inmediatamente su cuaderno para dibujarlo.
Martín se inclinó para examinar la inscripción más de cerca. Junto a la esfera había un cuaderno encuadernado en cuero, con las iniciales «A.V.» grabadas en la portada. Lo abrió con manos temblorosas.
Las primeras páginas contenían anotaciones técnicas incomprensibles, diagramas de engranajes y fórmulas matemáticas. Pero a medida que avanzaba, el tono cambiaba. Las notas se volvían más personales, más urgentes.
«14 de marzo: El Cronógrafo funciona. He visto lo que habría pasado si hubiera aceptado el trabajo en la ciudad hace treinta años. Mi vida habría sido completamente diferente. Mejor en algunos aspectos, peor en otros. Es fascinante y aterrador a partes iguales.»
«2 de abril: Debo tener cuidado. El Cronógrafo no solo muestra los caminos no tomados. Cada vez que lo uso, noto cambios sutiles a mi alrededor. Ayer mi taza favorita era azul. Hoy es verde. Nadie más parece recordar que alguna vez fue azul.»
Martín sintió un escalofrío. Levantó la vista del cuaderno y miró a sus amigas.
—Creo que don Anastasio construyó una máquina para ver el futuro —dijo con voz grave.
—O para ver los futuros posibles —corrigió Lena, que había estado leyendo por encima de su hombro—. Lo que podría pasar según las decisiones que tomes.
Rocío extendió la mano hacia la esfera, pero se detuvo a un centímetro de tocarla.
—¿Y si funciona de verdad? —preguntó, y por primera vez su voz no sonó del todo segura.
En ese momento, como respondiendo a su proximidad, la manecilla dorada del Cronógrafo se movió un milímetro. Los tres contuvieron la respiración. Fuera, las campanas de la iglesia dieron las seis, pero dentro del taller, todos los relojes de la pared permanecieron mudos, congelados en sus tiempos olvidados.
Ninguno de los tres se atrevió a tocar nada más aquel día. Salieron del taller en silencio, volvieron a colocar el candado y se prometieron volver al día siguiente. Pero mientras caminaban hacia sus casas bajo la luz anaranjada del atardecer, cada uno iba pensando lo mismo: si pudieran ver las consecuencias de sus decisiones antes de tomarlas, ¿lo harían?
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