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El coche cargado hasta el techo con cajas, maletas y una lámpara de pie que asomaba por la ventanilla trasera como un periscopio absurdo entró en Valdemoro Viejo a las cuatro de la tarde de un sábado de septiembre. Amira Benali pegó la frente al cristal y observó el pueblo que iba a ser su nuevo hogar: casas de piedra con tejados de pizarra, calles estrechas empedradas, una iglesia antigua en la plaza mayor, geranios rojos en todas las ventanas.
—Es bonito —dijo su madre desde el asiento del copiloto, como queriendo convencerse.
—Es pequeño —dijo Amira.
—Pequeño y tranquilo. Exactamente lo que necesitamos —respondió su padre, girando el volante para esquivar un gato que cruzaba la calle con la parsimonia de quien sabe que el tráfico se adapta a él.
La mudanza era consecuencia de un encadenamiento de circunstancias que Amira había dejado de intentar controlar: el cierre de la fábrica donde trabajaba su padre en la ciudad, la oportunidad de gestionar la farmacia del pueblo que un familiar lejano les había ofrecido, la promesa de una vida más barata y más sencilla. Para sus padres, Valdemoro Viejo era un nuevo comienzo. Para Amira, era un destierro.
Tenía catorce años, el pelo negro y rizado heredado de su madre marroquí, los ojos claros de su padre español, y una capacidad de observación que sus profesores anteriores describían como «excesiva» pero que ella consideraba simplemente necesaria. En la ciudad había aprendido a leer las calles como quien lee un libro: los barrios contaban historias, los edificios guardaban secretos, las personas revelaban más con lo que callaban que con lo que decían.
Valdemoro Viejo, a primera vista, parecía un pueblo sin secretos. Transparente como el agua del río que lo bordeaba por el este, amable como los vecinos que salieron a saludarlos mientras descargaban las cajas.
—¡Bienvenidos! —dijo una mujer robusta con delantal de flores que se presentó como Conchi—. Soy la vecina de enfrente. Si necesitáis cualquier cosa, mi puerta está siempre abierta.
—Muchas gracias —respondió el padre de Amira con su sonrisa más cálida.
Conchi miró a Amira con una expresión que la chica tardó en descifrar: era amabilidad, sí, pero con un matiz de evaluación, como si estuviera catalogándola, situándola en algún esquema mental que Amira no comprendía.
—Qué guapa es tu hija —dijo Conchi—. ¿De dónde sois, si no es indiscreción?
—De Madrid —respondió la madre de Amira.
—No, quiero decir… de origen. El nombre. Amira. Es muy bonito. ¿Es árabe?
Amira detectó algo en la pregunta que no le gustó. No era hostilidad, exactamente. Era algo más sutil: una necesidad de clasificar, de poner etiquetas, de saber «qué eran» antes de decidir cómo tratarlos.
—Es árabe, sí —respondió su madre con naturalidad—. Significa «princesa» en árabe.
—Qué bonito —repitió Conchi. Y se fue con una sonrisa que Amira no supo si era sincera o protocolaria.
La primera noche en la casa nueva fue extraña. Las paredes olían a cal y humedad, los suelos crujían con cada paso, y el silencio del pueblo era tan intenso que Amira podía oír su propio pulso. En la ciudad, el ruido era una constante reconfortante: coches, sirenas, vecinos, el murmullo de una metrópolis que nunca dormía. Aquí, el silencio era un ser vivo que se expandía y contraía como un pulmón.
Antes de acostarse, Amira se asomó a la ventana de su habitación. La vista daba al río y, al otro lado, a un grupo de casas que parecían más antiguas y descuidadas que las del resto del pueblo. No tenían geranios en las ventanas. Algunas tenían las persianas bajadas. Una farola parpadeante era la única iluminación.
—¿Qué hay al otro lado del río? —le preguntó a su padre cuando fue a darle las buenas noches.
—No lo sé. Ya lo descubriremos. Ahora duerme, que mañana empezamos a desembalar.
Amira asintió, pero no durmió enseguida. Se quedó mirando la oscuridad al otro lado del río y sintió algo que su instinto de observadora reconocía sin poder nombrar: la sensación de que aquel pueblo perfecto tenía una grieta. Y de que la grieta estaba justo ahí, al otro lado del agua.
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