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Nadia odiaba los primeros días. Odiaba las miradas que la seguían por los pasillos, las preguntas que nadie hacía en voz alta pero que se leían en los ojos de todos, y sobre todo odiaba esa sensación de ser una pieza de puzle que no encajaba en ningún sitio.
Este era su cuarto instituto en tres años. Cuatro familias de acogida, cuatro colegios, cuatro intentos de empezar de cero que siempre terminaban igual: con una mochila, un expediente y un viaje en el coche de una trabajadora social hacia un nuevo destino.
Pero Carmen y Tomás eran diferentes, o al menos eso decía todo el mundo. Eran su quinta familia de acogida y la primera que la miraba directamente a los ojos cuando le hablaban, en lugar de mirar por encima de su cabeza como si fuera un problema que resolver.
—Este es tu instituto —le dijo Carmen aquella mañana de enero, aparcando frente a un edificio de ladrillo rojo—. El Instituto Cervantes. No es perfecto, pero tiene buenas personas dentro.
Nadia asintió sin decir nada. Había aprendido que las palabras gastadas en promesas eran palabras perdidas.
El instituto era grande, ruidoso y olía a desinfectante. La secretaria le entregó un horario, un plano y una llave.
—Tu taquilla es la número trece —dijo la mujer con una sonrisa mecánica—. Segundo pasillo a la izquierda.
La taquilla trece estaba al final del pasillo, en una esquina poco iluminada. Era igual que todas las demás: metálica, gris, con una puerta que chirriaba. Nadia introdujo la llave, giró y abrió.
Dentro no había nada excepto un sobre blanco.
Nadia lo recogió con cautela. El sobre no tenía remitente. En la parte frontal, escrito con tinta azul en una caligrafía elegante y anticuada, solo decía: «Para Nadia. Llave 1 de 7.»
Dentro del sobre había una llave pequeña de latón y una nota.
«Bienvenida al Cervantes, Nadia. Sé que no confías en nadie, y tienes tus razones. Pero hay una historia que te pertenece y que nadie te ha contado. Esta es la primera de siete llaves. Cada una abrirá algo diferente: una puerta, un cajón, un secreto. Cuando tengas las siete, tendrás la verdad. La primera llave abre la vitrina de trofeos del gimnasio. Busca el trofeo de ajedrez de 1998.»
Nadia releyó la nota tres veces. Su primer impulso fue arrugarlo todo y tirarlo a la basura. No necesitaba misterios. Necesitaba sobrevivir un curso más sin que nadie la señalara con el dedo.
Pero algo en la nota la retuvo. «Una historia que te pertenece.» Nadia no tenía historias. No tenía pasado, o al menos no uno que conociera. Sabía que su madre biológica la había dejado en un hospital cuando tenía dos años. Sabía que desde entonces había pasado por el sistema de acogida como una pelota en una máquina de pinball. Pero no sabía por qué. Nadie se lo había explicado.
Guardó la llave y la nota en el bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió a clase.
La primera hora era Lengua. El profesor, un hombre joven con barba y ojos amables llamado señor Garrido, le pidió que se presentara.
—Me llamo Nadia. Vengo de otro instituto. Eso es todo.
Algunos compañeros se rieron. Otros la miraron con curiosidad. Un chico de la última fila, con el pelo largo y una camiseta de un grupo de música que Nadia no conocía, le hizo un gesto de saludo con la cabeza. Una chica de la segunda fila, con trenzas y una expresión seria, le dedicó una media sonrisa.
Durante el recreo, Nadia encontró el gimnasio. La vitrina de trofeos estaba en el vestíbulo, protegida por un cristal que se abría con una cerradura diminuta. Probó la llave de latón. Encajó perfectamente.
Dentro había decenas de copas, medallas y placas. Buscó hasta encontrar el trofeo de ajedrez de 1998: una copa pequeña con una placa que decía «Campeonato escolar de ajedrez. Primer premio: Sara Mendoza.»
Nadia se detuvo. Mendoza. Su apellido. Nadia Mendoza. ¿Coincidencia?
Debajo de la copa había otro sobre, igual que el primero. Lo abrió con manos que temblaban ligeramente.
«Sara Mendoza estudió en este instituto. Fue campeona de ajedrez tres años seguidos. Era brillante, valiente y tenía una risa que llenaba las aulas. También era tu madre. La segunda llave abre el casillero 7B de la sala de profesores. Pide al señor Garrido que te ayude. Él sabe más de lo que dice.»
Junto a la nota había una segunda llave, esta de acero, y una fotografía. Una chica de unos dieciséis años, con el pelo rizado y una sonrisa enorme, sosteniendo una copa de ajedrez. Tenía los mismos ojos que Nadia. Exactamente los mismos.
Nadia se sentó en el suelo del gimnasio y miró la fotografía durante mucho tiempo. Nunca había visto una foto de su madre. Nunca había sabido su nombre. Y ahora, en la vitrina de trofeos de un instituto al que acababa de llegar, se encontraba con su rostro, su nombre y la primera pieza de un rompecabezas que llevaba toda la vida queriendo resolver.
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