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La ciudad de Aldarra estaba dividida por un río. No era una división oficial, no aparecía en ningún mapa administrativo, pero todo el mundo la conocía. A un lado, el barrio de Las Cumbres: urbanizaciones con jardín, colegios privados, centros comerciales con aparcamiento subterráneo. Al otro, El Crucero: bloques de pisos con la pintura descascarillada, un instituto público con goteras y un mercado donde los precios se negociaban a gritos.
El río se llamaba Nerva. En verano era un hilo de agua marrón que los niños de El Crucero cruzaban a pie para bañarse en la piscina municipal de Las Cumbres, la única que era gratuita los martes. En invierno, el Nerva crecía lo justo para que los telediarios locales advirtieran sobre crecidas que nunca llegaban.
Hasta aquel octubre.
Víctor Almeida vivía en Las Cumbres, en una casa con piscina propia que hacía innecesaria la municipal. Tenía dieciséis años, un coche que le esperaba para cuando sacara el carné y una madre que presidía la asociación de vecinos. Su padre era ingeniero civil, lo cual resultaría irónico más adelante.
Víctor era un buen chico. No era cruel ni arrogante. Simplemente nunca había tenido que pensar en las cosas que no tenía. Nunca había mirado al otro lado del río y se había preguntado cómo vivía la gente allí. El Crucero era un lugar por el que pasaba en coche, con las ventanillas subidas y la música alta.
Saray Molina vivía en El Crucero, en un cuarto piso sin ascensor con su madre, su abuela y su hermano pequeño, Rafa. Tenía dieciséis años, una beca de estudios que cubría los libros pero no el material, y unas manos que sabían arreglar cualquier cosa que se rompiera, porque en su casa todo se rompía y nadie podía permitirse llamar a un profesional.
Saray era lista, rápida y tenía el orgullo afilado como un cuchillo. Odiaba Las Cumbres con una rabia silenciosa que alimentaba cada vez que veía a los chicos del otro barrio llegar al centro en coches que costaban más que el piso donde ella vivía.
La alerta meteorológica llegó un viernes por la tarde. Nivel naranja. Lluvias torrenciales durante cuarenta y ocho horas. El ayuntamiento envió un mensaje genérico a todos los móviles: «Se recomienda precaución. Evite zonas cercanas al río.»
En Las Cumbres, la precaución significó cancelar la barbacoa del sábado y revisar que el seguro del hogar estuviera al día. En El Crucero, significó algo muy distinto.
La madre de Saray, Lucía, subió al tejado del bloque para comprobar los desagües. Estaban atascados. Llevaban atascados tres años, desde que la comunidad de vecinos dejó de pagar las cuotas porque la mitad de los pisos estaban vacíos y la otra mitad no llegaba a fin de mes.
—Si llueve fuerte, se inunda el sótano —dijo Lucía—. Y si se inunda el sótano, se va la luz.
Saray miró por la ventana. El cielo tenía un color que no había visto nunca: un gris verdoso, denso, como si el aire pesara.
—Mamá, ¿deberíamos irnos?
—¿Adónde, hija? ¿Quién nos acoge? ¿Con qué dinero pagamos un hotel?
La pregunta se quedó sin respuesta. En Las Cumbres, la familia Almeida tenía un plan de evacuación, un generador eléctrico y una segunda residencia en la sierra. En El Crucero, la familia Molina tenía velas, mantas y la esperanza de que la tormenta no fuera para tanto.
El viernes por la noche empezó a llover. Al principio fue una lluvia normal, rítmica, casi agradable. Víctor se durmió escuchándola con los auriculares puestos y una serie en el portátil.
Saray no durmió. Se quedó sentada junto a la ventana, vigilando el nivel del río a través de la oscuridad. A las tres de la mañana, el agua del Nerva empezó a subir.
A las seis, el río se desbordó.
Y la tormenta dejó de ser igual para todos.
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