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Todo empezó con un vídeo de treinta y dos segundos.
Zoe lo vio por primera vez a las ocho y cuarto de la mañana, en la pantalla del móvil de Sara, su compañera de pupitre, que le daba golpecitos en el brazo con la urgencia de quien ha descubierto un incendio.
—Mira esto. Mira. Esto.
En la pantalla, Marcos Delgado —presidente del consejo de estudiantes, alumno modelo, candidato favorito al premio de convivencia— aparecía en lo que parecía ser el baño de un bar, insultando con una virulencia obscena a una profesora del instituto. Las palabras que salían de su boca eran tan grotescas que Zoe se apartó instintivamente, como si la pantalla quemara.
—¿Esto es real? —preguntó.
—Está en todas partes. Lo subieron anoche a un perfil anónimo. Ya tiene tres mil visualizaciones.
Zoe miró alrededor del aula. Todo el mundo tenía el móvil en la mano. Todo el mundo miraba lo mismo. Y en la esquina del fondo, Marcos Delgado estaba sentado en su pupitre con la cara del color del papel y las manos agarrando el borde de la mesa como si fuera lo único que le impedía caer al vacío.
La profesora García entró y la clase se silenció con esa quietud culpable de quien ha sido pillado haciendo algo que no debería. La profesora miró a Marcos, miró los móviles guardados a toda prisa en los bolsillos y entendió al instante que algo había pasado.
—Marcos, ¿puedes venir un momento al pasillo?
Marcos se levantó con la rigidez de un autómata y salió. La puerta se cerró tras él y el aula explotó en murmullos.
—No me lo creo —dijo Pablo desde la tercera fila—. Marcos no habla así ni cuando se enfada.
—El vídeo es bastante claro —replicó Nuria, que siempre tenía una opinión y nunca se la guardaba.
—Los vídeos pueden ser falsos —intervino una voz desde la última fila, tan baja que casi se pierde entre los murmullos.
Todos se giraron. Leo Castillo estaba sentado en su pupitre de siempre, el más alejado de la puerta, medio escondido detrás de una pila de libros que usaba como barricada contra el mundo. Era el chico más callado de la clase: delgado, con el pelo cayéndole sobre los ojos y unas gafas que siempre estaban torcidas. Sacaba las mejores notas en tecnología e informática pero apenas hablaba con nadie fuera de esas clases.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe.
—Quiero decir que existe la tecnología para crear vídeos falsos indistinguibles de los reales. Se llaman deepfakes. Usas inteligencia artificial para poner la cara de una persona en el cuerpo de otra, sincronizar los labios con un audio diferente. Con las herramientas adecuadas, puedes hacer que cualquiera diga cualquier cosa.
El silencio que siguió fue diferente al anterior. No era el silencio del cotilleo interrumpido sino el del descubrimiento perturbador.
—¿Estás diciendo que alguien ha fabricado ese vídeo? —preguntó Zoe.
—Estoy diciendo que es posible. No que sea el caso, pero que es posible.
Marcos no volvió a clase esa mañana. Según los rumores que circularon durante el recreo, la dirección le había pedido que se fuera a casa mientras investigaban. Su candidatura al premio de convivencia fue suspendida «temporalmente», lo cual, en el lenguaje diplomático de los adultos, significaba «indefinidamente».
Zoe pasó el recreo sentada en un banco con el estómago revuelto. Conocía a Marcos desde primero de la ESO. No eran amigos íntimos, pero habían compartido suficientes clases y trabajos en grupo para que Zoe tuviera una impresión clara de él: era un chico serio, responsable, a veces un poco intenso, pero genuinamente preocupado por que las cosas fueran justas. La persona del vídeo no se parecía a la persona que ella conocía.
Después de clase, Zoe hizo algo que no habría hecho normalmente: buscó a Leo Castillo. Le encontró en el laboratorio de informática, solo, con tres pestañas abiertas en el ordenador y una expresión de concentración que le hacía parecer mayor de sus catorce años.
—Leo, ¿puedo preguntarte algo?
Leo se sobresaltó ligeramente, como si no estuviera acostumbrado a que la gente le buscara.
—Claro.
—Lo que dijiste sobre los deepfakes. ¿Cómo se detectan?
Leo la miró un momento, evaluando si la pregunta era genuina o solo curiosidad morbosa. Debió de decidir que era lo primero, porque se giró hacia el ordenador y abrió una nueva pestaña.
—Hay varias señales. Los deepfakes actuales son muy buenos, pero no perfectos. Si miras con atención, a veces los bordes de la cara parpadean de forma irregular. Los dientes pueden verse borrosos. Las sombras no coinciden con la iluminación del entorno. Y el parpadeo de los ojos es anormalmente regular, porque la IA no reproduce bien la asimetría natural del parpadeo humano.
—¿Podrías analizar el vídeo de Marcos?
Leo se quedó quieto un segundo.
—Podría. Pero necesitaría una copia del vídeo original, no una captura de pantalla ni una regrabación. Y necesitaría tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Un día. Quizás dos.
Zoe asintió.
—Hazlo. Si alguien ha fabricado ese vídeo para destruir a Marcos, tiene que saberse.
Leo la miró con una expresión que mezclaba sorpresa y respeto.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó—. No es tu problema.
Zoe pensó en Marcos sentado en su pupitre con la cara blanca, en su vida patas arriba por treinta y dos segundos de vídeo. Pensó en lo fácil que es destruir una reputación y lo difícil que es reconstruirla.
—Porque si le puede pasar a Marcos, le puede pasar a cualquiera. Incluidos tú y yo.
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