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El cartel llevaba dos semanas pegado en el tablón de anuncios del instituto Lorca, medio tapado por folletos de excursiones y avisos de exámenes. «Taller de escritura creativa. Martes y jueves, 17:00. Aula 12. No se necesita experiencia, solo ganas de escribir.» Debajo, en letra más pequeña: «Coordina: Elena Vidal, escritora y terapeuta.»
Mara lo vio el lunes por la mañana, mientras esperaba a que sonara el timbre. Tenía las uñas mordidas hasta la raíz y una libreta en la mochila llena de poemas que jamás había enseñado a nadie. Arrancó una de las tiras con el horario y se la guardó en el bolsillo de los vaqueros.
Al día siguiente, a las cinco en punto, el aula 12 estaba casi vacía. Cuatro sillas dispuestas en círculo y una mujer de pelo corto y ojos grandes que sonreía como si el silencio no le incomodara.
—No vamos a hacer presentaciones formales —dijo Elena—. Aquí no hay nombres hasta que queráis darlos. Hoy solo quiero que escribáis una cosa en un papel: lo primero que sentís cuando os despertáis por la mañana.
Mara fue la primera en llegar, pero no la única. Hugo entró arrastrando los pies, con los auriculares colgando del cuello y cara de no haber dormido. Detrás vino Noa, una chica que Mara reconoció de la clase de biología, siempre sentada en la última fila. Luego apareció Dani, con su sudadera tres tallas más grande y la mirada esquiva. Y por último, casi cuando Elena iba a cerrar la puerta, entró Leire, la delegada del curso, la chica que sacaba sobresalientes en todo y que siempre parecía tenerlo todo bajo control.
Cinco adolescentes. Cinco hojas en blanco. Y un silencio que pesaba como plomo.
Mara escribió: «Miedo. Siempre miedo. Como si algo malo estuviera a punto de pasar, aunque nunca pase.»
Hugo escribió una sola palabra: «Nada.»
Noa dibujó un punto diminuto en el centro de la hoja y lo rodeó de espacio vacío.
Dani escribió: «Ojalá pudiera quedarme en la cama para siempre.»
Leire tardó más que nadie. Su bolígrafo temblaba. Al final escribió: «Presión. Como si llevara un yunque en el pecho.»
Elena recogió los papeles sin leerlos en voz alta.
—Guardaré esto —dijo—. Al final del taller, os los devolveré. Veremos si algo ha cambiado.
Nadie dijo nada. Mara se preguntó si los demás también sentían ese nudo en el estómago, esa sensación de estar al borde de algo que no tenía nombre.
—La escritura no cura —continuó Elena—, pero ilumina. Pone palabras a lo que no sabemos decir. Y a veces, solo a veces, cuando escribimos algo y alguien lo lee, dejamos de sentirnos tan solos.
Hugo resopló.
—¿Y si no queremos que nadie lo lea?
—Entonces no se lee. Aquí la regla principal es el respeto. Nadie comparte nada que no quiera compartir. Nadie juzga. Nadie da consejos que no le hayan pedido. ¿Trato?
Cinco cabezas asintieron.
—Bien. Para el jueves quiero que traigáis un texto. El que sea. Un poema, un relato, una carta, una lista. Solo tiene que ser honesto.
Mara salió del aula con el corazón acelerado. En el pasillo, Leire caminaba deprisa, como huyendo. Hugo se puso los auriculares y desapareció por las escaleras. Noa se quedó sentada en un banco del patio, mirando el cielo gris. Dani fue el último en salir; se detuvo en la puerta y miró a Elena como si quisiera decir algo, pero al final solo murmuró un «gracias» casi inaudible.
Esa noche, Mara abrió su libreta. Llevaba meses escribiendo a escondidas, siempre con la puerta cerrada y la música alta para que su madre no oyera el rasgueo del bolígrafo contra el papel. Escribía sobre la ansiedad que la despertaba a las cuatro de la mañana, sobre las manos que le temblaban antes de cada examen, sobre la sensación de estar gritando por dentro mientras por fuera sonreía.
Escribió un poema nuevo:
«Llevo un mapa cosido a la piel
de todos los lugares donde me rompí.
Nadie lo ve
porque aprendí a sonreír
con los bordes del mapa doblados hacia dentro.
Pero hoy alguien me dijo
que escribir es desdoblar.
Y tengo miedo.
Y tengo ganas.»
Cerró la libreta y apagó la luz. Por primera vez en mucho tiempo, el miedo venía acompañado de algo parecido a la esperanza.
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