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La directora Jiménez se subió al escenario del salón de actos con esa sonrisa que ponía cuando iba a anunciar algo que ella consideraba emocionante y que la mitad del alumnado consideraría un castigo disfrazado de diversión.
—Queridos estudiantes —dijo ajustándose el micrófono—, este año nuestro colegio celebrará el Primer Gran Torneo de Talentos. Cada clase presentará un equipo de cinco alumnos que demostrarán sus habilidades en diferentes pruebas. El equipo ganador recibirá el Trofeo Estrella y un viaje a un parque de atracciones.
El salón estalló en murmullos. Nadia, sentada en la quinta fila, sintió que el estómago se le encogía. Miró a su alrededor: Sofía, la mejor gimnasta del colegio, ya estaba sonriendo con confianza. Marcos, que tocaba el violín desde los cuatro años, chocaba los cinco con sus amigos. Elena, que pintaba cuadros dignos de un museo, asentía con tranquilidad.
Y luego estaba Nadia. Nadia, que no hacía gimnasia ni tocaba instrumentos ni pintaba cuadros. Nadia, que sacaba notas normales, tenía una cara normal, vivía una vida normal. El adjetivo que mejor la definía, pensó con amargura, era «normal». Y normal no gana torneos.
—Las pruebas serán variadas —continuó la directora—: habrá pruebas artísticas, deportivas, intelectuales y de trabajo en equipo. Los profesores seleccionarán a los participantes durante las próximas dos semanas.
Durante el recreo, Nadia se sentó en su banco habitual, el que estaba junto al árbol del patio que nadie usaba porque daba demasiada sombra. Sacó su bocadillo y se lo comió mirando cómo los demás formaban grupos y hablaban emocionados sobre el torneo.
—¿Te importa si me siento? —dijo una voz a su lado.
Era Tomás, un chico de su clase que siempre llevaba un cuaderno bajo el brazo y hablaba tan bajo que los profesores le pedían constantemente que repitiera las cosas.
—Claro —dijo Nadia.
Tomás se sentó y abrió su cuaderno. Nadia vio que estaba lleno de anotaciones: listas, esquemas, flechas que conectaban ideas, dibujos de mapas mentales.
—No creo que me seleccionen para el torneo —dijo Tomás sin levantar la vista—. Mi talento es organizar información, y eso no es muy espectacular.
—Al menos tienes un talento —respondió Nadia—. Yo no tengo ninguno.
—Eso no es verdad —dijo Tomás con una seguridad que sorprendió a Nadia—. Te he observado en clase. Siempre sabes cuándo alguien está triste antes que nadie. La semana pasada le llevaste pañuelos a Lucas antes de que empezara a llorar. ¿Cómo supiste que iba a llorar?
Nadia se encogió de hombros.
—No sé. Se le veía en los ojos. Tenía esa mirada de cuando intentas aguantar pero no puedes más.
—Eso es un talento, Nadia. Se llama empatía. Y es bastante raro.
Antes de que pudiera responder, otras dos personas se acercaron al banco. Una era Valeria, una chica alta y desgarbada que siempre tropezaba con todo pero que era capaz de arreglar cualquier cosa rota: relojes, juguetes, hasta el grifo del baño que llevaba un mes goteando. La otra era Jun, un chico que hablaba tres idiomas porque su familia se había mudado muchas veces, pero que no se consideraba bueno en nada porque en cada colegio nuevo era el raro.
—¿Podemos sentarnos? —preguntó Valeria—. Todos los bancos del sol están llenos de gente practicando para el torneo.
—El banco de los que no tienen talentos visibles —dijo Jun con una sonrisa irónica—. ¿Está libre?
Nadia miró al grupo y no pudo evitar sonreír. Cuatro niños que se consideraban normales, sentados a la sombra mientras el mundo brillaba al sol. Pero algo en la forma en que se habían encontrado le pareció importante, como si las piezas de un puzle empezaran a encajar aunque aún no pudiera ver la imagen completa.
—¿Sabéis qué? —dijo Nadia—. Creo que deberíamos presentarnos al torneo.
—¿Nosotros? —Valeria casi se atraganta con su manzana—. ¿El equipo de los normales?
—El equipo de los talentos ocultos —corrigió Tomás, y algo brilló en sus ojos—. Me gusta cómo suena eso.
Jun y Valeria se miraron. Después miraron a Nadia. Y asintieron.
Así nació el equipo más improbable del torneo. Un equipo sin músicos, sin gimnastas, sin pintores. Un equipo de cuatro niños con talentos que nadie veía. Aún les faltaba un quinto miembro, pero Nadia tenía la corazonada de que lo encontrarían pronto.
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