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El verano que cambió las reglas
El pacto de la abuela Remedios


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La abuela Remedios tenía ochenta y dos años, una risa que se oía desde tres calles de distancia y una teoría sobre la vida que repetía a quien quisiera escucharla: «La gente no se conoce a sí misma porque nunca se sale del camino que ya conoce. Para descubrir quién eres de verdad, tienes que hacer exactamente lo que nunca harías.»

Gael pensaba que su abuela estaba encantadoramente loca. Pero cuando sus padres le comunicaron que pasaría julio y agosto en Cala Roja, el pueblecito costero donde Remedios vivía todo el año, no le pareció tan mala idea. Cualquier cosa era mejor que otro verano en la ciudad con cuarenta grados y la piscina municipal abarrotada de niños gritones.

El problema —o la oportunidad, según cómo se mirara— era que no iba a estar solo. Sus padres habían organizado, junto con los padres de tres compañeros de instituto, un plan veraniego comunitario: cuatro adolescentes compartiendo el verano bajo la supervisión de la abuela Remedios, que tenía una casa enorme frente al mar y una energía que avergonzaba a personas de la mitad de su edad.

Los cuatro eran Gael, Nora, Biel y Salma. Y si alguien hubiera diseñado un grupo de personas con la máxima capacidad de sacarse mutuamente de quicio, no lo habría hecho mejor.

Gael era el deportista. Alto, moreno, con la constitución de alguien que llevaba desde los seis años jugando a waterpolo y corriendo por las mañanas. Su mundo era físico: medía la vida en metros, en tiempos, en marcas personales. Los libros le aburrían, las conversaciones filosóficas le parecían una pérdida de tiempo y su idea de un plan perfecto era «cualquier cosa que implique sudar».

Nora era la artista. Pelo rizado y salvaje, siempre con manchas de pintura en alguna parte del cuerpo, una colección de cuadernos de dibujo que ocupaban más espacio que su ropa en la maleta. Era callada pero intensa, la clase de persona que puede pasar tres horas dibujando una piedra y no aburrirse ni un segundo. Le daba pánico todo lo que implicara exponerse públicamente: hablar en clase, cantar, bailar, cualquier actividad que la pusiera en el centro de atención.

Biel era el cerebro. Gafas redondas, camisa siempre abotonada hasta arriba, una enciclopedia ambulante que citaba datos estadísticos en las conversaciones como quien echa sal en la sopa. Su especialidad era saberlo todo y su debilidad era no saber hacer nada con las manos: era tan torpe manualmente que una vez se cortó intentando abrir un yogur.

Salma era la social. Extrovertida, ruidosa, con una capacidad para hablar sin respirar que desafiaba las leyes de la biología. Conocía a todo el mundo y todo el mundo la conocía, pero debajo de aquella fachada de seguridad había una chica que nunca estaba sola porque la soledad la aterrorizaba. No sabía qué hacer consigo misma cuando no había nadie alrededor.

Llegaron a Cala Roja el primer día de julio, cada uno arrastrando una maleta y una expresión que iba del entusiasmo educado al escepticismo apenas disimulado. La casa de la abuela Remedios era una construcción de piedra y madera con un porche enorme que daba directamente a la playa, una buganvilla violeta trepando por la fachada y un gato naranja llamado Sócrates que dormía permanentemente en el alféizar de la ventana de la cocina.

Remedios les recibió en el porche con cuatro vasos de limonada casera y una sonrisa que contenía, como descubrirían pronto, las primeras señales de un plan maestro.

—Bienvenidos a Cala Roja —dijo—. Antes de que os instaléis, quiero proponeros algo.

Los cuatro se miraron con cautela.

—Tenéis ocho semanas de verano. Podéis pasarlas mirando el móvil, yendo a la playa y aburriéndoos como ostras. O podéis hacer algo interesante.

—¿Qué tipo de interesante? —preguntó Salma, que siempre era la primera en hablar.

—Un reto semanal. Cada semana os daré un desafío que os obligue a hacer algo que normalmente no haríais. Algo que os saque de vuestra zona de confort. Algo que os asuste un poco.

—¿Asustarnos? —Biel se ajustó las gafas nerviosamente—. ¿Es necesario el componente de miedo?

—Absolutamente necesario —dijo Remedios—. El crecimiento personal vive justo al otro lado del miedo. Si no da miedo, no sirve.

—¿Y qué ganamos? —preguntó Gael, que era pragmático por naturaleza.

—Ganaréis algo que no se puede comprar: la experiencia de descubrir quiénes sois cuando dejáis de ser quienes creéis que sois.

Nora, que no había dicho nada hasta ese momento, levantó la vista de su cuaderno de dibujo donde estaba esbozando el gato Sócrates.

—¿Y si no queremos participar?

—Entonces pasaréis el verano mirando cómo los demás se divierten. Lo cual también es una opción válida, aunque bastante aburrida.

Hubo un silencio. Los cuatro se miraron. No eran amigos —se conocían del instituto pero apenas habían hablado fuera de clase— y la idea de pasar el verano haciendo cosas que les dieran miedo con gente que apenas conocían era, como mínimo, inquietante.

Pero había algo en la forma en que Remedios lo planteaba, con esa mezcla de desafío y cariño, que hacía imposible decir que no. Era como si la abuela supiera exactamente lo que cada uno necesitaba antes de que ellos mismos lo supieran.

—Yo me apunto —dijo Salma.

—Yo también —dijo Gael, porque si había algo que no soportaba era que pensaran que tenía miedo.

—Supongo que yo también —dijo Biel, quitándose las gafas para limpiarlas, lo cual era su forma de decir «estoy nervioso pero no quiero que se note».

Todos miraron a Nora. Ella siguió dibujando unos segundos más, terminó el ojo izquierdo de Sócrates con un trazo preciso, y luego levantó la vista.

—Vale. Pero si el reto es cantar karaoke, me niego.

Remedios se rio con esa carcajada suya que hacía temblar los vasos sobre la mesa.

—No voy a contaros los retos por adelantado. Eso arruinaría la sorpresa. El primer reto empieza mañana.

Aquella noche, después de cenar la tortilla de patatas más buena que Gael había probado en su vida y de repartirse las habitaciones, los cuatro se sentaron en el porche a escuchar el sonido del mar en la oscuridad. No hablaron mucho. Todavía eran cuatro desconocidos compartiendo espacio, cuatro planetas en órbitas diferentes que la gravedad de la abuela Remedios estaba a punto de alinear.

Pero algo había cambiado desde la mañana. Había una electricidad en el aire, una anticipación nerviosa que era mitad miedo y mitad ilusión. El verano acababa de empezar, y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los cuatro sabía qué iba a pasar a continuación.

Y eso, como diría la abuela Remedios, era exactamente el punto.






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