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Mara caminaba por la Avenida 12 sin mirar los números. Los conocía de memoria, aunque la palabra memoria resultara irónica en una ciudad que había decidido no tener ninguna.
Los edificios se alzaban en bloques grises idénticos, numerados con placas metálicas que el sol del mediodía hacía brillar. Sector 7, Bloque 34, Unidad 812. Esa era su dirección. No un nombre de calle, no un barrio con historia. Solo números, fríos y funcionales, como todo lo demás.
Tenía dieciséis años y no recordaba haber visto nunca un letrero con letras en las calles. Sus padres tampoco hablaban de eso. Nadie lo hacía. El Decreto de Claridad, aprobado antes de que ella naciera, había establecido que los nombres generaban confusión, nostalgia y división. Los números, en cambio, eran universales, neutros, perfectos.
—Llegas tarde —dijo Óliver cuando ella cruzó la puerta del aula 4B del Centro Educativo 19.
Óliver era su compañero de pupitre desde hacía tres años. Alto, desgarbado, con el pelo oscuro cayéndole sobre unos ojos que siempre parecían estar analizando algo. Tenía la costumbre de tamborilear con los dedos sobre cualquier superficie, como si llevara un ritmo interior que nadie más podía escuchar.
—El transporte del Sector 7 iba retrasado —respondió Mara dejándose caer en la silla.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre es verdad.
La profesora Lena entró con su tableta bajo el brazo y su expresión habitual de quien cumple un protocolo. La clase de Historia Cívica comenzaba, como cada martes, con la lectura del Principio Fundacional: «Una sociedad sin pasado es una sociedad sin conflicto».
Mara lo repetía de memoria junto al resto de la clase, moviendo los labios sin pensar en las palabras. Pero aquel martes algo cambió. Mientras recitaban, su mirada se posó en la pared del fondo, donde una mancha de humedad había levantado la pintura gris. Debajo asomaba algo. Un fragmento de color. Azul. Un azul intenso que no pertenecía a nada que ella conociera en aquella ciudad monocroma.
Durante el resto de la clase no pudo dejar de mirarlo. Cuando sonó la señal de fin de período, se acercó con disimulo. La profesora ya había salido. Óliver la observó desde su pupitre.
—¿Qué haces?
—Mira esto —susurró Mara, tocando la pintura descascarada.
Bajo la capa gris había más colores. Rojo, amarillo, verde. Formas que podrían haber sido letras. Mara rascó con la uña y un fragmento de pintura cayó al suelo.
—Para —dijo Óliver, levantándose—. Si alguien te ve…
—Es un mural, Óliver. Hay algo pintado debajo.
Él se acercó. Juntos, en silencio, miraron la pequeña ventana de color que se abría en la pared gris. No podían leer lo que decía, pero estaba claro que alguien, en algún momento, había escrito algo allí. Algo que después alguien más había decidido tapar.
—No es solo humedad —murmuró Óliver—. Lo cubrieron a propósito.
Mara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Sabía que debía reportarlo. El Protocolo de Mantenimiento Urbano exigía informar de cualquier anomalía estructural. Pero aquello no era una anomalía. Era un secreto.
—No digas nada —pidió a Óliver.
—No pensaba hacerlo.
Se miraron durante un segundo más largo de lo normal. Había algo en la expresión de Óliver que Mara no había visto antes. Curiosidad, sí, pero también algo más profundo. Como si aquel fragmento de color hubiera despertado una pregunta que llevaba dormida mucho tiempo.
Al salir del centro educativo, Mara tomó la Ruta de Transporte 3 como cada día. Se sentó junto a la ventanilla y observó la ciudad desfilar ante sus ojos. Bloques, números, cristal, hormigón. Todo limpio, ordenado, predecible. Pero ahora miraba con otros ojos. Se fijó en las paredes, en las esquinas, en los muros laterales de los edificios. ¿Cuántos murales habría debajo de toda aquella pintura gris?
Cuando llegó a casa, su madre estaba preparando la cena. La cocina olía a especias que no tenían nombre oficial, solo códigos de producto.
—¿Qué tal el día? —preguntó su madre sin volverse.
—Normal.
Pero no era normal. Mara subió a su habitación, cerró la puerta y se quedó mirando el techo blanco. En algún lugar de su mente, una grieta se había abierto. Y por ella entraba un azul intenso que no figuraba en ningún catálogo autorizado.
Antes de dormirse, sacó un cuaderno que usaba para ejercicios de matemáticas y, en la última página, dibujó un pequeño cuadrado azul. No sabía por qué lo hacía. Solo sentía que necesitaba guardarlo en algún sitio. Que aquel color era importante.
No podía imaginar cuánto.
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