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El campamento náutico de verano del colegio Mariposas del Sur llevaba funcionando doce años sin ningún incidente. Doce veranos de veleros, kayaks, nudos marineros y canciones alrededor de fogatas. Pero aquel julio iba a ser diferente.
Leo fue el primero en notar que algo no iba bien. Estaba sentado en la proa del Delfín Errante, el velero más grande de la flota del campamento, con las piernas colgando sobre el agua y los ojos fijos en el horizonte. El cielo, que hacía una hora era de un azul limpio y perfecto, se había teñido de un gris oscuro que avanzaba como una mancha de tinta sobre un papel mojado.
—Señor Marcos —llamó Leo al monitor, que estaba en la popa enseñando a un grupo de niños a hacer el nudo as de guía—. Esas nubes no me gustan nada.
El señor Marcos levantó la vista y su sonrisa desapareció de golpe.
—Todos adentro. Ahora.
El viento llegó antes de que pudieran recoger las velas. No fue una brisa que creció poco a poco, sino un golpe brutal que sacudió el velero como si fuera un juguete en una bañera. Las olas, que minutos antes eran suaves ondulaciones, se convirtieron en montañas de agua gris que rompían contra el casco con un ruido ensordecedor.
Dentro de la cabina, seis niños se agarraban a lo que podían mientras el barco se zarandeaba sin control. Leo, de once años, delgado y con gafas que no paraba de limpiarse con el borde de la camiseta. Valentina, también de once, con el pelo rizado recogido en dos moños y una expresión decidida que no dejaba ver el miedo. Omar, el más alto del grupo, de doce años, que sujetaba su mochila contra el pecho como si fuera un escudo. Nora, de diez, la más pequeña, que murmuraba cálculos en voz baja como hacía siempre que estaba nerviosa. Hugo, de once, con las manos manchadas de grasa del motor que había estado examinando antes de la tormenta. Y Lucía, de doce, que agarraba su cuaderno de dibujo envuelto en una bolsa de plástico para protegerlo del agua.
—¡Vamos a volcar! —gritó Omar cuando una ola especialmente grande inclinó el barco casi noventa grados.
—No vamos a volcar —respondió el señor Marcos desde el timón, aunque su voz sonaba bastante menos segura de lo habitual—. Este barco ha aguantado tormentas peores.
Pero aquella tormenta no quería cooperar. Un rayo cayó tan cerca que el destello los cegó a todos durante un segundo. Cuando la visión volvió, el mástil principal tenía una grieta que corría de arriba abajo como una cicatriz.
—El mástil no aguantará —dijo Hugo, que entendía de mecánica más que cualquier adulto que Leo conociera.
Tenía razón. Con el siguiente golpe de viento, el mástil se partió en dos con un crujido horrible y cayó al mar arrastrando velas y cuerdas. El barco, sin vela y sin gobierno, empezó a girar en círculos empujado por las olas.
Leo no supo cuánto tiempo duró aquello. Pudo haber sido una hora o pudo haber sido toda la noche. Lo que sí recordaba era el frío, el ruido del agua golpeando la madera, el sabor a sal en los labios y la mano de Valentina agarrando la suya con una fuerza sorprendente.
—No nos va a pasar nada —le dijo Valentina al oído—. Somos seis cerebros funcionando a la vez. Alguno encontrará una solución.
Leo quiso creerla. Y entonces se durmió, o se desmayó, o simplemente dejó de ser consciente del mundo durante un rato.
Cuando abrió los ojos, el silencio era absoluto. No había viento, ni olas rugiendo, ni lluvia golpeando la cubierta. Solo el sonido suave del agua lamiendo algo sólido y el canto de unos pájaros que no reconocía.
Se levantó con cuidado. Le dolía todo el cuerpo. A su alrededor, los demás niños dormían amontonados en la cabina como un nudo de brazos y piernas. El señor Marcos estaba inconsciente junto al timón, con un corte en la frente que había dejado de sangrar.
Leo subió a cubierta y lo que vio le robó el aliento.
El Delfín Errante estaba varado en una playa de arena blanca, inclinado sobre un costado como un animal herido. Más allá de la playa se alzaba una selva verde y espesa, con árboles altísimos cubiertos de lianas. Y entre los árboles, medio ocultas por la vegetación, se veían formas que no eran naturales: estructuras metálicas, ruedas gigantes, tubos que sobresalían del follaje como periscopios oxidados.
—¿Dónde estamos? —susurró Leo.
Una por una, las cabezas de sus compañeros fueron asomando por la escotilla. Valentina fue la primera en subir. Luego Omar, Nora, Hugo y Lucía. Se quedaron de pie en la cubierta inclinada, mirando aquella isla imposible, sin decir una palabra.
Nadie lo sabía entonces, pero acababan de llegar al lugar más extraordinario del planeta. Y salir de allí iba a requerir todo lo que tenían: cada idea, cada habilidad, cada gramo de valentía y trabajo en equipo.
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