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El autobús olía a plástico caliente y a bocadillo de tortilla. Zara iba sentada en el último asiento, con los auriculares puestos aunque no sonaba ninguna música, porque era su forma de decirle al mundo: «No quiero hablar con nadie.» No quería ir a aquel campamento. Su madre la había apuntado diciendo que le vendría bien «socializar», una palabra que Zara odiaba casi tanto como «equipo» y «dinámica de grupo».
El campamento se llamaba Las Preguntas, lo cual era un nombre rarísimo para un campamento de verano. El folleto prometía «una experiencia única donde las respuestas no importan tanto como las preguntas». Zara había buscado opiniones en internet y no había encontrado ninguna. Ni una foto, ni un comentario, ni una estrella de valoración. Era como si el campamento existiera solo en el folleto.
El autobús se detuvo al final de un camino de tierra, en medio de un bosque de pinos. El aire olía a resina y a hierba mojada. Un cartel de madera con letras pintadas a mano decía: «Campamento Las Preguntas. Bienvenidos los curiosos. Los demás también.»
Bajaron del autobús unos treinta niños de diferentes edades. Una mujer alta con el pelo recogido en una trenza y una camiseta que decía «¿Por qué?» los recibió con una sonrisa enorme.
—¡Hola, curiosos! Me llamo Paula y soy la directora del campamento. Aquí no hay horarios rígidos, no hay competiciones y no hay ganadores ni perdedores. Aquí solo hay preguntas. Y vosotros vais a intentar responderlas.
—¿Qué tipo de preguntas? —preguntó un chico bajito con gafas redondas y una camiseta de dinosaurios que le quedaba dos tallas grande.
—Preguntas que no tienen una sola respuesta correcta —contestó Paula—. Preguntas que os harán pensar, discutir, reír y tal vez cambiar de opinión. Ahora, vais a ir a vuestras cabañas. Cada cabaña tiene cinco personas. Seréis un equipo durante toda la semana.
Zara suspiró. Equipo. Ahí estaba la palabra.
La asignaron a la Cabaña Siete, junto con cuatro personas que no conocía de nada.
Primero estaba Roque, un chico grande y ruidoso que no paraba de hablar y que, según contó en los primeros treinta segundos, había sido campeón de natación de su barrio, tenía un perro que se llamaba Torpedo y odiaba las matemáticas con toda su alma.
—¿Y vosotros qué? ¿Alguien más odia las mates? —preguntó Roque a todos como si fuera una encuesta.
Luego estaba Mina, una chica delgada y seria que llevaba un cuaderno bajo el brazo y no había dicho una sola palabra desde que bajó del autobús. Cuando Roque le preguntó si odiaba las matemáticas, Mina lo miró, abrió el cuaderno y le enseñó una página llena de ecuaciones resueltas con letra perfecta.
—Creo que le gustan —dijo el tercer compañero, un chico llamado Biel que tenía el pelo rizado y una risa contagiosa que aparecía cada tres frases. Biel era de Barcelona, hablaba castellano con acento catalán, y parecía ser la persona más relajada del universo.
La cuarta era Salma, una chica con hijab verde que traía una mochila más grande que ella porque, según explicó, había metido seis libros «por si acaso».
—¿Por si acaso qué? —preguntó Roque.
—Por si acaso hay un momento en que necesite escapar de la realidad.
—Para eso están los videojuegos —dijo Roque.
—Los libros son videojuegos sin batería —contestó Salma.
Y luego estaba Zara. Que no dijo nada. Se sentó en su litera, se puso los auriculares y miró por la ventana.
—Creo que no le caemos bien —susurró Roque a Biel.
—Dale tiempo —contestó Biel—. El campamento acaba de empezar.
Aquella primera noche, Paula reunió a todos los campistas alrededor de una hoguera. Las llamas crepitaban y las chispas subían hacia un cielo lleno de estrellas.
—Mañana empieza la primera pregunta —anunció Paula—. Cada día tendréis una pregunta y un día entero para buscar vuestra respuesta como equipo. No hay respuestas correctas ni incorrectas. Lo que importa es el camino que recorréis juntos para llegar a ella.
—¿Y si no encontramos ninguna respuesta? —preguntó alguien.
—Entonces habréis aprendido algo todavía más valioso: que algunas preguntas no se responden, se viven.
Zara puso los ojos en blanco. Pero, muy a su pesar, sintió una chispa diminuta de curiosidad en el estómago. Solo una chispa. Pero estaba ahí.
Antes de dormir, encontró un sobre debajo de su almohada. Dentro había una tarjeta que decía: «Pregunta del Día 1: ¿Qué es lo más valioso que no se puede comprar?»
Zara la leyó tres veces y, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué responder.
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