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Sofía no quería pasar el verano en el pueblo de Riomiel. Tenía diez años, un montón de planes con sus amigas de la ciudad y cero ganas de estar dos meses en un sitio donde lo más emocionante era ver crecer la hierba. Pero sus padres habían decidido que era hora de vaciar la casa del abuelo Julián, que había fallecido el invierno anterior, y necesitaban ayuda.
Su hermano Nico, de ocho años, veía las cosas de forma muy diferente. Para él, cualquier viaje era una aventura, cualquier casa vieja era un castillo y cualquier pueblo perdido era una selva por explorar. Nico hablaba sin parar, se subía a todo lo que tuviera más de medio metro de altura y coleccionaba piedras que juraba que tenían formas de animales.
-Esta parece un hipopótamo -dijo Nico enseñándole una piedra gris mientras el coche avanzaba por la carretera comarcal.
-Parece una piedra, Nico.
-Porque no tienes imaginación.
-Porque tengo ojos.
Llegaron a Riomiel al atardecer. El pueblo tenía dieciocho casas, una iglesia, un bar que también era tienda y un río que lo cruzaba por la mitad. La casa del abuelo Julián estaba al final de la calle principal, pintada de azul claro con contraventanas blancas. Un jardín descuidado la rodeaba como una melena despeinada.
Sofía no recordaba mucho al abuelo Julián. Lo había visto pocas veces porque vivía lejos. Sabía que había sido maestro de escuela, que le gustaban las matemáticas y que siempre llevaba un sombrero de paja. Nico, que era más pequeño, apenas lo recordaba.
Su madre abrió la puerta con una llave antigua y entraron. La casa olía a libros viejos, a polvo y a algo dulce que Sofía no supo identificar. La planta baja tenía un salón con chimenea, una cocina de azulejos pintados a mano y un estudio lleno de estanterías. La planta de arriba tenía tres dormitorios y un baño con una bañera con patas de león.
-Vosotros dormís en la habitación del fondo -dijo su padre descargando maletas-. Mañana empezamos a organizar y limpiar.
Sofía subió las escaleras arrastrando los pies. Pero cuando abrió la puerta de la habitación del fondo, se detuvo. La habitación era normal: dos camas, un armario y una mesilla. Pero encima de la mesilla había un sobre cerrado con un sello de lacre rojo. Y en el sobre, escrito con una caligrafía elegante que reconoció de las postales de cumpleaños, ponía: «Para Sofía y Nico. Abrir cuando estéis listos para jugar».
-¡Nico! -gritó Sofía.
Su hermano apareció en la puerta con una telaraña en el pelo.
-¿Qué pasa? He encontrado una araña en el pasillo. Le he puesto de nombre Ernesto.
-Olvídate de Ernesto. Mira esto.
Abrieron el sobre juntos. Dentro había una carta y una pequeña brújula de latón con las letras «J.M.» grabadas en la tapa.
La carta decía:
«Queridos Sofía y Nico:
Si estáis leyendo esto, significa que ya no estoy ahí para contaros mis historias en persona. Pero he dejado las historias escondidas en esta casa y en este pueblo, esperándoos como semillas bajo la tierra.
Os propongo un juego. Repartidas por la casa y por Riomiel hay siete pistas que os llevarán a un tesoro. No es un tesoro de monedas de oro ni de piedras preciosas. Es algo mucho más valioso.
Primera pista: Donde los números bailan y las letras descansan, buscad debajo del que siempre tiene la respuesta.
Usad la brújula cuando os perdáis. No señala el norte: señala el camino.
Con todo mi cariño, vuestro abuelo Julián.»
Sofía leyó la carta dos veces. Nico ya estaba dando brincos por la habitación.
-¡Una búsqueda del tesoro! ¡El abuelo nos dejó una búsqueda del tesoro!
-Cálmate, Nico. Tenemos que pensar. «Donde los números bailan y las letras descansan». ¿Qué lugar es ese?
-¿Una biblioteca? Las letras descansan en los libros.
-Pero ¿dónde bailan los números?
Nico se quedó pensativo durante tres segundos, que era su récord.
-¡El estudio del abuelo! Tenía libros de letras y de matemáticas. Los números bailan en los problemas de mates.
Bajaron corriendo al estudio. Las estanterías ocupaban tres paredes completas. Una pared tenía libros de literatura: novelas, poesía, teatro. Las letras. La otra tenía libros de ciencias y matemáticas. Los números. Y en medio, sobre el escritorio, había un diccionario enorme.
-«Buscad debajo del que siempre tiene la respuesta» -recitó Sofía-. ¿Qué libro siempre tiene la respuesta?
-¡El diccionario! -dijeron los dos a la vez.
Sofía levantó el pesado diccionario y debajo encontró otro sobre, más pequeño, con el número «2» escrito en rojo.
Sofía miró a Nico y no pudo evitar sonreír. Quizá el verano en Riomiel no iba a ser tan aburrido.
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