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Leo tenía seis años y medio, y ese verano iba a pasar las vacaciones en casa de su abuela Lucía, en un pueblo pequeño rodeado de montañas. A Leo no le hacía mucha gracia. Él quería quedarse en la ciudad con sus amigos, jugar en el parque de siempre y comer helados en la heladería de la esquina.
-Vas a pasártelo muy bien -le dijo su madre mientras le preparaba la maleta-. La abuela tiene un jardín enorme. Y tu prima Valentina también estará allí.
-Valentina habla demasiado -protestó Leo.
-Valentina es divertida -corrigió su madre con una sonrisa.
Leo llegó a casa de la abuela un viernes por la tarde. La casa era vieja, con las paredes blancas y las ventanas azules. Olía a pan recién hecho y a flores silvestres. La abuela Lucía lo recibió con un abrazo enorme y un vaso de limonada.
-Bienvenido, Leo. Esta casa estaba esperándote.
-Hola, abuela -dijo Leo, intentando sonreír aunque por dentro estaba un poco triste por estar lejos de casa.
La prima Valentina llegó al día siguiente. Tenía siete años, el pelo corto con una diadema amarilla y una energía que parecía funcionar a pilas. Hablaba sin parar, saltaba, corría y hacía preguntas sobre todo.
-¡Leo! ¿Quieres explorar el jardín? ¡La abuela dice que hay partes que no ha visitado en años! ¿Te gustan los insectos? ¡A mí me encantan las mariquitas! ¿Has visto alguna vez una mariquita de cerca? ¡Son como botones rojos con puntitos!
Leo suspiró. Iba a ser un verano largo.
Pero esa tarde, mientras Valentina perseguía mariposas por el jardín y la abuela descansaba la siesta, Leo decidió explorar por su cuenta. Caminó por detrás de la casa, donde los arbustos eran más altos y más salvajes. El jardín de la abuela era enorme, mucho más grande de lo que parecía desde fuera.
Entre dos arbustos de hiedra enormes, Leo vio algo raro: una puerta de madera pequeña, medio escondida entre las hojas. Era vieja y estaba pintada de verde, con una cerradura en forma de corazón.
Leo empujó la puerta. Estaba abierta.
Al otro lado había un jardín que no se parecía a nada que Leo hubiera visto. Las flores no eran normales. Había flores de colores que no existían: azul eléctrico, rosa brillante, morado que parecía brillar en la oscuridad. Algunas plantas eran altísimas, con hojas que se movían solas aunque no hubiera viento. Otras eran diminutas, apenas un brote verde que asomaba de la tierra.
Pero lo más extraño era lo que sentía Leo al entrar. El aire estaba lleno de emociones. No eran suyas. Era como si el propio jardín sintiera cosas. Junto a unas flores amarillas enormes, Leo sintió una alegría tan grande que se echó a reír sin motivo. Al pasar junto a un arbusto de flores azules, sintió una tristeza suave, como cuando echas de menos a alguien. Y cerca de unas flores rojas que temblaban, notó un enfado caliente que le hizo fruncir el ceño.
-¿Qué es este sitio? -susurró Leo.
-Es el Jardín de los Sentimientos -dijo una voz diminuta.
Leo miró a su alrededor. No veía a nadie.
-Aquí abajo -dijo la voz.
En la hoja de una planta, a la altura de sus rodillas, había una mariquita. Era roja con siete puntos negros y lo miraba fijamente con unos ojos brillantes como cuentas de cristal.
-¿Tú… hablas? -preguntó Leo.
-Aquí dentro, sí. El jardín permite que todos nos entendamos. Soy Rubi, la cuidadora del jardín. Y tú debes de ser uno de los nietos de Lucía. Ella me dijo que vendrías.
-¿Mi abuela sabe que este jardín existe?
-¿Quién crees que lo plantó? -respondió Rubi con una risita que sonaba como campanitas.
Leo miró el jardín con ojos nuevos. Su abuela había plantado todo aquello. Las flores de emociones, las plantas que se movían solas, todo.
-Cada planta crece a partir de un sentimiento -explicó Rubi, volando hasta su hombro-. Cuando alguien siente algo de verdad, con fuerza, esa emoción puede hacer crecer una planta aquí. La alegría hace flores amarillas. La tristeza, azules. El enfado, rojas. El miedo, violetas. Y el amor hace crecer árboles enormes.
Leo miró los árboles del jardín. Eran altísimos, con troncos gruesos y hojas de un verde intenso.
-¿Todo eso es amor? -preguntó.
-Todo eso es amor -confirmó Rubi-. Tu abuela lleva toda su vida queriendo a su familia. Y cada uno de esos árboles es prueba de ello.
Leo sintió que algo cálido le llenaba el pecho. Y en algún lugar del jardín, una pequeña flor amarilla empezó a abrirse.
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