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El profesor de Ética, Adrián Soto, era el tipo de docente que hacía preguntas imposibles con la tranquilidad de quien pide la hora. Treinta y ocho años, barba recortada, camisas siempre remangadas y una voz que podía pasar del susurro al trueno en la misma frase. Llevaba cuatro años en el Instituto Vega del Río de Castrillo de la Vega, una ciudad castellana de doce mil habitantes donde todo el mundo conocía a todo el mundo y nadie hablaba de nada importante.
El lunes catorce de octubre, Soto entró en el aula de cuarto de ESO con un expediente bajo el brazo y una sonrisa que sus alumnos habían aprendido a temer.
-Este trimestre vamos a hacer algo diferente -anunció-. Un juicio simulado. Vais a representar un juicio completo: fiscal, defensa, jurado, testigos, acusado. El caso es ficticio pero el dilema es real.
Distribuyó copias del caso. Los alumnos leyeron en silencio:
«CASO NÚMERO 1: EL DILEMA DE MARTÍN.
Martín tiene diecisiete años. Su mejor amigo, Álex, lleva meses robando en tiendas del centro de la ciudad. Al principio eran robos menores: golosinas, mecheros, accesorios. Pero los robos han ido escalando: ropa de marca, dispositivos electrónicos. Álex no roba por necesidad sino por adrenalina y por presión de un grupo de chicos mayores que lo utilizan.
Martín ha intentado convencer a Álex de que pare, sin éxito. Un día, durante un robo en una tienda de electrónica, el dueño -un hombre de sesenta años llamado Vicente- sufre un infarto al intentar detener a Álex. Vicente sobrevive pero queda con secuelas permanentes.
Martín no estaba presente en el robo pero sabe que fue Álex. La policía no tiene sospechosos.
¿Debe Martín denunciar a Álex?
CARGOS: Delatar o no delatar. La defensa argumentará que la lealtad al amigo y el código de no delación prevalecen. La fiscalía argumentará que la justicia y la responsabilidad cívica exigen la denuncia.»
La clase estalló en murmullos. Soto dejó que la discusión inicial se consumiera antes de intervenir.
-Vamos a asignar los roles. No elegiréis el bando que os resulte cómodo. Lo elegiré yo, y deliberadamente os pondré en la posición contraria a vuestras convicciones. Porque la ética no se aprende defendiendo lo que ya crees. Se aprende defendiendo lo que te incomoda.
Ana Bravo fue asignada como fiscal. Ana era una chica reservada, hija del farmacéutico del pueblo, con una inteligencia afilada que escondía bajo una apariencia tímida. Irónicamente, Ana creía en la lealtad absoluta entre amigos. Defender la denuncia iba contra su instinto.
-No sé si puedo argumentar en contra de la lealtad -le dijo a Soto después de clase.
-Ese es exactamente el punto, Ana. Si solo defiendes lo que crees, nunca entenderás al otro lado. Y sin entender al otro lado, la ética es solo prejuicio disfrazado.
Como abogado defensor fue asignado Jorge Vidal, un chico alto y elocuente, hijo del alcalde de Castrillo. Jorge tenía un don natural para la oratoria y la capacidad de defender cualquier posición con convicción, lo que a veces lo hacía parecer sincero cuando no lo era y falso cuando sí lo era.
-Defenderé que Martín no debe delatar -dijo Jorge con una sonrisa que no revelaba si estaba cómodo o incómodo con el encargo.
El jurado lo formarían cinco alumnos: Irene Castillo, hija de la veterinaria; Pablo Montalvo, hijo de un guardia civil; Lucía Herrero, hija de una profesora del mismo instituto; Raúl Torres, cuyo padre trabajaba en la fábrica de conservas; y Nadia Ferrán, la única alumna cuya familia no era originaria de Castrillo, habiendo llegado de Madrid hacía tres años.
Como acusado, representando a Martín, se eligió a Miguel Sanz, un chico callado y reflexivo que tenía la capacidad de parecer culpable incluso cuando no había hecho nada, lo cual era perfecto para el papel.
-Tenéis dos semanas para preparar los argumentos -dijo Soto-. El juicio se celebrará el treinta de octubre. Quiero que investiguéis, que debatáis, que os preparéis como si fuera real. Porque los dilemas éticos no son ejercicios teóricos. Son la vida.
Los alumnos se tomaron el proyecto con seriedad variable. Ana empezó a investigar casos reales de delación y sus consecuencias legales. Jorge preparó argumentos sobre la importancia de la lealtad como valor social fundamental. Los miembros del jurado leyeron sobre sistemas judiciales y deliberación.
Pero fue Nadia Ferrán quien, buscando casos similares en el archivo del periódico local, encontró algo que convertiría el ejercicio académico en una bomba de relojería.
El artículo era de hacía veintidós años, publicado en El Correo de Castrillo, un periódico local que ya no existía pero cuyo archivo estaba digitalizado en la biblioteca municipal. El titular decía: «Detenido un joven de Castrillo por una serie de robos tras la denuncia de un amigo.»
Nadia leyó el artículo con creciente asombro. La historia era inquietantemente similar al caso ficticio de Soto: un joven que robaba, un amigo que lo sabía, una denuncia. Pero el artículo incluía un detalle que hizo que a Nadia se le secara la boca: el joven detenido se apellidaba Vidal. El amigo que lo denunció se apellidaba Bravo.
Vidal. Como Jorge, el abogado defensor. Bravo. Como Ana, la fiscal.
Nadia cerró el ordenador de la biblioteca con las manos temblorosas. La ciudad entera cabía en una cáscara de nuez, y dentro de esa cáscara, los secretos se heredaban como los apellidos.
Tenía que hablar con alguien. Pero, ¿con quién? ¿Con Ana, cuyo padre o abuelo había sido el delator? ¿Con Jorge, cuyo familiar había sido el delatado? ¿Con Soto, que había diseñado un caso ficticio que resultó ser real?
O quizás -pensó Nadia con un escalofrío- Soto ya lo sabía. Quizás el caso no era tan ficticio como pretendía.
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