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El observatorio de los relojes parados
El edificio que nadie recordaba


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Laia tenía once años y una costumbre que desesperaba a su madre: hacía preguntas sin parar.

No eran preguntas normales de niña de once años. No preguntaba qué había para cenar ni cuándo podía usar el móvil. Laia preguntaba cosas como por qué los pájaros volaban en formación de uve, o qué pasaría si la Tierra dejara de girar durante un segundo, o por qué su pueblo se llamaba Villaluz si apenas tenía farolas.

-Porque antes había un faro aquí -le respondió una vez su abuelo Ernesto, que era el único adulto que respondía a todas sus preguntas sin perder la paciencia-. Un faro de montaña.

-Los faros están en la costa, abuelo.

-Los faros normales, sí. Pero Villaluz tenía un faro diferente. Un observatorio que lanzaba señales de luz a los pueblos del valle. Antes de que existieran los teléfonos, era la forma de comunicarse.

-¿Y dónde está ese observatorio?

Su abuelo se había callado entonces, con esa expresión lejana que ponía cuando recordaba algo que dolía.

-Ya no existe, niña. Se perdió.

Pero Laia no creía que las cosas se perdieran sin más. Las cosas estaban en algún sitio, esperando que alguien las encontrara. Por eso, cuando su primo Hugo llegó a Villaluz para pasar las vacaciones de Semana Santa, lo primero que hizo fue proponerle una expedición.

-Vamos a buscar el observatorio del abuelo -dijo.

Hugo tenía doce años, era delgado como un junco y usaba gafas que se resbalaban constantemente por su nariz. Era el polo opuesto de Laia: callado, metódico, amante de los libros y alérgico a las aventuras. Pero también era incapaz de decirle que no a su prima.

-¿Un observatorio perdido en la montaña? ¿Y cómo propones encontrarlo?

-He investigado. -Laia sacó un cuaderno lleno de notas y dibujos-. He hablado con doña Amparo, la bibliotecaria, y me ha dejado ver los archivos del ayuntamiento de los años cuarenta. Mira: aquí aparece una referencia a un «Observatorio Municipal de Señales Luminosas», construido en 1923 y cerrado en 1958. Estaba en el Cerro del Águila, a una hora de camino del pueblo.

-El Cerro del Águila está lleno de maleza y no hay sendero.

-Exacto. Por eso nadie va nunca. Por eso nadie lo recuerda.

Hugo suspiró, se ajustó las gafas y la miró con resignación.

-¿Cuándo salimos?

-Mañana a las ocho.

A la mañana siguiente, con mochilas cargadas de agua, bocadillos, una brújula y el cuaderno de Laia, comenzaron la subida al Cerro del Águila. El camino era empinado y la vegetación densa: encinas retorcidas, jaras pegajosas y romero silvestre que perfumaba el aire. No había sendero marcado, pero Laia había estudiado un mapa topográfico antiguo y seguía las curvas de nivel con la brújula.

-Por aquí -decía cada pocos minutos, apartando ramas con determinación.

Hugo la seguía en silencio, quitándose telarañas de la cara y anotando en su propia libreta las plantas y los insectos que encontraban. A pesar de su resistencia inicial, Hugo era un observador nato. Notaba cosas que Laia, en su entusiasmo, pasaba por alto.

-Espera -dijo Hugo, señalando el suelo-. Mira eso.

Entre la hojarasca y la tierra, medio enterrada, había una baldosa hexagonal de cerámica azul con un dibujo de estrella.

-Es una baldosa hidráulica -dijo Hugo-. Las usaban para pavimentar edificios a principios del siglo veinte. Si hay baldosas aquí, es que estamos cerca de algo construido por el hombre.

Siguieron encontrando baldosas sueltas, como migajas de pan en un cuento, que los guiaron montaña arriba durante otros veinte minutos. Y entonces, de pronto, la vegetación se abrió y lo vieron.

El observatorio.

Era un edificio circular de piedra gris, del tamaño de una casa pequeña, con una cúpula de metal oxidado que se inclinaba ligeramente hacia un lado, como un sombrero puesto con descuido. Las ventanas eran arcos estrechos cubiertos de hiedra, y la puerta de madera estaba entreabierta, hinchada por la humedad.

No era un observatorio astronómico, como Laia había imaginado. Era más parecido a una torre de vigía convertida en laboratorio. En la fachada, sobre la puerta, una placa de mármol con letras doradas decía:

«OBSERVATORIO MUNICIPAL DE SEÑALES LUMINOSAS
VILLALUZ – 1923
La luz conecta lo que la distancia separa»

-Lo hemos encontrado -susurró Laia.

Empujaron la puerta. Crujió como un animal viejo despertándose, y se abrió a un interior oscuro que olía a papel húmedo, metal oxidado y tiempo acumulado.

Lo primero que vio Laia fueron los relojes.

Había relojes por todas partes. En las paredes, en estanterías, sobre mesas, colgados de soportes metálicos. Relojes de péndulo, relojes de bolsillo, relojes de pared, cronómetros marinos, relojes de arena. Debía de haber al menos cincuenta. Y todos estaban parados.

Cada reloj tenía una pequeña etiqueta atada con un cordel. Hugo se acercó al más cercano, un reloj de pared con la esfera de porcelana, y leyó la etiqueta:

«23 de marzo de 1936 – El día que Villaluz encendió la radio por primera vez»

El reloj marcaba las 19:47.

Laia leyó otra etiqueta, en un cronómetro de latón:

«12 de agosto de 1927 – La noche de la tormenta eléctrica que iluminó todo el valle»

Las 03:12.

-Son momentos -dijo Hugo, paseándose entre los relojes con los ojos muy abiertos-. Cada reloj marca la hora exacta de un momento importante para el pueblo. Alguien los detuvo a propósito.

-¿Quién haría algo así?

-Alguien que no quería que esos momentos se olvidaran.

Laia sintió un escalofrío que no era de frío. Era esa sensación que le recorría la espalda cuando estaba al borde de un descubrimiento importante. Miró a Hugo y supo que él sentía lo mismo.

-Tenemos que averiguar quién creó esta colección y por qué la abandonó -dijo Laia.

-Y tenemos que darnos prisa -respondió Hugo, señalando por la ventana-. Porque ahí abajo hay una máquina excavadora aparcada junto al camino.






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