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El río que cantaba canciones
El pueblo de la abuela Rosa


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Vera no quería ir al pueblo. Quería quedarse en la ciudad, con sus amigas, con la piscina municipal y con la tableta donde veía vídeos de gatitos. Pero sus padres dijeron que aquel verano lo pasaría con la abuela Rosa, en un pueblo pequeño llamado Rioseco.

—¿Rioseco? —protestó Vera—. Hasta el nombre suena aburrido. Si el río está seco, ¿qué se puede hacer allí?

—El río no está seco —dijo su madre—. Se llama así porque hace muchos años se secó durante un verano, pero volvió a llenarse. Ya verás, te va a encantar.

Vera no estaba convencida.

El viaje en coche duró tres horas. Las últimas media hora fueron por una carretera estrecha y llena de curvas que serpenteaba entre montañas cubiertas de robles y castaños. Vera iba con los brazos cruzados mirando por la ventanilla, decidida a no divertirse.

Pero cuando el coche se detuvo delante de la casa de la abuela, Vera abrió un poco los ojos.

La casa era de piedra gris con las ventanas pintadas de azul. Tenía un jardín enorme con un manzano, un huerto con tomates y un columpio que colgaba de un cerezo. Y delante de la puerta, esperándolos con los brazos abiertos, estaba la abuela Rosa.

La abuela Rosa tenía el pelo blanco recogido en un moño, las mejillas rosadas como manzanas y unos ojos verdes que siempre parecían estar sonriendo.

—¡Vera, cariño! —gritó la abuela, abrazándola con tanta fuerza que Vera crujió un poco.

—Hola, abuela —dijo Vera, sin poder evitar una sonrisa.

—¡Y también está Daniel! —añadió la abuela, mirando detrás de Vera.

Vera se giró. Del otro lado del coche salió su primo Daniel, con una mochila enorme y una sonrisa tímida. Daniel tenía ocho años, era delgaducho, con pecas en la nariz y el pelo castaño que siempre estaba despeinado. A Vera no le caía mal su primo, pero tampoco lo conocía mucho. Solo se veían en Navidad y casi no hablaban.

—Hola —dijo Daniel.

—Hola —dijo Vera.

Silencio incómodo.

—Bueno, bueno —dijo la abuela Rosa, cogiéndolos a los dos por los hombros—. Tenéis todo el verano para haceros amigos. Pero antes, merendamos. He hecho tarta de manzana.

La tarta de manzana de la abuela Rosa era la mejor del mundo. Vera comió dos trozos. Daniel comió tres. La abuela los miraba feliz.

Después de merendar, la abuela los sentó en el porche.

—¿Queréis conocer el secreto de Rioseco? —preguntó la abuela con un brillo especial en los ojos.

—¿Qué secreto? —preguntó Vera, que ahora sí sentía curiosidad.

—El río —dijo la abuela—. El río de Rioseco canta.

—¿Canta? —repitió Daniel—. ¿Los ríos cantan?

—Este sí. Pero solo lo oyen los que saben escuchar. Mañana temprano os llevaré y lo comprobaréis.

Vera miró a Daniel. Daniel la miró a ella. Los dos tenían la misma expresión: una mezcla de duda y ganas de saber más.

Aquella noche, tumbada en la cama de la habitación de invitados, Vera escuchó el silencio del pueblo. No había coches, ni sirenas, ni ruidos de la ciudad. Solo el viento entre los árboles y, si prestaba mucha atención, algo más. Algo que venía de lejos, suave y melodioso, como una canción de cuna.

Vera se incorporó en la cama.

—¿Has oído eso? —le preguntó a Daniel, que dormía en la cama de al lado.

Pero Daniel ya estaba roncando.

Vera se tumbó otra vez y escuchó aquella melodía lejana hasta que se quedó dormida. Y, sin darse cuenta, sonrió.






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