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El taller olía a tinta de agalla, a pergamino curtido y a sal marina. Eran los tres olores que Aliya asociaba con la felicidad, porque eran los olores de su padre trabajando, y cuando su padre trabajaba, el mundo tenía sentido.
Abraham ibn Yusuf era cartógrafo. No un cartógrafo cualquiera, sino uno de los mejores de Mallorca, que en aquel año de 1375 era el centro del mundo conocido en lo que a mapas se refería. Los navegantes de medio Mediterráneo encargaban sus cartas náuticas al taller de Abraham, porque sus mapas eran precisos, hermosos y, sobre todo, fiables. Un barco que navegara con un mapa de Abraham ibn Yusuf llegaba a donde quería llegar. Y en una época en que perderse en el mar significaba morir, eso valía más que el oro.
Aliya tenía once años y llevaba toda su vida en el taller. Mientras otras niñas de la judería de Palma aprendían a coser y cocinar, ella aprendía a mezclar pigmentos, a trazar líneas de rumbo con compás y regla, y a calcular distancias con el astrolabio que su padre guardaba en una caja de madera de cedro. Abraham no tenía hijos varones, y aunque la tradición dictaba que el oficio de cartógrafo pasaba de padre a hijo, él había decidido que pasaría de padre a hija.
-El conocimiento no tiene género, Aliya -le decía mientras le enseñaba a dibujar las rosas de los vientos que decoraban las esquinas de los mapas-. Solo tiene hambre. Y tú tienes más hambre de saber que nadie que yo haya conocido.
Era cierto. Aliya devoraba los libros de geografía que su padre compraba a los mercaderes que pasaban por el puerto. Había leído las descripciones de Al-Idrisi, el geógrafo que había cartografiado el mundo conocido para el rey normando de Sicilia. Conocía los relatos de Marco Polo, las crónicas de Ibn Battuta y los tratados de astronomía de los sabios de Córdoba. Sabía que la Tierra era redonda, que las estrellas se movían en patrones predecibles y que más allá del estrecho de Gibraltar se extendía un océano inmenso del que nadie había trazado un mapa completo.
Ese océano la obsesionaba.
-Padre, ¿qué hay más allá de las columnas de Hércules? -preguntó una tarde, mientras limpiaba los pinceles de pelo de marta que Abraham usaba para los detalles más finos.
-Depende de a quién preguntes -respondió Abraham sin levantar la vista de su trabajo-. Los antiguos griegos creían que había un abismo. Los árabes dicen que hay un mar de oscuridad. Los marineros portugueses aseguran que hay islas, costas, tierras que nadie ha cartografiado.
-¿Y tú qué crees?
Abraham dejó el pincel y la miró con esos ojos oscuros que siempre parecían estar calculando distancias.
-Creo que hay mundo. Mucho más mundo del que cabe en nuestros mapas. Y creo que algún día alguien trazará esas líneas que faltan.
Aliya sintió un cosquilleo en el estómago que no era hambre, sino ambición.
La oportunidad llegó tres semanas después, envuelta en la figura de un hombre alto y curtido por el sol que entró en el taller una mañana de octubre con una propuesta que cambiaría todo.
Se llamaba Guillem Despuig. Era un navegante catalán que había hecho fortuna comerciando con especias en Alejandría y que ahora, con cuarenta años y la barba salpicada de canas, quería hacer algo que nadie había hecho: navegar más allá de Cabo Bojador, el punto más al sur de la costa africana que los europeos habían alcanzado, y cartografiar lo que hubiera después.
-Necesito un cartógrafo a bordo -le dijo a Abraham-. El mejor. Y todos los marineros de este puerto dicen que el mejor sois vos.
-Me halaga, señor Despuig -respondió Abraham con la cautela que los judíos de Mallorca habían aprendido a usar con los cristianos poderosos-. Pero soy viejo para el mar. Mis ojos ya no ven bien de lejos y mis manos tiemblan cuando el suelo se mueve.
-Entonces, ¿no hay nadie en vuestro taller que pueda ir en vuestro lugar?
Abraham dudó. Tenía un aprendiz, Bernat, un muchacho de quince años con más entusiasmo que talento. Y tenía a Aliya, que con once años dibujaba mejor que la mayoría de cartógrafos adultos. Pero enviar a su hija en una expedición marítima era impensable. No solo por el peligro, sino porque ningún capitán aceptaría a una niña a bordo. Las mujeres en los barcos eran consideradas de mal agüero por los marineros supersticiosos.
-Lo pensaré -dijo Abraham.
Pero Aliya ya había pensado. Esa noche, cuando su padre se retiró a dormir, ella se quedó en el taller, mirando el mapa del mundo que Abraham tenía colgado en la pared. Era el mapa más completo que existía, y sin embargo, la mitad estaba en blanco. Líneas de costa que se interrumpían, océanos sin nombre, tierras marcadas con la frase que los cartógrafos usaban cuando no sabían qué había: «Hic sunt dracones.» Aquí hay dragones.
-No hay dragones -susurró Aliya-. Hay mundo. Y yo voy a dibujarlo.
La decisión estaba tomada. Ahora solo necesitaba un plan.
Durante los días siguientes, Aliya observó a Bernat con atención. El aprendiz era delgado, de estatura mediana, con el pelo castaño cortado a la altura de las orejas. Aliya era más baja, pero también delgada, con rasgos que podían pasar por los de un muchacho joven si se cortaba el pelo y se vendaba el pecho. Había leído sobre mujeres que se disfrazaban de hombres para luchar en las cruzadas o para estudiar en las universidades. Si ellas pudieron, ella también podría.
Habló con Bernat una tarde, mientras él practicaba líneas de rumbo con la torpeza habitual.
-Bernat, ¿tú quieres ir al mar?
El muchacho palideció.
-Yo me mareo en una barca de pesca, Aliya. Si me subo a un barco de verdad, me muero.
-Entonces escúchame. Tengo una idea.
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