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La grieta
Capítulo 1: Frecuencia estable


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El Ecualizador emitió su pitido matutino a las seis en punto, como cada mañana desde que Vera Solís tenía doce años. Un tono suave, casi imperceptible, que indicaba que el dispositivo implantado en la base del cráneo había completado su calibración nocturna y estaba listo para otro día de regulación emocional óptima.

Vera se levantó de la cama con la misma calma de siempre. No con alegría ni con pereza: con calma. El Ecualizador mantenía su estado anímico en lo que el manual de la Corporación Eudaimón llamaba «banda verde»: un rango emocional funcional que permitía la productividad, la socialización y el bienestar sin los picos de euforia ni los valles de desesperación que habían caracterizado a la especie humana durante milenios.

Su apartamento en el Sector 7 de la ciudad era eficiente y luminoso, como todos los apartamentos asignados a los ingenieros de nivel tres. Cocina integrada, ventanal con vista a los jardines verticales del Eje Central, muebles modulares en tonos neutros. Vera preparó un café con la cafetera automática y se sentó junto a la ventana a beberlo mientras revisaba en su tableta las tareas del día.

Trabajaba en el Departamento de Mantenimiento de Eudaimón, la corporación que había desarrollado e implantado los Ecualizadores en toda la población hacía quince años. Su trabajo consistía en diagnosticar y reparar dispositivos defectuosos: Ecualizadores que mostraban desviaciones, que producían fluctuaciones emocionales fuera de la banda verde, que necesitaban recalibración.

Era un trabajo que le gustaba, o al menos que el Ecualizador le permitía experimentar como satisfactorio. La diferencia entre gustar y permitir experimentar como satisfactorio era una distinción filosófica que a Vera no se le había ocurrido hacer nunca.

La ciudad al otro lado de la ventana funcionaba con la precisión de un reloj. Los ciudadanos caminaban por las aceras con paso regular, sin apresurarse ni detenerse. Los vehículos eléctricos circulaban en flujo continuo. No había gritos, ni risas estridentes, ni llantos. El sonido de la ciudad era un murmullo homogéneo, como el zumbido de una colmena perfecta.

La implantación universal del Ecualizador había sido la respuesta de la humanidad a lo que los historiadores llamaban la Era del Desorden: las décadas de guerras emocionales, polarización política, epidemias de ansiedad y depresión, violencia irracional y colapso social que habían puesto al mundo al borde de la extinción. El Ecualizador fue presentado como la salvación: un dispositivo que regulaba los neurotransmisores en tiempo real, eliminando los extremos emocionales que habían causado tanto sufrimiento.

La propaganda oficial contaba la historia con la nitidez de un cuento infantil: antes del Ecualizador, el caos; después del Ecualizador, la paz. Antes, las emociones desbocadas; después, la serenidad productiva. Antes, la autodestrucción; después, Eudaimón.

Vera nunca había cuestionado esta narrativa. El Ecualizador no le permitía experimentar el tipo de escepticismo profundo que conduce a la duda radical. Le permitía la curiosidad técnica, la satisfacción profesional, el afecto moderado por sus compañeros de trabajo y una sexualidad funcional pero sin pasión desmedida. Lo que no le permitía era la rabia, la indignación, el asombro desmesurado, el duelo profundo o el amor arrebatador. Esas emociones existían fuera de la banda verde y el Ecualizador las atenuaba antes de que alcanzaran la conciencia.

Aquella mañana, mientras caminaba hacia el laboratorio de Eudaimón, algo cambió. No fue dramático. Fue sutil, como una nota desafinada en una sinfonía que solo un oído entrenado detectaría.

Vera pasó junto a un parque donde un grupo de niños jugaba bajo la supervisión de monitores. Uno de los niños, una niña de unos seis años, se cayó y se raspó la rodilla. La niña miró la herida con expresión neutra, se levantó y siguió jugando. No lloró. Ningún niño lloraba desde la implantación universal. Los Ecualizadores se instalaban a los cinco años.

Vera había visto esa escena cientos de veces. Pero aquella mañana, por una razón que no podía identificar, sintió algo que el Ecualizador no logró amortiguar del todo: una incomodidad, una especie de picor emocional, como si algo dentro de ella supiera que una niña que se cae debería llorar.

El sentimiento duró tres segundos. Después, el Ecualizador lo neutralizó y Vera llegó al laboratorio con la calma de siempre.

Pero tres segundos habían sido suficientes para que algo se agrietara.

En el laboratorio la esperaba su supervisor, el doctor Ariel Duque, un hombre de cincuenta años con la sonrisa perpetua y moderada de quien lleva décadas en banda verde.

-Vera, tenemos un caso interesante. Paciente del Sector 12, mujer de cuarenta y cinco años, Ecualizador de tercera generación. Presenta fluctuaciones fuera de rango en el espectro de la tristeza. Su dispositivo parece estar degradándose.

-¿Degradación del módulo límbico?

-Posiblemente. Necesito que la evalúes hoy.

La paciente se llamaba Mireia Cárdenas. Era profesora de historia, o al menos lo había sido antes de que la enseñanza de historia se limitara al período posterior al Ecualizador, ya que la historia anterior se consideraba potencialmente desestabilizadora.

Mireia estaba sentada en la sala de diagnóstico con una expresión que Vera tardó en identificar porque casi nunca la veía: inquietud. Sus ojos se movían por la habitación con una energía que no correspondía a la banda verde.

-¿Cómo se siente, Mireia? -preguntó Vera conectando los sensores de diagnóstico.

-No lo sé. Es difícil de explicar. Es como si pudiera oír algo que antes no oía. Como una frecuencia nueva.

-¿Puede describir esas sensaciones?

-Ayer estuve pensando en mi madre. Murió hace tres años. Cuando murió, sentí una tristeza moderada durante dos semanas, como marca el protocolo de duelo. Después, nada. Pero ayer, de repente, la eché de menos de una forma que me dolía en el pecho. Un dolor real, físico. Y al mismo tiempo era… no sé cómo decirlo… hermoso. Echar de menos a alguien con esa intensidad era hermoso.

Vera la miró. Los monitores mostraban picos en la actividad emocional que estaban claramente fuera de la banda verde. El Ecualizador de Mireia estaba fallando.

-Su dispositivo presenta una degradación del cuarenta por ciento en el módulo de atenuación. Vamos a necesitar una recalibración.

-¿Me van a quitar esto que siento?

-Vamos a restaurar el funcionamiento óptimo de su Ecualizador.

-Pero lo que siento ahora… ¿no es también funcionamiento? ¿No es esto lo que sentían las personas antes?

Vera abrió la boca para responder con el protocolo estándar: «Las emociones no reguladas son potencialmente peligrosas y el Ecualizador garantiza su bienestar.» Pero la frase se le atragantó. No por rebeldía, sino por algo más desconcertante: por honestidad. Una parte de ella, la misma que había sentido aquel picor de tres segundos en el parque, reconocía que Mireia tenía razón.

-Voy a consultar con mi supervisor -dijo en lugar del protocolo.

Salió de la sala de diagnóstico con el corazón latiendo un poco más rápido de lo que la banda verde permitía. Y por primera vez en su vida, no quiso que el Ecualizador lo corrigiera.






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