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El primer espejo apareció un lunes de noviembre en la taquilla de Claudia Herrero.
Claudia era alumna de sexto B, tenía once años y era de esas personas que pasan desapercibidas no porque sean invisibles, sino porque han aprendido a no hacer ruido. Se sentaba en la segunda fila, sacaba buenas notas sin llamar la atención, no participaba en actividades extraescolares y comía sola en una esquina del comedor.
Cuando abrió su taquilla esa mañana, un trozo de espejo del tamaño de una carta cayó al suelo y se partió en tres pedazos. Pegado al interior de la puerta de la taquilla había una nota escrita con letras recortadas de revistas, como en las películas antiguas:
«MIRA LO QUE NADIE QUIERE VER»
Claudia recogió los trozos de espejo con las manos temblorosas. No dijo nada a nadie. Metió los cristales y la nota en su mochila y se fue a clase.
Zara Okonkwo lo vio todo desde el otro extremo del pasillo.
Zara tenía doce años, era hija de una enfermera nigeriana y un electricista de Valladolid, y poseía dos características que la definían: una memoria fotográfica que le permitía recordar detalles que otros pasaban por alto, y una necesidad casi física de entender las cosas. No era cotilla. Era observadora. Había una diferencia que los adultos rara vez apreciaban.
-Alguien ha puesto un espejo roto en la taquilla de Claudia -le dijo a Tomás Iglesias durante el recreo.
Tomás era su compañero de mesa en clase de matemáticas. Tenía once años, era rubio, delgado y extraordinariamente bueno dibujando. También era el único alumno del colegio que había cambiado de centro dos veces en tres años, lo que le daba una perspectiva peculiar: sabía lo que se sentía al ser el nuevo, el extraño, el que no encaja.
-¿Un espejo roto? ¿Como una broma?
-No creo que sea una broma. Claudia parecía asustada, no enfadada.
-¿Le has preguntado?
-No me conoce lo suficiente como para contarme algo así. Pero la he observado. Esta mañana ha mirado tres veces por encima del hombro caminando por el pasillo. Se ha sentado en clase con la mochila puesta, como si quisiera poder salir corriendo en cualquier momento. Y no ha comido en el comedor.
-Eso no significa nada. A lo mejor tiene un mal día.
-Los malos días no vienen con espejos rotos y notas de letras recortadas.
Tomás la miró. Zara tenía esa expresión que ponía cuando algo no cuadraba en su cabeza: cejas fruncidas, labio inferior ligeramente mordido, ojos fijos en un punto que no estaba en el presente sino en algún lugar de su pensamiento.
-¿Qué quieres hacer? -preguntó.
-Quiero averiguar quién ha puesto ese espejo y por qué.
-¿Y si Claudia no quiere que nos metamos?
-Entonces nos detenemos. Pero primero necesito saber si hay algo detrás de esto.
El martes, Zara se acercó a Claudia en la biblioteca durante el recreo. Claudia estaba leyendo un libro con la cabeza agachada, como si quisiera desaparecer entre las páginas.
-Hola -dijo Zara, sentándose enfrente-. Soy Zara. Estoy en sexto A.
Claudia levantó la mirada con cautela.
-Te vi ayer en el pasillo -continuó Zara-. Vi lo del espejo.
Claudia palideció.
-No es nada.
-Un espejo roto con una nota dentro de tu taquilla no es nada.
-Es una broma.
-¿De quién?
-No lo sé.
-Claudia, ¿alguien te está molestando?
Silencio. Claudia miró a Zara con ojos que querían decir algo pero no podían.
-No quiero hablar de esto.
-De acuerdo. Pero si cambias de opinión, me siento en la tercera mesa de la biblioteca todos los días a la hora del recreo.
Zara se levantó para irse. Cuando estaba a tres pasos de distancia, Claudia habló.
-No es la primera vez.
Zara se detuvo.
-Los espejos llevan apareciendo desde octubre. Uno cada semana. Siempre con una nota diferente. «Mira lo que nadie quiere ver.» «¿Cuánto tiempo puedes seguir callada?» «El silencio es un espejo que solo refleja miedo.»
-¿Se lo has dicho a alguien?
-¿A quién? Los profesores dicen que son bromas. Mis padres dicen que no haga caso. Y yo… no sé quién lo hace. No sé por qué. Solo sé que cada lunes abro la taquilla con miedo.
Zara se sentó de nuevo.
-Voy a ayudarte a averiguarlo.
-¿Por qué? No me conoces.
-Porque nadie debería abrir su taquilla con miedo. Y porque alguien que deja espejos rotos con mensajes crípticos quiere que alguien preste atención. La pregunta es: atención a qué.
Claudia la miró con una expresión que era mitad miedo, mitad alivio. La expresión de alguien que lleva semanas cargando algo solo y por fin alguien se ofrece a ayudar.
-Hay algo más -dijo Claudia en voz baja-. Los mensajes no hablan de mí. Hablan de lo que pasa en este colegio. Las notas siempre mencionan cosas que yo he visto: empujones en el pasillo, insultos en el patio, mochilas escondidas. Cosas que todo el mundo ve y nadie dice.
-Como si quien deja los espejos quisiera que tú hablaras.
-Como si quisiera que alguien hablara. Y me eligió a mí porque sabe que yo lo veo todo.
-Igual que yo -dijo Zara.
Y en ese momento, en la biblioteca silenciosa, dos chicas que observaban demasiado y hablaban demasiado poco encontraron algo que no esperaban: una aliada.
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