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Los guardianes del río subterráneo
El agua que sabe a metal


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Marcos se dio cuenta primero por el sabor del agua.

No era un sabor fuerte ni repugnante. Era sutil, como una moneda de cobre en la lengua, un regusto metálico que aparecía después de tragar y se quedaba durante unos segundos antes de desvanecerse. La primera vez que lo notó fue un miércoles de octubre, llenando un vaso en la cocina de su casa.

-Mamá, el agua sabe raro.

Su madre, Elena, que estaba corrigiendo exámenes en la mesa del salón (era profesora de biología en el instituto del pueblo vecino), se acercó y probó un sorbo.

-A mí me sabe normal.

-Sabe a metal. Como cuando te muerdes la lengua y notas la sangre, pero más suave.

-Será la tubería vieja. Ya le diré a tu padre que la revise.

Pero Marcos no estaba tan seguro. Tenía once años, pelo oscuro cortado a trasquilones porque su padre insistía en cortárselo él, y un sentido del gusto que su madre llamaba «de catador profesional» porque era capaz de distinguir entre diez marcas de chocolate con los ojos cerrados.

Al día siguiente, en el colegio, llenó su botella en la fuente del patio y volvió a notarlo: el regusto metálico. Preguntó a sus compañeros. Nadie más lo notaba. O nadie le prestaba atención.

Excepto Leire.

Leire Aguirre tenía doce años, era la mejor de su clase en ciencias naturales y odiaba tres cosas con igual intensidad: las mentiras, los deberes de educación física y que la gente desperdiciara agua.

-Yo también lo he notado -dijo, llenando su propia botella y saboreando despacio-. Es leve. Como hierro. O zinc. No es desagradable, pero no debería estar ahí.

-¿Sabes qué puede causarlo?

-Metales disueltos en el agua. Puede ser la tubería, como dice tu madre. Pero si sabe igual en tu casa y aquí en el colegio, no es la tubería. Es la fuente de agua.

-¿El acuífero?

-El acuífero.

Villaverde del Agua era un pueblo de mil doscientos habitantes en la llanura cerealista de Castilla. Su nombre no era casualidad: el pueblo existía porque debajo de él había un acuífero enorme, una reserva subterránea de agua dulce que alimentaba los pozos, las fuentes y los grifos del pueblo desde hacía siglos. El agua de Villaverde siempre había sido famosa por su pureza. Los vecinos presumían de ella. Los restaurantes de la capital la embotellaban.

-Si el acuífero está contaminado, es un problema gordo -dijo Leire-. Un pueblo entero bebe de ahí.

-¿Y cómo comprobamos si es el acuífero y no las tuberías?

-Probamos el agua directamente del manantial. La fuente del Olmo, en las afueras, sale directamente del acuífero sin pasar por ninguna tubería.

Fueron esa misma tarde. La fuente del Olmo era un caño de piedra junto a un olmo centenario, en un prado a las afueras del pueblo. El agua manaba limpia y fría, como siempre. Marcos llenó un vaso y bebió.

-Ahí está. El sabor a metal. Es más fuerte aquí que en el grifo de casa.

Leire bebió y asintió.

-Confirmo. Es el acuífero. Algo está introduciendo metales en el agua subterránea.

-¿Algo como qué?

-Podría ser natural. Hay acuíferos que pasan por capas de roca con alto contenido en hierro. Pero si siempre ha sido así, el agua habría sabido a metal desde siempre. Y tú dices que lo notas desde hace poco.

-Desde hace una semana, más o menos.

-Entonces algo ha cambiado. Algo externo está contaminando el acuífero.

Marcos miró el prado verde, los campos de cereal que se extendían hasta el horizonte, el cielo plano de Castilla. Todo parecía igual que siempre. Pero debajo de sus pies, invisible, algo estaba cambiando.

-Necesitamos analizar el agua -dijo Leire-. No con la lengua, sino con un análisis químico de verdad. Y no tenemos equipo para eso.

-¿Quién lo tiene?

-Un laboratorio. O alguien que sepa de aguas subterráneas.

Marcos pensó.

-Don Aurelio. El viejo que vive en la casa de la cuesta. Mi abuela dice que era hidrogeólogo antes de jubilarse. Estudió los acuíferos de media Castilla.

-¿Crees que nos ayudaría?

-Solo hay una forma de saberlo.

Don Aurelio Fuentes tenía setenta y ocho años, una barba blanca de tres días y un jardín lleno de piedras clasificadas por tipo geológico. Cuando Marcos y Leire llamaron a su puerta y le explicaron lo del sabor metálico, don Aurelio los miró con una atención que los adultos rara vez dedicaban a los niños.

-¿Desde cuándo lo notáis?

-Una semana, más o menos.

-¿Y habéis probado el agua del manantial directamente?

-Sí. También sabe a metal allí.

Don Aurelio se levantó de su sillón con una agilidad sorprendente para su edad.

-Venid conmigo.

Los llevó a un cobertizo detrás de su casa. Dentro había estanterías llenas de frascos, instrumentos de medición, mapas enrollados y un equipo de análisis de agua portátil cubierto de polvo pero aparentemente funcional.

-Llevo veinte años sin usarlo. Pero si hay algo mal en el acuífero de Villaverde, quiero saberlo. Ese acuífero fue mi primer trabajo de investigación, hace cincuenta años. Lo conozco mejor que las líneas de mi propia mano.

Sacó tres frascos de cristal esterilizados.

-Llenamos uno en la fuente del Olmo, otro en el grifo de vuestra casa y otro en un pozo agrícola de las afueras. Si los tres tienen la misma contaminación, el problema es el acuífero. Si solo uno está contaminado, el problema es local.

Marcos y Leire recogieron las muestras esa misma tarde. Don Aurelio las analizó en su cobertizo durante la noche, con la concentración de un científico que vuelve a hacer lo que más le gusta.

A la mañana siguiente, los llamó.

-Las tres muestras tienen niveles elevados de nitratos y metales pesados: hierro, manganeso y trazas de zinc. Los niveles no son peligrosos todavía, pero están subiendo. Si la tendencia continúa, en dos o tres meses el agua no será potable.

-¿Qué está causando la contaminación? -preguntó Leire.

-Eso es lo que vamos a averiguar. Pero tengo una sospecha. -Don Aurelio desplegó un mapa del acuífero sobre su mesa-. El acuífero de Villaverde se alimenta de la lluvia que se filtra a través del suelo en una zona de recarga que está aquí, al norte del pueblo. Y en esa zona, desde hace seis meses, se ha instalado la mayor explotación agrícola intensiva de la comarca.

-Agroverde -dijo Marcos.

-Agroverde -confirmó don Aurelio-. Trescientas hectáreas de cultivo intensivo con riego por aspersión, fertilizantes químicos y fitosanitarios. Si los productos que usan se filtran al suelo y llegan a la zona de recarga del acuífero…

-Envenenan el agua de todo el pueblo -completó Leire.

-Exactamente.






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