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Pablo tenía siete años, un pijama de astronautas y un problema enorme: le daba miedo la oscuridad.
No la oscuridad del cine, porque ahí había palomitas y eso lo arreglaba todo. Ni la oscuridad de jugar al escondite, porque duraba poco y siempre había alguien cerca. El miedo de Pablo era a la oscuridad de su habitación por la noche, cuando sus padres apagaban la luz, cerraban la puerta y lo dejaban solo con las sombras.
Cada noche era igual. Su madre le leía un cuento, le daba un beso en la frente y decía:
-Buenas noches, Pablo. No hay nada que temer.
-Buenas noches, mamá -respondía Pablo, intentando sonar valiente.
Pero en cuanto la puerta se cerraba y la luz se apagaba, el miedo aparecía. No de golpe, sino poco a poco, como el agua que llena una bañera. Primero sentía un cosquilleo en los pies. Después un nudo en la tripa. Y al final, un frío en la espalda que le hacía taparse hasta la nariz con la manta.
Lo peor era el armario.
El armario de Pablo estaba al fondo de la habitación, justo enfrente de la cama. Era un armario viejo de madera oscura que había sido de su abuelo. Durante el día parecía un armario normal, lleno de ropa, zapatos y juguetes que Pablo ya no usaba. Pero por la noche, en la oscuridad, el armario se transformaba. Las sombras le daban formas raras. La puerta, que nunca cerraba del todo, dejaba una rendija oscura que parecía una boca. Y a veces, solo a veces, Pablo oía ruidos que venían de dentro.
No eran ruidos fuertes. Eran ruiditos pequeños: un crujido, un susurro, algo que se movía despacio. Pablo se decía que era la madera que se encogía con el frío, como le había explicado su padre. Pero en la oscuridad, las explicaciones lógicas no servían de mucho.
Una noche de martes, Pablo oyó un ruido nuevo. No era un crujido ni un susurro. Era un estornudo.
-¡ACHÍS!
Pablo se quedó helado debajo de la manta. Los armarios no estornudan. La ropa no estornuda. Los zapatos no estornudan. Solo las personas estornudan. Y los animales. Y los monstruos.
Pablo apretó la manta con los puños y contuvo la respiración.
-¡ACHÍS! ¡ACHÍS!
Dos estornudos más. Venían del armario. Claramente del armario. Sin ninguna duda del armario.
-Hay un monstruo en mi armario -susurró Pablo, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía un tambor.
Durante un segundo, pensó en gritar. Llamar a sus padres. Salir corriendo. Pero entonces pensó en lo que le dirían en el colegio. Pablo el miedica. Pablo el cobardica. Pablo, que tiene miedo de su propio armario.
Así que hizo algo que nunca había hecho antes. Algo que le sorprendió incluso a él mismo.
Se levantó de la cama.
Con las piernas temblando como gelatina, caminó hacia el armario. Cada paso era un esfuerzo enorme. El suelo estaba frío. Las sombras se movían. Y el corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que el monstruo podía oírlo.
Llegó al armario. Puso la mano en la puerta. La madera estaba fría y áspera.
-Si hay un monstruo ahí dentro -dijo Pablo con voz temblorosa-, quiero que sepas que… que… que no te tengo miedo.
Era la mentira más grande que Pablo había dicho en su vida.
Desde dentro del armario, una voz respondió:
-Pues yo a ti sí te tengo miedo. Así que estamos empatados.
Pablo abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Ninguna palabra salió.
-¿Podrías dejar de respirar tan fuerte? -dijo la voz del armario-. Me pones nervioso.
-¿Tú… tú eres un monstruo? -logró decir Pablo.
-Técnicamente sí. Pero no del tipo que da miedo. Más bien del tipo que da pena. ¿Puedes abrir la puerta? Estoy sentado encima de tus zapatillas de fútbol y me están clavando los tacos.
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