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Siete días sin pantalla

Capítulo 1: El apagón



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La tormenta llegó de noche, como llegan las cosas que cambian todo: sin pedir permiso.

Álex Herrera se despertó a las tres de la mañana con un trueno que hizo vibrar las ventanas del albergue juvenil de Punta Brava. Por un instante, en la oscuridad total, no supo dónde estaba. Después recordó: campamento de verano, primer día, pueblo costero de doscientos habitantes en el extremo norte de Galicia. A mil kilómetros de su habitación en Madrid, de su ordenador, de su vida.

Tanteó la mesilla buscando el móvil. La pantalla se encendió con un brillo que le hizo entornar los ojos. Sin cobertura. Sin Wi-Fi. La hora: 3:17. La batería: 68%. Lo dejó en la mesilla y se cubrió con la sábana mientras los relámpagos iluminaban la habitación en fogonazos blancos.

En la litera de abajo, Rafa Durán roncaba como si la tormenta fuera una canción de cuna. Rafa era su compañero de habitación, un chico de Sevilla con el pelo rapado, una camiseta del Betis y una sonrisa permanente que a Álex le resultaba agotadora. Se habían conocido hacía seis horas, en el autobús desde Santiago, y Rafa ya le había contado su vida entera: que jugaba al fútbol, que tenía tres hermanas, que su abuelo era pescador, que le daba miedo el mar de noche.

Álex no le había contado nada. Álex no contaba nada a nadie si podía evitarlo.

A la mañana siguiente, la tormenta había pasado pero había dejado un regalo envenenado. Los monitores del campamento los reunieron en el comedor a las nueve con caras que intentaban ser tranquilizadoras y no lo conseguían.

-Bueno, chicos -dijo Marta, la monitora jefa, una mujer de treinta y pocos con trenzas y gafas de sol en la cabeza-. Tenemos una situación. La tormenta ha derribado la torre de telecomunicaciones de la zona. No hay cobertura móvil, no hay internet y la compañía eléctrica dice que el generador del pueblo puede tardar entre cinco y siete días en restablecerse completamente.

El silencio duró exactamente dos segundos. Después, el caos.

-¿Siete días sin internet?

-¿Y cómo llamo a mis padres?

-¿Y Instagram?

-¿Y si hay una emergencia?

Marta levantó las manos.

-Calma. Hay un teléfono fijo en el ayuntamiento que funciona con línea terrestre. Podéis llamar a vuestras familias por turnos. El pueblo tiene electricidad del generador de emergencia, así que hay luz y agua caliente. Pero no hay conexión digital de ningún tipo.

-¿Y nuestros móviles? -preguntó alguien.

-Funcionan como despertadores y linternas. Para nada más.

Álex miró su móvil. 54% de batería y ningún icono de conexión en la barra superior. Sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

No era adicto al móvil. O eso se decía a sí mismo. Pero su teléfono era su escudo. Con él podía ponerse los auriculares y desaparecer del mundo. Podía abrir un juego y no tener que hablar con nadie. Podía navegar por Reddit o YouTube y simular que estaba ocupado cuando la realidad era que simplemente no sabía cómo estar con otras personas.

Álex tenía catorce años y un diagnóstico de ansiedad social que sus padres llamaban «timidez» porque sonaba menos preocupante. No le costaba hablar. Le costaba querer hacerlo. Le costaba encontrar un motivo para abrirse cuando la alternativa era mantenerse a salvo detrás de una pantalla.

Y ahora la pantalla se estaba apagando.

A su lado, en la mesa del desayuno, una chica que se llamaba Nora Vidal miraba su móvil como si fuera un pájaro muerto. Nora tenía el pelo teñido de azul, tres piercings en la oreja izquierda y una cuenta de TikTok con doce mil seguidores. Álex lo sabía porque Nora se lo había dicho a todo el mundo en el autobús con la naturalidad de quien dice su grupo sanguíneo.

-Esto es un desastre -dijo Nora a nadie en particular-. Tengo que subir contenido. Mi algoritmo se va a resetear.

-Tu algoritmo -repitió Ione, la chica sentada enfrente, con un tono que mezclaba burla y curiosidad.

Ione Etxebarria era vasca, silenciosa y tenía una forma de mirar a la gente que la hacía parecer mayor de lo que era. Llevaba un cuaderno de dibujo a todas partes y no había soltado el lápiz en todo el desayuno, garabateando algo que Álex no alcanzaba a ver.

-Sí, mi algoritmo -repitió Nora, ofendida-. Si no publico en siete días, TikTok deja de mostrar mis vídeos. Meses de trabajo tirados.

-¿Trabajo? -dijo Rafa, apareciendo con una bandeja de tostadas-. ¿Hacer vídeos bailando es trabajo?

-No hago vídeos bailando. Hago contenido sobre moda sostenible. Y sí, es trabajo. Más del que tú haces, seguro.

-Yo juego al fútbol. Eso sí es trabajo.

-Correr detrás de una pelota no es trabajo. Es un hobby con público.

Álex escuchaba el intercambio con la sensación de estar viendo un partido de tenis verbal. La quinta persona en la mesa era Celeste Paredes, una chica de Barcelona que no había hablado en todo el desayuno y que miraba su plato de cereales como si contuviera las respuestas del universo.

-¿Estás bien? -le preguntó Ione.

Celeste levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos.

-Mi madre está enferma. Ingresada. Hablo con ella todos los días por videollamada. Y ahora no puedo.

El silencio que siguió fue diferente al anterior. No era el silencio del drama adolescente por falta de Wi-Fi. Era el silencio del miedo real.

-Puedes usar el teléfono del ayuntamiento -dijo Rafa, y por primera vez su tono no era de broma-. Vamos ahora si quieres. Te acompaño.

Celeste lo miró con sorpresa, como si no esperara amabilidad.

-¿En serio?

-Claro. Mi abuelo dice que cuando el mar se pone feo, los pescadores no se esconden solos. Se juntan.

Fue una frase extrañamente bonita viniendo de un chico que hacía cinco minutos estaba discutiendo sobre si el fútbol era trabajo. Álex pensó que quizá las personas eran más complicadas de lo que parecían en las primeras seis horas.

Celeste y Rafa se fueron juntos al ayuntamiento. Nora siguió lamentando su algoritmo. Ione siguió dibujando. Y Álex se quedó sentado en la mesa del desayuno, sin móvil útil, sin auriculares que lo protegieran, sin ningún sitio donde esconderse.

Siete días. Sin pantalla. Sin armadura.

Por primera vez en mucho tiempo, Álex Herrera estaba completamente expuesto. Y no sabía si eso era lo peor que podía pasarle o lo mejor.






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