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En la ciudad de Vera Cruz había una línea invisible que todo el mundo conocía y nadie mencionaba. Cruzaba la Avenida del Ferrocarril como una cicatriz, separando dos mundos que compartían el mismo código postal pero no la misma realidad.
Al norte de la avenida estaba El Mirador, un barrio de bloques nuevos con jardines comunitarios, parques con juegos de madera certificada y un centro comercial que olía a palomitas y ambientador de pino. Las familias de El Mirador eran, en su mayoría, de clase media acomodada: funcionarios, profesores, pequeños empresarios. Gente que pagaba hipotecas cómodas y llevaba a sus hijos a actividades extraescolares con nombres en inglés.
Al sur estaba La Estación, llamado así por la vieja estación de tren que llevaba décadas abandonada y que se había convertido en el símbolo del barrio: algo que fue algo y que ahora era un recuerdo oxidado. La Estación era bloques de los años sesenta con fachadas desconchadas, un parque con columpios rotos y una plaza donde los viejos jugaban al dominó y los jóvenes no tenían donde ir.
Jairo Mendoza vivía en La Estación. Tenía catorce años, piel morena, pelo rizado corto y unas manos enormes que parecían diseñadas para sujetar un balón de baloncesto. Jugaba en la cancha del barrio, una pista de cemento agrietado sin líneas pintadas ni canastas con red, todos los días después del instituto. Jugaba solo cuando no había nadie, jugaba con quien apareciera cuando había gente, y jugaba con rabia, concentración y una gracia natural que hacía que la pelota pareciera una extensión de sus brazos.
Su madre, Carmen, trabajaba limpiando oficinas y casas. Su padre había vuelto a Colombia hacía cinco años prometiendo que enviaría dinero y no había cumplido ninguna de las dos cosas. Jairo tenía un hermano menor, Samuel, de diez años, al que cuidaba todas las tardes mientras su madre trabajaba.
-Jairo, ven aquí -le dijo su abuela Rosario un miércoles por la tarde, llamándolo desde la ventana del segundo piso mientras él botaba el balón en la cancha-. Hay un cartel en el centro cívico que te va a interesar.
Jairo subió las escaleras de dos en dos. Su abuela le tendió un folleto arrugado que alguien había metido por debajo de la puerta.
«Torneo de baloncesto juvenil 3×3. Centro Cívico La Estación. Equipos mixtos obligatorios: cada equipo debe incluir jugadores de La Estación y El Mirador. Inscripción gratuita. Premio: equipamiento deportivo para el barrio ganador. Entrenadora: Patricia Duarte.»
-¿Equipos mixtos? -Jairo releyó la línea-. ¿De La Estación y El Mirador? ¿Juntos?
-Eso dice -respondió Rosario, que a sus setenta años mantenía una lucidez que cortaba como un cuchillo-. Parece que alguien quiere que os dejéis de tonterías y juguéis juntos como personas normales.
-Abuela, no son tonterías. Los del Mirador no bajan al barrio. Nos miran como si fuéramos aliens.
-Y vosotros los miráis como si fueran de otro planeta. Dos alienígenas que se niegan a hablar. Muy maduro por parte de todos.
-Es diferente. Ellos tienen de todo. Nosotros no tenemos ni canastas con red.
-Pues precisamente por eso deberías apuntarte. El premio es equipamiento deportivo para el barrio ganador. ¿No quieres canastas nuevas?
Jairo miró el folleto. La idea de jugar con gente de El Mirador le producía una mezcla de rechazo y curiosidad. Rechazo porque toda su vida le habían enseñado -no con palabras, sino con silencios, miradas y experiencias- que los del Mirador eran los otros. Los que tenían. Los que miraban por encima del hombro. Curiosidad porque Jairo era, ante todo, un jugador de baloncesto, y un jugador de baloncesto quiere jugar. Con quien sea. Donde sea.
-Me apunto -dijo.
-Bien. Y llévate a Naima. Esa chica necesita salir de casa.
Naima Farsi era la vecina del tercero izquierda, una chica de catorce años de padres marroquíes que llevaba hiyab, gafas de ver y una camiseta de los Lakers que era tres tallas más grande que ella. Naima no jugaba al baloncesto. Naima jugaba al ajedrez, leía novelas de ciencia ficción y era la persona más inteligente que Jairo conocía, lo cual era decir mucho porque Jairo era bastante inteligente él mismo.
-No juego al baloncesto -dijo Naima cuando Jairo le enseñó el folleto.
-El torneo es tres contra tres. Necesito gente. Y tú eres alta.
-Soy alta para ajedrez, no para baloncesto.
-Naima, el premio es equipamiento para el barrio. Canastas, balones, camisetas. ¿No te gustaría que la cancha del barrio tuviera redes?
-A mí me da igual la cancha. No la uso.
-Pero Samuel sí. Y los niños del bloque. ¿No te importan?
Fue un golpe bajo y Jairo lo sabía. Naima tenía debilidad por los niños del barrio, a los que ayudaba con los deberes todas las tardes en el local de la asociación de vecinos.
-Eso es manipulación emocional -dijo Naima.
-Eso es motivación estratégica.
-Es lo mismo dicho con más sílabas.
-¿Vienes o no?
Naima suspiró.
-Vengo. Pero si me rompo una uña, te rompo la cara.
-No tienes uñas.
-Me las dejaré crecer para la ocasión.
Jairo sonrió. Con Naima a bordo, necesitaba un tercer jugador. Lo encontró al día siguiente en la cancha: Diego Ponce, un chico de trece años, menudo y rápido, que compensaba su estatura con una velocidad que parecía desafiar las leyes de la física. Diego era hijo de la dueña de la frutería de la plaza y tenía la energía de tres personas condensada en un cuerpo que pesaba cuarenta kilos.
-¿Torneo de tres contra tres? ¿Con los del Mirador? -Diego botó el balón con un gesto que denotaba escepticismo-. ¿Y quién va a querer jugar con nosotros?
-No sé. Pero las reglas dicen equipos mixtos. Así que alguien del Mirador tendrá que juntarse con nosotros.
-O nosotros con ellos.
-Es lo mismo.
-No es lo mismo. Juntarse con alguien es una cosa. Que te junten a la fuerza es otra.
Diego tenía razón. Y Jairo lo sabía. Pero también sabía que a veces las mejores cosas de la vida no las eliges. Te eligen a ti.
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