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El barrio de Valdecuenca no aparecía en las guías turísticas de Madrid. No tenía monumentos históricos ni terrazas de moda, pero tenía algo que muchos barrios envidiaban en secreto: vida. Marcos Herrera caminaba por la calle del Olmo con las manos en los bolsillos de su sudadera gris, esquivando los charcos que había dejado la lluvia de la madrugada. El olor a pan recién hecho salía de la panadería de la señora Fátima, una mujer marroquí que llevaba veinte años horneando las mejores napolitanas de chocolate del distrito. Dos puertas más allá, el bar de Paco servía sus famosas croquetas caseras mientras sonaba una copla desde la radio antigua que nadie se atrevía a cambiar.
Marcos tenía dieciséis años y conocía cada rincón de aquellas calles como si fueran las líneas de su propia mano. Sabía que en el portal número siete vivía don Eugenio, un jubilado que regaba sus geranios a las ocho en punto cada mañana. Sabía que en la esquina de la calle Paraíso, junto al locutorio de la familia Chen, había una grieta en la acera con forma de rayo que él y Daniela habían bautizado como «la cicatriz de Zeus» cuando tenían ocho años.
Daniela. Pensó en ella y sonrió sin darse cuenta. Daniela Okoro era su mejor amiga desde que tenían cuatro años y sus madres coincidieron en la cola del supermercado. Según la leyenda familiar que ambas madres contaban en cada reunión, Marcos le ofreció a Daniela una galleta mordida y ella la aceptó sin dudarlo. Desde entonces, habían sido inseparables.
Al llegar al parque de la Fuente Rota, la vio sentada en su banco habitual, el tercero empezando por la izquierda, el que tenía un corazón grabado que ninguno de los dos había tallado pero que ambos consideraban suyo. Daniela llevaba su pelo recogido en trenzas altas y leía algo en el móvil con el ceño fruncido.
—Llegas tarde —dijo ella sin levantar la vista.
—Tres minutos. Eso no cuenta.
—Cuenta si yo llevo esperando diez.
Marcos se dejó caer a su lado y le dio un golpe suave con el hombro. Daniela bloqueó el teléfono y se lo guardó en el bolsillo con un gesto rápido, como si quisiera esconder lo que estaba leyendo.
—¿Todo bien? —preguntó Marcos.
—Sí, nada. Cosas del grupo de clase.
Marcos no insistió. Conocía a Daniela lo suficiente como para saber que cuando quería hablar de algo, hablaba, y cuando no, era inútil presionarla. En lugar de eso, sacó dos bolsas de patatas fritas del bolsillo interior de la sudadera.
—He pasado por el chino de la señora Li. Tenían las de jamón que te gustan.
Daniela sonrió por primera vez en la mañana y cogió la bolsa. Abrieron las patatas y se quedaron mirando el parque en silencio. Un grupo de niños jugaba al fútbol con porterías hechas con mochilas. Una pareja de ancianos paseaba despacio bajo los plátanos de sombra. Dos chicas del instituto se hacían fotos junto a la fuente que llevaba rota desde que Marcos tenía memoria.
—¿Has visto lo del solar de la calle Almendro? —preguntó Daniela después de un rato.
—¿El solar abandonado? ¿El que tiene la valla con los grafitis?
—Ese. Parece que el Ayuntamiento quiere venderlo a una empresa de construcción. Van a hacer un bloque de apartamentos de lujo.
Marcos se encogió de hombros. —Bueno, mejor eso que un solar lleno de basura, ¿no?
Daniela le miró con una expresión que él no supo interpretar del todo. Había algo tenso en sus ojos, algo que no encajaba con una simple noticia urbanística.
—No es solo el solar, Marcos. Es todo el plan. Quieren reformar media manzana. Eso significa que van a subir los alquileres. Hay familias que llevan aquí décadas y no van a poder pagar.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi madre ha estado en reuniones con la asociación de vecinos. Dice que es serio. Que si el plan sigue adelante, muchas familias tendrán que irse del barrio.
Marcos sintió un pequeño nudo en el estómago, pero no le dio demasiada importancia. En Valdecuenca siempre había rumores. La gente se quejaba, se reunía, ponía carteles y al final todo seguía más o menos igual. No imaginaba que aquella conversación de sábado por la mañana, entre bolsas de patatas fritas y el ruido de niños jugando al fútbol, marcaría el comienzo de algo que cambiaría el barrio, su amistad y su manera de entender el mundo para siempre.
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