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En un pueblecito de Italia vivía un viejo carpintero llamado Geppetto. Tenía el pelo blanco, las manos llenas de callos y una casita tan pequeña que apenas cabían una mesa, una silla y una cama. Sobre el fuego colgaba una olla, pero estaba pintada en la pared, porque Geppetto no tenía dinero ni para comprar comida para ella.
Una mañana, su amigo, el maestro Cereza, otro carpintero, le regaló un trozo grueso de madera. Era una madera rara, porque, cuando la tocabas, parecía reírse y quejarse como si dentro hubiera alguien viviendo.
—Pues yo voy a tallar un muñeco —dijo Geppetto con una sonrisa—. Lo haré tan bonito que bailará, saltará y me hará compañía. Así ya no estaré solo.
Geppetto se puso a trabajar esa misma tarde. Primero talló la cabeza, con dos ojos grandes y una boca sonriente. Luego la nariz. La nariz empezó a crecer y a crecer, por más que Geppetto la cortaba con su cuchillo. Cuanto más la recortaba, más larga volvía a ponerse. Geppetto, resignado, dejó la nariz un poco larga.
Después talló los brazos, las piernas y el tronco. Como era un buen carpintero, hizo que todas las articulaciones se movieran bien. Cuando terminó, le puso un nombre:
—Te llamaré Pinocho.
Apenas pronunció el nombre, el muñeco abrió los ojos. Geppetto se llevó un susto enorme, pero también una gran alegría.
—¡Estás vivo! —exclamó.
Pinocho lo miró con curiosidad. Movió los brazos. Movió las piernas. Sacó la lengua. Y entonces, se echó a reír sin parar.
—Oye, pequeño —dijo Geppetto con cariño—. Pórtate bien. Yo seré tu papá y te cuidaré como puedo.
Pero Pinocho no había aprendido todavía qué significaba portarse bien. En cuanto Geppetto le enseñó a caminar, el muñeco salió corriendo a la puerta, cruzó la calle y huyó por el pueblo. Geppetto salió detrás gritando:
—¡Pinocho, Pinocho, vuelve aquí!
Los vecinos los miraban sorprendidos. Pero un guardia del pueblo pensó que Geppetto corría para pegar al muñeco, y detuvo al pobre anciano en plena calle. Pinocho, en vez de defender a Geppetto, se rió y siguió corriendo a casa.
Cuando Pinocho llegó a la casa de Geppetto, ya cansado, se sentó junto al fuego (que no existía, porque era solo un dibujo en la pared). Tenía los pies apoyados sobre la pared caliente. Poco a poco, de tanto apoyarlos allí, sus pies de madera se quemaron del todo. Cuando intentó levantarse, se cayó al suelo llorando.
Geppetto volvió a casa más tarde, molido de cansancio. Al ver a Pinocho sin pies, enfadado, le dio un poco de regañina. Pero en cuanto vio las lágrimas del muñeco, se le pasó el enfado. Fue en busca de herramientas y madera, y le talló unos pies nuevos, hermosísimos, con mucho cariño.
—Pinocho —le dijo mientras trabajaba—, pórtate bien. Un hijo debe querer a su padre y obedecerle cuando tiene razón.
Pinocho asintió muy serio. Pero luego, mientras Geppetto no lo veía, volvió a reírse por dentro. Todavía no había entendido nada.
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