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El diario de una viajera del tiempo
Capítulo 1: El desván de la abuela Elena


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El verano había llegado con la fuerza de un incendio silencioso. El calor se pegaba a la piel como una segunda capa y las cigarras cantaban sin descanso en los árboles del jardín. Jimena subió los peldaños del autobús con su mochila al hombro y divisó a lo lejos la figura menuda de su abuela Elena, que la esperaba bajo la sombra de un nogal centenario con los brazos abiertos.

—¡Abuela! —gritó Jimena, y corrió a abrazarla.

Elena la recibió con ese abrazo cálido que olía a lavanda y a bizcocho recién hecho. A sus setenta y ocho años, la abuela Elena conservaba unos ojos vivísimos, de un verde tan intenso que parecían guardar secretos de otro siglo. Vivía sola en una casa antigua de piedra y madera, situada en un pueblo pequeño de Castilla, uno de esos pueblos donde el tiempo parece haberse detenido hace décadas.

—Estás más alta que la última vez —dijo la abuela, examinándola con una sonrisa—. Y más guapa, si es que eso es posible.

Jimena se rio. Tenía doce años, el pelo oscuro recogido en una trenza despeinada y una curiosidad insaciable que la metía en líos constantemente. Le apasionaba la historia; sus compañeros de clase la llamaban «la profesora» porque siempre levantaba la mano para añadir algún dato histórico que nadie había pedido. Pero a ella no le importaba. La historia era su forma de entender el mundo.

La casa de la abuela Elena era un museo en sí misma. Cada pared estaba cubierta de estanterías repletas de libros, mapas enmarcados de épocas pasadas y fotografías en blanco y negro. En el salón, un reloj de péndulo marcaba las horas con un tic-tac solemne que Jimena asociaba con la infancia y la felicidad.

—Abuela, ¿puedo subir al desván? —preguntó Jimena esa primera tarde, después de merendar un trozo de bizcocho con un vaso de leche fresca.

Elena la miró con una expresión extraña, como si la pregunta la hubiera transportado a otro lugar.

—Claro, cariño. Pero ten cuidado con las cajas del fondo. Algunas llevan ahí desde antes de que yo naciera.

Jimena terminó de merendar y subió las escaleras estrechas que conducían al desván. Eran escaleras de madera oscura, con peldaños desiguales que crujían bajo sus pies como si protestaran por la visita. La puerta del desván era pesada, de roble macizo, con un picaporte de hierro frío al tacto. Crujió al abrirse y un olor a papel viejo y polvo le inundó las fosas nasales. La luz entraba por una ventana pequeña y redonda, creando un haz dorado que iluminaba las motas de polvo suspendidas en el aire. El desván era un laberinto de baúles, cajas de cartón, maniquíes cubiertos con sábanas y muebles olvidados.

Jimena avanzó despacio, tocando las superficies con las yemas de los dedos. Encontró un baúl de madera oscura con herrajes de hierro forjado. Las bisagras protestaron cuando lo abrió, como si llevaran décadas sin moverse. Dentro había ropa antigua, un abanico de marfil y, en el fondo, envuelto en un paño de terciopelo granate, un libro.

No era un libro cualquiera. Era un diario encuadernado en cuero marrón, con las esquinas desgastadas y una cerradura dorada que no tenía llave. Sin embargo, al tocarlo, la cerradura se abrió sola con un clic suave, como si hubiera reconocido sus dedos.

Jimena pasó los dedos por la cubierta de cuero, sintiendo las grietas y las marcas del tiempo. Olía a tierra húmeda y a algo indefinible, como el aroma que queda en una habitación después de una tormenta eléctrica. Lo abrió con reverencia. Las páginas eran de un papel grueso y amarillento, y estaban completamente en blanco. Ni una sola palabra. Ni una mancha de tinta. Nada. Frunció el ceño, decepcionada. Había esperado encontrar anotaciones, dibujos, quizás la historia de algún antepasado.

—Un diario vacío —murmuró—. Qué raro.

Entonces, algo se movió entre las sombras del desván. Jimena se sobresaltó y giró la cabeza. Un gato apareció de la nada, como si hubiera brotado de la oscuridad misma. Era un gato grande, de pelaje gris plateado y ojos dorados que brillaban con una inteligencia que no parecía animal. Se sentó frente a ella y la miró fijamente.

—¿De dónde has salido tú? —preguntó Jimena, más intrigada que asustada.

El gato maulló una vez y se acercó al diario, rozándolo con la pata.

—¿Quieres que escriba? —Jimena buscó en su mochila y encontró un bolígrafo. Dudó un momento y después escribió las primeras palabras que le vinieron a la mente: «Me llamo Jimena y me gustaría saber cómo era la vida en la antigua Roma».

El efecto fue inmediato y aterrador. Las letras que acababa de escribir comenzaron a brillar con una luz azulada. El diario tembló en sus manos. El suelo del desván pareció desvanecerse bajo sus pies. Un viento imposible le revolvió el pelo y un ruido ensordecedor, como el de mil relojes sonando a la vez, la envolvió por completo.

Jimena cerró los ojos y gritó.

Cuando los abrió, ya no estaba en el desván de su abuela. Estaba de pie en una calle empedrada, bajo un sol abrasador. A su alrededor, edificios de mármol blanco se alzaban contra un cielo de un azul imposible. Hombres y mujeres vestidos con túnicas y togas caminaban a su lado, algunos cargando ánforas, otros conversando en un idioma que ella reconoció como latín. El olor a pan recién horneado se mezclaba con el del estiércol de los caballos.

—No puede ser —susurró Jimena, mirando a su alrededor con los ojos como platos—. Esto es Roma. Estoy en la antigua Roma.

El gato gris estaba a sus pies, sentado con elegancia, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Tú sabías lo que iba a pasar, ¿verdad? —le dijo Jimena.

El gato parpadeó lentamente, y Jimena habría jurado que sonreía.

Miró el diario que aún sostenía entre las manos. En la primera página, donde ella había escrito su deseo, ahora había una frase nueva, escrita con una caligrafía elegante que no era la suya:

«Bienvenida, viajera. Soy Cronos. El tiempo es un río, y tú acabas de aprender a nadar en él. Observa, aprende, pero recuerda: no puedes cambiar lo que fue. Solo puedes cambiar lo que será.»

Jimena miró al gato.

—¿Cronos? ¿Te llamas Cronos?

El gato maulló afirmativamente.

—Como el dios griego del tiempo —murmuró Jimena—. Claro. Tiene todo el sentido del mundo. O ninguno. No estoy segura.

Una mujer que pasaba cerca la miró con curiosidad. Jimena se dio cuenta de que su ropa moderna llamaba la atención. Llevaba vaqueros, zapatillas deportivas y una camiseta con el logo de un grupo de música. Definitivamente no encajaba en el siglo I.

Cronos saltó sobre un muro bajo y maulló, indicándole que lo siguiera. Jimena lo hizo, adentrándose en las calles de Roma con el corazón latiéndole a mil por hora y el diario apretado contra el pecho.

No sabía cómo volver a casa. No sabía cuánto tiempo se quedaría allí. No sabía si todo aquello era real o un sueño muy vívido. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo en toda la ciudad. El aire caliente de Roma le llenaba los pulmones y el sol le calentaba la piel. Todo era demasiado real para ser un sueño. Pero sí sabía una cosa: la aventura más extraordinaria de su vida acababa de comenzar.

Y en algún lugar, en un pueblo de Castilla, en un tiempo que aún no había ocurrido, la abuela Elena miraba la escalera del desván con una sonrisa cómplice y murmuraba: «Por fin ha encontrado el diario».






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