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El viento a tres mil metros de altitud tiene un sabor particular. Es frío, limpio y ligeramente metálico, como si lamiera las entrañas de la atmósfera. Valentina lo sabía bien porque llevaba toda su vida respirándolo desde la cubierta de algún navío aéreo. Tenía doce años, el pelo corto y rebelde como un nido de golondrinas, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, recuerdo de su primer abordaje cuando tenía nueve. Era la capitana más joven de toda la Flota Libre, y aunque algunos se burlaban de su edad, nadie se atrevía a cuestionar su competencia después de verla pilotar el Albatros Solar a través de una tormenta de granizo sin perder ni un solo panel.
El Albatros Solar era su hogar, su orgullo y su mejor amigo. Era un dirigible de mediano porte, construido con aluminio reciclado y tela de parasol reforzada, con una góndola de madera de cedro donde cabía una tripulación de ocho personas más o menos cómodamente. Lo que hacía único al Albatros era su sistema de propulsión: cuatro paneles solares desplegables que captaban la luz del sol y la convertían en energía para los motores eléctricos. En un mundo donde el combustible fósil se había agotado hacía generaciones, un barco que volaba con luz solar era un tesoro incalculable.
La tripulación era tan peculiar como el propio barco. Estaba Roque, el ingeniero, un chico de trece años con manos manchadas de grasa permanente y la habilidad de reparar cualquier cosa con un trozo de alambre y un poco de imaginación. Estaba Nadia, la navegante, once años, ciega de nacimiento pero capaz de orientarse mejor que nadie usando los vientos, los olores y un sexto sentido que ella llamaba «la brújula interior». Y estaba el Profesor, un autómata oxidado que servía de cocinero, médico y enciclopedia ambulante, y que tenía la manía de recitar poesía clásica en los momentos menos oportunos.
Aquel amanecer, el Albatros Solar navegaba sobre el Mar de Nubes, una extensión interminable de cúmulos blancos que cubrían lo que antiguamente había sido el océano Atlántico. Debajo de las nubes no había agua, solo un desierto de sal y roca reseca que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Nadie bajaba allí. No había nada.
—Capitana —dijo Nadia desde su puesto de navegación, con la cabeza ladeada como un pájaro escuchando—, hay una corriente ascendente a estribor. Huele a tormenta eléctrica, a unas seis horas de distancia.
—Anotado —respondió Valentina, consultando las cartas celestes que tenía extendidas sobre la mesa de mando—. Roque, ¿cómo están los paneles?
—Al noventa y dos por ciento de carga —respondió Roque desde la sala de máquinas, su voz amortiguada por alguna pieza que probablemente tenía entre los dientes—. Pero el panel tres sigue dando problemas. Necesitamos un condensador nuevo, y no sé de dónde vamos a sacarlo.
Valentina suspiró. Las piezas de repuesto eran cada vez más difíciles de encontrar. Los mercados flotantes de Puerto Éolo cobraban precios desorbitados, y los piratas de la Flota Negra asaltaban cualquier navío que transportara tecnología solar. La vida en el cielo no era fácil para nadie, pero para una tripulación de niños y un robot poeta, era especialmente complicada.
Fue entonces cuando llegó el mensaje. El Profesor, que además de cocinar y recitar versos monitorizaba las frecuencias de radio, se acercó a Valentina con una hoja de papel en su mano metálica.
—Capitana, he interceptado una transmisión cifrada en la frecuencia 47.3 —dijo con su voz mecánica pero curiosamente cálida—. Después de aplicar el algoritmo de decodificación estándar y consultar tres diccionarios de códigos náuticos, he determinado que el mensaje dice lo siguiente: «El Mapa del Primer Cielo ha sido encontrado. Coordenadas de subasta: Puerto Éolo, muelle siete, mañana al mediodía. Solo compradores serios. Se aceptan cristales solares y células de energía».
Valentina sintió que el corazón le daba un vuelco. El Mapa del Primer Cielo. La leyenda más famosa de todos los cielos. Se decía que era un mapa antiguo, de antes de la Gran Evaporación, que mostraba la ruta exacta hacia Celestia, la ciudad flotante perdida donde supuestamente existía una máquina capaz de condensar la humedad de la atmósfera y devolver los océanos al mundo.
—Profesor —dijo Valentina con los ojos brillantes—, pon rumbo a Puerto Éolo. Velocidad máxima.
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