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El coche llevaba dos horas subiendo por una carretera de curvas que parecía una serpiente dormida sobre las montañas. Alba iba mirando por la ventanilla derecha y Leo por la izquierda, y los dos estaban empezando a pensar que aquella carretera no tenía fin cuando, de repente, su madre dijo: «¡Ya llegamos!» y el pueblo apareció entre los árboles como un secreto bien guardado.
Se llamaba Valdehoja, y tenía exactamente veintisiete casas, una iglesia con campanario torcido, una fuente en la plaza y un gato perezoso que dormía encima del buzón de correos. La casa de la abuela Carmela estaba al final de la calle principal, una construcción de piedra gris con persianas verdes y un tejado de tejas rojas donde los gorriones habían montado una comunidad entera.
La abuela Carmela los esperaba en la puerta, con su delantal de flores, su pelo blanco recogido con horquillas y esa sonrisa amplia que olía a bizcocho recién hecho. Abrazó a los mellizos con tanta fuerza que casi les crujieron las costillas.
—¡Mis chiquitines! —exclamó, aunque Alba y Leo tenían ya siete años y no les gustaba nada que les llamaran chiquitines—. ¡Por fin os tengo aquí para todo el verano! Venid, venid, que he preparado torrijas y chocolate caliente.
Alba era la más habladora de los dos. Tenía el pelo castaño rizado, pecas en la nariz y una energía inagotable que la hacía saltar de una cosa a otra como una mariposa con prisa. Leo era más tranquilo, de pelo liso y ojos observadores que no se perdían ni un detalle. A Alba le gustaba preguntar; a Leo le gustaba mirar. Juntos formaban un equipo perfecto: ella descubría las preguntas y él encontraba las respuestas.
Después de merendar hasta casi reventar, los mellizos salieron a explorar la casa. Tenía un desván lleno de baúles viejos, una sala con una chimenea tan grande que podían ponerse de pie dentro, y un pasillo con fotos en blanco y negro de personas que Alba y Leo no conocían pero que, según la abuela, eran todos familia.
—Y ahora —dijo la abuela Carmela con un brillo especial en los ojos—, os voy a enseñar mi tesoro.
Los llevó por la puerta trasera de la cocina hasta el jardín. Y vaya jardín. No era el típico jardín con césped recortado y macetas ordenaditas. Era un jardín salvaje, exuberante, casi selva. Había rosales que trepaban por las paredes hasta el segundo piso, un roble enorme en el centro cuyas ramas se extendían como los brazos de un gigante amable, setos de lavanda que perfumaban el aire, un huerto con tomates, lechugas y calabazas, un estanque diminuto donde croaban tres ranas gordas, y en la esquina del fondo, medio escondida por una cortina de hiedra, una enredadera de flores moradas que Alba no había visto nunca.
—Este jardín lleva en nuestra familia desde hace más de doscientos años —dijo la abuela Carmela, acariciando las hojas de un jazmín como si le acariciara la mejilla a un niño—. Lo plantó vuestra tataratatarabuela Rosalía, y desde entonces, cada generación ha añadido algo. El roble lo plantó el abuelo Pedro. Las rosas las trajo la bisabuela Inés de un viaje a Marruecos. El estanque lo excavó vuestro abuelo Tomás, que en paz descanse.
—¿Y esa enredadera de ahí? —preguntó Alba, señalando las flores moradas del fondo—. Es muy rara. Nunca he visto flores así.
La abuela Carmela se quedó callada un momento. Una sombra cruzó su rostro, pero fue tan rápida que Leo apenas la captó.
—Esa —dijo la abuela en voz baja— la plantó Rosalía. Y dicen que es la que más secretos guarda de todo el jardín.
—¿Secretos? —dijeron los mellizos al unísono, porque cuando algo les interesaba, hablaban a la vez sin darse cuenta.
La abuela sonrió, pero no respondió. Simplemente les guiñó un ojo y volvió a la cocina, dejando a Alba y Leo solos en el jardín, con la curiosidad revoloteando en sus cabezas como una abeja alrededor de una flor.
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