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Valentina Reyes nació durante la peor tormenta eléctrica que la comarca de Altoviento había visto en un siglo. Su madre siempre contaba que, en el momento exacto en que Valentina dio su primer llanto, un rayo cayó sobre el pararrayos de la clínica y todas las luces se apagaron durante tres segundos. Cuando volvió la electricidad, la recién nacida estaba en completo silencio, con los ojos abiertos, mirando hacia la ventana donde los relámpagos rasgaban el cielo.
—Nació mirando la tormenta —le decía su madre—. Y desde entonces, las tormentas siempre te miran a ti.
Valentina tenía quince años y una obsesión que sus compañeros de clase no entendían: la meteorología. Mientras otros adolescentes seguían a influencers y comentaban series, Valentina pasaba las tardes analizando mapas sinópticos, midiendo la presión barométrica con un barómetro que había construido ella misma, y fotografiando formaciones nubosas desde la azotea de su edificio.
Vivía con su madre en Altoviento, un pueblo de la meseta castellana donde el viento no paraba nunca y las tormentas de verano eran legendarias. Su padre, Andrés Reyes, había sido meteorólogo del Servicio Nacional de Predicción. Murió cuando Valentina tenía ocho años, persiguiendo una supercélula en los llanos del sur. Lo encontraron junto a su equipo de medición, con los instrumentos intactos y una sonrisa en el rostro, como si hubiera visto algo maravilloso antes del final.
Valentina heredó su equipo: un anemómetro portátil, una estación meteorológica de campo y un cuaderno de tapas rojas donde su padre anotaba algo extraño junto a cada medición. No eran solo datos numéricos. Había frases como: «La tormenta del 14 de agosto se desvió hacia el este cuando le hablé. Coincidencia probable.» O: «Presión anómala. La tormenta pareció responder a mi presencia. Necesito más datos.»
Valentina siempre había pensado que eran excentricidades de un científico apasionado. Hasta aquella tarde de septiembre.
Estaba en la azotea midiendo la humedad relativa cuando vio una tormenta formarse al suroeste con una velocidad antinatural. Las nubes se apilaron como si alguien las empujara, el viento cambió de dirección tres veces en un minuto y un trueno retumbó tan fuerte que Valentina sintió la vibración en los huesos.
Pero lo más extraño fue lo que ocurrió después: la tormenta se detuvo. Literalmente. Las nubes dejaron de moverse, los relámpagos se congelaron a mitad de camino, y durante cinco segundos absolutamente todo quedó en silencio. Después, algo que solo podía describirse como una voz —grave, antigua, enorme— resonó dentro de la cabeza de Valentina:
«Por fin. Te estábamos esperando.»
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