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La sociedad de los faros encendidos

Capítulo 1: El pueblo del faro



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Puerto Sombrío no era un nombre alegre para un pueblo, pero en el invierno de 1943, la alegría escaseaba tanto como el azúcar o el aceite. Isabel Ruiz tenía catorce años y vivía con su abuela en una casa de piedra que olía a salitre y a leña mojada, a dos calles del puerto pesquero donde los barcos volvían cada tarde con menos peces y más silencio.

Su padre no estaba. Eso era lo que decía la abuela cuando alguien preguntaba: «No está.» Dos palabras que contenían un universo de significados que Isabel había aprendido a no explorar en voz alta. Su padre, Ernesto Ruiz, había sido maestro de escuela y republicano. Cuando la guerra terminó y los nacionales ganaron, los que habían estado en el lado equivocado tuvieron que elegir entre la cárcel, el exilio o el silencio. Ernesto eligió el exilio. Se fue a Francia una noche de febrero de 1939 y desde entonces solo habían llegado tres cartas, cada una más corta que la anterior.

La última decía simplemente: «Sigo vivo. Os quiero. No olvidéis.»

No olvidéis. Isabel no sabía exactamente qué se suponía que no debía olvidar, pero guardaba la frase como un talismán secreto, escrita en un papelito doblado que llevaba siempre en el bolsillo del delantal.

Aquella mañana de diciembre, Isabel caminaba por el sendero que bordeaba los acantilados hacia la escuela del pueblo. El viento del norte le golpeaba la cara con ráfagas heladas que olían a mar y a invierno. A su izquierda, el océano Atlántico se extendía gris e infinito. A su derecha, las colinas peladas de Galicia descendían hacia el pueblo como lomos de animales dormidos.

Y frente a ella, en lo alto del acantilado, el faro.

El Faro de Punta Escura llevaba allí más de cien años, un cilindro blanco con franja roja que había guiado a miles de barcos a puerto seguro. Su luz giraba cada noche con la regularidad de un corazón que late, barriendo la oscuridad con un haz blanco que se veía a veinte millas náuticas.

Pero Isabel había notado algo extraño en las últimas semanas. La luz del faro, que siempre había sido regular —dos destellos cortos, uno largo, pausa, repetir—, había cambiado. Ahora, algunas noches, la secuencia era diferente. Tres destellos cortos, dos largos, pausa. O uno largo, cuatro cortos, pausa. Variaciones sutiles que nadie parecía notar. O que nadie quería notar.

Excepto Isabel.

En la escuela, se sentó en su pupitre de madera gastada y sacó el cuaderno. Don Prudencio, el maestro actual —que había sustituido a su padre cuando este se exilió—, daba clase de Historia de España con la versión oficial: los buenos habían ganado, los malos habían perdido, España era grande y libre. Isabel escuchaba con la mandíbula apretada y la pluma inmóvil.

—Ruiz. —Don Prudencio la miró por encima de sus gafas—. ¿No toma notas?

—Sí, señor. —Isabel mojó la pluma en el tintero y escribió algo. No lo que Don Prudencio dictaba, sino las secuencias de luz que había observado la noche anterior.

A su lado, Tomás Mendoza escribía con aplicación. Tomás era hijo del Capitán Mendoza, el oficial de la Guardia Civil del pueblo. Era alto, rubio, con los hombros anchos de quien come bien en tiempos de hambre. Representaba todo lo que Isabel debería detestar: el hijo del poder, el heredero de los vencedores. Pero Tomás tenía una cualidad que lo hacía diferente: dudaba.

Isabel lo había visto dudar. En las formaciones del Frente de Juventudes, cuando les hacían cantar himnos con el brazo en alto, Tomás cantaba pero su brazo no se alzaba del todo. En clase, cuando Don Prudencio hablaba de «la cruzada necesaria», Tomás fruncía el ceño una fracción de segundo antes de componer una expresión neutra. Eran gestos microscópicos que solo alguien tan acostumbrado a observar en silencio como Isabel podría detectar.

Después de clase, Isabel siguió su rutina habitual: caminó hasta la tienda de la señora Pepa a comprar el pan racionado —cien gramos por persona, pan gris que sabía a aserrín—, pasó por la fuente a llenar el cántaro de agua y subió hasta su casa, donde su abuela remendaba ropa junto a la ventana.

—Abuela, ¿quién es el farero de Punta Escura?

La abuela dejó de coser un instante. Solo un instante.

—Se llama Andrés. Andrés Souto. Lleva el faro desde antes de la guerra. ¿Por qué preguntas?

—Por nada. Me gusta mirar el faro por la noche.

—Pues no mires demasiado, niña. Hay cosas que es mejor no ver.

Pero Isabel no podía dejar de mirar. Esa noche, envuelta en una manta en el alféizar de su ventana, observó el faro. La secuencia empezó normal: dos cortos, uno largo. Pero a las once de la noche, cambió. Tres cortos. Pausa larga. Un largo. Dos cortos. Pausa. Tres cortos otra vez.

Isabel anotó cada destello en su cuaderno. Y entonces, sin saber exactamente por qué, intentó algo. Sacó el manual de morse que su padre le había regalado años atrás —un librito ajado con las tapas de cartón que guardaba escondido debajo del colchón— y comparó las secuencias.

Tres cortos: S. Pausa. Un largo, dos cortos: D. Tres cortos: S.

SDS. No significaba nada. O quizá significaba todo. Isabel cerró el cuaderno y miró el faro, cuya luz había vuelto a su secuencia normal, inocente, como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado. Alguien estaba enviando mensajes desde el faro. Y alguien, en alguna parte, los estaba recibiendo.

Isabel se durmió con la frase de su padre resonando en su cabeza: «No olvidéis.» Y por primera vez entendió que quizá no era solo un consejo. Era una instrucción.






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