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El cartógrafo de mundos imposibles

Capítulo 1: La herencia del abuelo Atlas



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El abuelo Atlas murió un martes de primavera, mientras llovía. Mateo siempre recordaría ese detalle porque su abuelo odiaba la lluvia con una pasión que solo reservaba para los mapas mal doblados y el café descafeinado. «La lluvia es el peor enemigo de un cartógrafo», decía. «Emborronaba las tintas y convertía los caminos en trampas.» Que la lluvia se lo llevara precisamente a él era el tipo de ironía cruel que el abuelo habría apreciado, probablemente con una carcajada.

Mateo tenía trece años y no sabía qué hacer con la muerte. No porque no la entendiera —la entendía con la claridad brutal de quien ha leído suficientes libros para saber que es definitiva— sino porque no sabía qué hacer con el agujero que dejaba. Un agujero con forma de abuelo que olía a tinta china y tabaco de pipa, que contaba historias de mundos que no aparecían en ningún atlas oficial y que, cada vez que Mateo lo visitaba, sacaba un mapa nuevo de algún cajón secreto y decía: «Mira esto, chaval. Aquí hay un mundo que nadie ha explorado todavía.»

Los mapas eran la pasión del abuelo Atlas. No los mapas normales de carreteras y fronteras, sino mapas de lugares imposibles: un continente donde los ríos fluían hacia arriba, una isla donde el tiempo corría al revés, un valle donde la gravedad cambiaba de dirección según la hora del día. Mateo siempre había asumido que eran fantasías, creaciones artísticas de un anciano con demasiada imaginación y demasiado tiempo libre.

Hasta que leyó el testamento.

El abogado se llamaba Pérez y tenía la expresión de alguien que ha leído demasiados documentos aburridos en su vida. Leyó el testamento en el salón de la casa del abuelo, ante la madre de Mateo, que era hija del abuelo Atlas y que nunca había compartido la pasión cartográfica de su padre.

—A mi nieto Mateo —leyó Pérez con voz monótona— le dejo mi colección completa de mapas, mi taller, mis instrumentos de cartografía y una carta sellada que deberá abrir solo cuando esté solo en el taller.

La madre de Mateo frunció el ceño.

—¿Mapas? Le deja mapas a un niño de trece años. ¿Y a mí?

—A usted, señora, le deja la casa y todos los ahorros. Excepto el taller del sótano, que es propiedad exclusiva de Mateo.

El taller del sótano. Mateo había estado allí cientos de veces. Era una habitación grande bajo la casa, con paredes forradas de estanterías que contenían rollos de mapas, frascos de tinta de colores, reglas, compases, lupas, y una mesa de dibujo enorme donde el abuelo trabajaba durante horas con la concentración de un cirujano.

Mateo esperó hasta que su madre se fue. Luego bajó al sótano. El olor del taller le golpeó como una ola de recuerdos: tinta, madera, el ligero aroma del pegamento que el abuelo usaba para encuadernar. Se sentó en el taburete del abuelo, que todavía conservaba la forma de su cuerpo, y abrió la carta.

La letra del abuelo era pequeña, precisa, la caligrafía de un hombre que había pasado la vida trazando líneas con exactitud milimétrica.

«Querido Mateo:

Si estás leyendo esto, significa que me he ido a explorar el único mapa que nunca pude dibujar: el de lo que hay después. Espero que sea interesante.

Pero no te escribo para hablar de la muerte. Te escribo para hablar de los mapas.

Siempre te dije que mis mapas eran imaginarios. Te mentí. No son imaginarios, Mateo. Son reales. Cada mapa que he dibujado en este taller es un portal hacia un mundo que existe de verdad, en algún pliegue de la realidad que la ciencia todavía no ha aprendido a ver.

Descubrí los portales cuando tenía tu edad. Mi abuelo me lo enseñó, y el suyo a él, y así sucesivamente durante generaciones. Somos cartógrafos, Mateo. No de este mundo, sino de todos los mundos posibles.

Para activar un mapa, debes extenderlo sobre la mesa de dibujo, colocar el compás de bronce en el punto marcado con una estrella, y girar la aguja tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj. El mapa se abrirá y podrás entrar.

Pero hay reglas:
1.
Solo puedes llevar lo que quepa en tus bolsillos.
2. Cada mundo tiene una prueba. Deberás completarla para volver.
3. El tiempo funciona diferente en cada mundo. Lo que parecen horas allí pueden ser minutos aquí, o al revés.
4. Brújula te guiará. Confía en ella.

¿Quién es Brújula? Lo descubrirás.

No te pido que explores los mundos. Te pido que los cartografíes. Que dibujes lo que veas, que registres lo que aprendas, que amplíes los mapas que yo empecé. Porque un mundo que nadie cartografía es un mundo que se pierde.

Te quiero, chaval. Siempre te quise, aunque sea difícil decirlo en una carta.

Abuelo Atlas.»

Mateo leyó la carta tres veces. La primera con incredulidad. La segunda con emoción. La tercera con determinación.

Miró los mapas que cubrían las paredes del taller. Decenas de ellos, enrollados en tubos, colgados con chinchetas, apilados en cajones. Mundos enteros esperando ser explorados.

Eligió el primero: un mapa pequeño que representaba una isla con forma de media luna rodeada de un mar color violeta. En el centro de la isla, una estrella dibujada con tinta dorada. El título, escrito en la esquina con letra del abuelo: «El Mundo Invertido».

Extendió el mapa sobre la mesa de dibujo. Encontró el compás de bronce en un cajón: era antiguo, pesado, con grabados que parecían constelaciones. Colocó la punta en la estrella dorada.

Giró la aguja. Una vez. Dos. Tres.

El mapa tembló. Las líneas de tinta empezaron a brillar, primero débilmente, luego con una intensidad que hizo que Mateo retrocediera. El papel se convirtió en luz, la luz se convirtió en profundidad, y de pronto la mesa de dibujo ya no era una mesa sino una ventana que daba a un cielo violeta donde las nubes caían hacia arriba.

Y sobre la mesa, mirándolo con ojos de ámbar, había un gato. Un gato negro con una mancha blanca en el pecho en forma de estrella polar.

—Por fin —dijo el gato, porque por supuesto que hablaba—. Llevo esperándote desde que tu abuelo dejó de venir. Soy Brújula. ¿Entramos?

Mateo miró al gato. Miró el portal. Miró la carta del abuelo en su mano. Y dio un paso hacia el mundo imposible.






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