Book Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Chapter Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Class Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Assignment Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Quiz Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Discussion Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Character Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
School Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
En Nueva Arcadia nunca llovía los días laborables.
El sistema meteorológico, controlado desde la Torre Central, redirigía las precipitaciones a las noches del fin de semana, cuando los ciudadanos dormían y los campos de cultivo automatizados necesitaban riego. Durante el día, el cielo era siempre de un azul uniforme, sin nubes que proyectaran sombras incómodas ni vientos que desordenaran los peinados perfectos de los arcadianos.
Lena caminaba por la Avenida de la Concordia rumbo al instituto, respirando aire que olía a jazmín artificial —la fragancia del mes, elegida por votación popular—. A su alrededor, las fachadas de los edificios brillaban con una blancura impecable, sin una grieta, sin un grafiti, sin una mancha. Los jardines públicos mostraban flores que florecían todo el año, genéticamente modificadas para no marchitarse. Los bancos de los parques eran ergonómicamente perfectos. Las aceras nunca tenían baches.
Nueva Arcadia era, oficialmente, la primera ciudad perfecta del mundo.
Fundada hacía cuarenta años tras el Gran Colapso —una serie de guerras, pandemias y crisis climáticas que habían devastado la civilización anterior—, Nueva Arcadia fue diseñada desde cero como la respuesta a todo lo que había salido mal. Sin desigualdad económica: todos los ciudadanos recibían exactamente los mismos recursos. Sin crimen: un sistema de vigilancia predictiva identificaba y corregía comportamientos desviados antes de que se convirtieran en delitos. Sin conflicto: el Cónsul Pax, líder vitalicio de la ciudad, había implementado la Doctrina de la Armonía, que eliminaba cualquier fuente de desacuerdo público.
Lena tenía dieciséis años y era, según todos los indicadores, una ciudadana modelo. Sus calificaciones estaban en el percentil noventa y cinco. Su índice de armonía social era del noventa y ocho por ciento. Nunca había recibido una notificación de comportamiento desviado.
Pero Lena tenía un defecto que ningún sistema había detectado: hacía preguntas que no debería hacer.
No en voz alta, claro. Las preguntas peligrosas se las guardaba en un cuaderno que escondía bajo el colchón, escrito con un lápiz que había encontrado en un contenedor de reciclaje —los lápices eran objetos obsoletos en Nueva Arcadia, donde todo se registraba digitalmente—.
Su última pregunta, escrita la noche anterior, decía: «Si Nueva Arcadia es perfecta, ¿por qué no hay ancianos?»
Era una observación que la atormentaba desde hacía semanas. En una ciudad de trescientos mil habitantes, Lena no recordaba haber visto a nadie mayor de sesenta años. Había adultos jóvenes, personas de mediana edad, y luego… nada. Como si la gente simplemente dejara de existir al llegar a cierta edad.
Había preguntado a su madre, que le respondió con la sonrisa serena que todos los adultos de Nueva Arcadia compartían:
—Los ciudadanos mayores se trasladan a las Residencias Doradas, cariño. Son comunidades exclusivas en las afueras, diseñadas para que vivan su jubilación en paz total. No reciben visitas para no perturbar su descanso.
La explicación era perfecta. Como todo en Nueva Arcadia. Y quizá por eso Lena no se la creía.
En el instituto, la clase de Historia de la Armonía comenzaba siempre con el mismo ritual: todos los estudiantes se ponían de pie y recitaban el Credo Arcadiano.
—En Nueva Arcadia somos iguales. En Nueva Arcadia somos libres. En Nueva Arcadia somos felices. La perfección es nuestro derecho. La armonía es nuestro deber.
Lena movía los labios pero las palabras habían dejado de significar algo para ella hacía tiempo. Eran sonidos vacíos, como el eco de una campana en una habitación sin paredes.
El profesor de Historia —un hombre afable llamado Señor Orden, que sonreía tanto que sus ojos habían olvidado cómo expresar cualquier otra emoción— comenzó la lección del día.
—Hoy estudiaremos el Gran Colapso y cómo el Cónsul Pax nos salvó de la destrucción. Abran sus tabletas en la página cuarenta y siete.
Lena abrió su tableta. La historia del Gran Colapso era siempre la misma: el mundo antiguo era un caos de guerras, enfermedades y sufrimiento. Los humanos no podían gobernarse a sí mismos. El Cónsul Pax, un visionario brillante, reunió a los mejores científicos y construyó Nueva Arcadia como un nuevo comienzo. Todo lo que vino antes era oscuridad; todo lo que vino después era luz.
Pero el cuaderno de Lena contenía otra pregunta incómoda: «Si el mundo antiguo era tan terrible, ¿por qué no nos dejan ver nada de él?»
Toda la información sobre el mundo anterior al Gran Colapso estaba clasificada como Material Histórico Restringido. Los ciudadanos no tenían acceso a libros, películas, música ni arte de antes de la fundación. El argumento oficial era que «el contacto con contenido del período caótico podría generar ansiedad y perturbar la armonía».
—Señor Orden —dijo Lena, levantando la mano antes de que la prudencia pudiera detenerla—. ¿Existían cosas buenas en el mundo antiguo?
El aula se quedó en silencio. Treinta pares de ojos se giraron hacia ella. El Señor Orden mantuvo su sonrisa, pero algo detrás de sus ojos parpadeó, como un programa que encuentra un error.
—¿Cosas buenas en el período caótico? Es una pregunta interesante, Lena. Naturalmente, los seres humanos siempre han tenido capacidad para la bondad individual. Pero el sistema que gobernaba sus vidas era tan defectuoso que incluso la bondad generaba conflicto. En Nueva Arcadia, hemos eliminado las causas del conflicto, así que la bondad puede florecer sin obstáculos.
La respuesta era perfecta. Y vacía.
—Pero ¿había arte? ¿Música? ¿Literatura? —insistió Lena.
—Había expresiones culturales, sí. Pero estaban contaminadas por las emociones negativas de su época: ira, tristeza, desesperación. Nuestro arte arcadiano, en cambio, refleja solo emociones constructivas.
Lena iba a preguntar si la tristeza era realmente una emoción destructiva, pero Atlas, que estaba sentado a su lado, le dio un codazo suave por debajo de la mesa. Un gesto que significaba: para.
Atlas era su mejor amigo desde los seis años. Alto, rubio, con la complexión de alguien que seguía al pie de la letra las rutinas de ejercicio recomendadas por el sistema. Era el estudiante más popular de su generación y, hasta donde Lena sabía, el más conformista. Nunca cuestionaba nada. Nunca hacía preguntas incómodas. Era la personificación del ciudadano perfecto de Nueva Arcadia.
O eso creía Lena.
A la hora del almuerzo, Atlas la buscó en el patio. Se sentaron bajo un árbol cuyas hojas nunca caían —modificación genética, por supuesto— y compartieron un almuerzo idéntico al de todos los demás: proteína vegetal con ensalada optimizada y agua filtrada con minerales.
—Tienes que dejar de hacer esas preguntas en clase —dijo Atlas en voz baja.
—¿Por qué? Solo pregunto cosas lógicas.
—Porque las cosas lógicas no siempre son seguras.
Lena lo miró con sorpresa. Era la primera vez que Atlas decía algo que sonaba remotamente crítico.
—¿Qué quieres decir?
Atlas miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba. Luego bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—¿Has oído hablar de La Memoria?
—No.
—Es un grupo. Clandestino. Gente que recuerda cosas del mundo antiguo. O que dice recordarlas.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Porque mi abuelo era uno de ellos. Antes de que lo trasladaran a las Residencias Doradas.
La mención de las Residencias Doradas cayó entre ellos como una piedra en un estanque de aguas quietas. Lena miró a Atlas y vio algo que nunca había visto en su rostro de ciudadano modelo: dolor.
—Tu abuelo…
—Desapareció hace seis meses. Mi madre dice que está en las Residencias. Pero no nos dejan visitarlo. No podemos llamarlo. No podemos enviarle mensajes. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.
Lena pensó en su propia pregunta del cuaderno: «¿Por qué no hay ancianos?»
—Atlas, ¿tú crees que las Residencias Doradas existen?
Atlas no respondió. Pero su silencio fue más elocuente que cualquier palabra. Se levantó, le puso la mano en el hombro, y dijo:
—Mañana a las cinco. Detrás del almacén de reciclaje del sector norte. Si quieres saber la verdad.
Y se fue, dejando a Lena con un corazón que latía demasiado rápido para un mundo donde el ritmo cardíaco de todos estaba optimizado para la calma.
Por favor espere mientras se generan los temas...
Por favor espere mientras se genera el contenido...
Please wait while the Instagram image is being generated...
Funnel Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Organization Se eliminarán por completo. Este proceso no se puede revertir ni recuperar.
Esta herramienta analiza a los usuarios existentes para identificar posibles bots basándose en diversos patrones y comportamientos.
Advertencia: Este análisis se basa en patrones y puede generar falsos positivos. Revise siempre los resultados cuidadosamente antes de actuar.