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El martillo cayó sobre el metal al rojo vivo y una lluvia de chispas saltó como estrellas diminutas en la penumbra de la fragua. Kael sintió el impacto recorrerle el brazo hasta el hombro, pero no se detuvo. Nunca se detenía. El ritmo del martillo era lo único constante en su vida: un golpe, un respiro, otro golpe. El metal cedía, se doblaba, obedecía. A diferencia de todo lo demás.
La Maestra Forja observaba desde el umbral, con los brazos cruzados sobre el delantal de cuero curtido por años de trabajo. Su cabello gris estaba recogido en un moño apretado, y sus ojos —del color del acero templado— seguían cada movimiento de Kael con una precisión que el joven encontraba al mismo tiempo reconfortante e inquietante.
—Estás golpeando con rabia, no con intención —dijo ella, y su voz cortó el crepitar del fuego como una hoja bien afilada—. El hierro nota la diferencia.
Kael levantó el martillo y lo sostuvo en el aire. El sudor le corría por la frente y le ardían los ojos. Tenía diecisiete años, pero las manos de alguien que había trabajado el doble. Callos sobre callos, quemaduras antiguas que dibujaban mapas en su piel.
—Solo intento terminar el encargo del Capitán Alderos —respondió, dejando caer el martillo sobre el yunque con un sonido hueco—. Quiere veinte puntas de lanza para mañana.
—El Capitán Alderos puede esperar. El metal no puede. —La Maestra Forja se acercó y tomó la pieza con unas tenazas. La examinó bajo la luz anaranjada del horno, girándola lentamente—. ¿Ves esta grieta? Aquí, donde el acero se adelgaza. Un golpe de rabia. Esta lanza se rompería en la primera batalla y un soldado moriría.
Kael apretó la mandíbula. Sabía que tenía razón. Siempre la tenía.
—Cada arma que sale de esta fragua lleva nuestra marca —continuó ella, devolviendo la pieza al fuego—. Y cada muerte causada por un arma defectuosa pesa sobre las manos que la forjaron. Recuerda eso.
Kael asintió y se secó la frente con el dorso de la mano. Fuera de la fragua, el pueblo de Valceniza despertaba bajo un cielo gris que olía a ceniza y a guerra. Siempre olía a guerra. Desde que Kael tenía memoria, las dos grandes casas del reino de Valthor —Casa Argenta y Casa Ígneo— se habían disputado el control del valle, de las minas, de los ríos, de todo lo que valiera la pena poseer. Y lo que no valía la pena, también.
La guerra de los Cien Fuegos, la llamaban los cronistas. Cien años de batallas, treguas rotas, emboscadas y traiciones. Cien años de sangre empapando la misma tierra fértil que ambas casas decían proteger. Kael había nacido en medio de ese conflicto, hijo de nadie según los registros del pueblo. La Maestra Forja lo había encontrado envuelto en una manta junto al yunque una mañana de invierno, con una marca extraña grabada en un medallón de hierro que colgaba de su cuello.
Nunca le había dicho qué significaba esa marca. «Cuando estés listo», decía siempre. Y Kael había dejado de preguntar hacía años.
Terminó las puntas de lanza al mediodía, esta vez con golpes medidos y precisos, y las dejó enfriando en la artesa de agua. El vapor subió en una nube blanca y Kael salió al exterior, donde el sol luchaba por atravesar la capa perpetua de nubes que cubría Valceniza.
El pueblo era pequeño: unas cincuenta casas de piedra oscura agrupadas alrededor de una plaza central donde un pozo seco servía más como punto de reunión que como fuente de agua. Los pozos verdaderos estaban en las afueras, vigilados por soldados de Casa Ígneo que cobraban un impuesto por cada cubo extraído. Casa Ígneo controlaba esta parte del valle desde hacía treinta años, y su presencia se notaba en los estandartes rojos y dorados que colgaban de las murallas, en las patrullas que recorrían las calles al anochecer, y en el miedo silencioso que habitaba en los ojos de cada aldeano.
Kael caminó hasta la plaza y se sentó en el borde del pozo seco. Desde allí podía ver la fortaleza de Peñaígneo en lo alto del cerro, con sus torres que parecían dedos de piedra señalando al cielo. Allí vivía el Príncipe Cinder, heredero de Casa Ígneo y, según los rumores, el hombre más cruel de todo Valthor.
—¿Soñando despierto otra vez, herrero?
Kael levantó la vista. Un soldado de Casa Ígneo lo miraba desde arriba, con esa sonrisa torcida que todos los soldados parecían aprender en su primer día de servicio.
—Solo descanso —respondió Kael, manteniendo la voz neutra.
—Los herreros no descansan. Los herreros forjan. Para eso os pagamos.
Kael se levantó sin responder y volvió a la fragua. Había aprendido hacía mucho que discutir con un soldado de Casa Ígneo era como golpear hierro frío: no servía de nada y podía romperte la mano.
Al caer la tarde, mientras limpiaba las herramientas, escuchó un tumulto en la plaza. Gritos, cascos de caballos, el sonido metálico de armaduras. Se asomó por la puerta y vio una columna de soldados entrando por la puerta norte, escoltando una carreta cubierta con telas oscuras. Pero lo que le llamó la atención no fue la carreta, sino la figura que caminaba detrás de ella: una joven de su edad, con las manos atadas y el cabello plateado cubierto de polvo del camino. Caminaba con la cabeza alta, a pesar de las ataduras, y había algo en su mirada —una fiereza controlada, como brasas bajo ceniza— que hizo que Kael se quedara inmóvil.
Un oficial a caballo gritó órdenes y los soldados condujeron a la prisionera hacia la fortaleza. Pero por un instante, apenas un parpadeo, la joven giró la cabeza y sus ojos encontraron los de Kael. Fueron solo dos segundos, tal vez tres. Pero Kael sintió que algo se desplazaba en su interior, como cuando el metal alcanza el punto exacto de temperatura y cambia de estado.
No sabía quién era. No sabía por qué estaba allí. Pero algo en su pecho le decía que acababa de ver a alguien importante.
Esa noche, mientras cenaba un guiso de raíces con la Maestra Forja, preguntó sin rodeos:
—¿Quién era la prisionera?
La Maestra Forja dejó la cuchara en el plato. La observó largamente antes de hablar.
—Lyra de Casa Argenta. La princesa desterrada.
—¿Princesa? ¿De Casa Argenta? ¿La casa enemiga?
—Las casas son enemigas entre sí. No de nosotros. Aunque a veces lo olvidamos. —La Maestra Forja se levantó y caminó hasta la ventana—. Lyra fue desterrada hace tres años por su propio padre, el Rey Argenta, por negarse a casarse con un señor de la guerra del norte. Desde entonces ha vagado por las fronteras del reino. Parece que el Príncipe Cinder la ha capturado para usarla como moneda de cambio.
—¿Moneda de cambio?
—Leverage, muchacho. Presión. Si tienes a la hija del rey enemigo, puedes negociar. O puedes hacer algo peor. —Su voz se oscureció—. Con el Príncipe Cinder, siempre es algo peor.
Kael miró el medallón de hierro que descansaba sobre su pecho, bajo la camisa. La marca grabada en él palpitaba con un calor tenue que había aprendido a ignorar hacía años.
—No puedo hacer nada —dijo, más para sí mismo que para la Maestra.
—No he dicho que debas hacerlo. He dicho que ella está aquí. Lo que ocurra después… —La Maestra Forja recogió los platos y caminó hacia la cocina—. El hierro y el destino tienen algo en común, Kael: solo se moldean cuando están calientes.
Kael se quedó solo frente al fuego menguante de la chimenea. Fuera, la noche de Valthor era espesa como brea, y en algún lugar de la fortaleza de Peñaígneo, una princesa con cabello de plata dormía —o no dormía— en una celda de piedra.
Y por primera vez en años, Kael sintió que el ritmo constante del martillo sobre el yunque no era suficiente.
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