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El cartel llevaba cuarenta años colgado sobre la puerta de cristal emplomado: «Cafetería El Último Trago». Las letras doradas se habían ido descascarillando con las décadas hasta convertirse en un jeroglífico que solo los vecinos del barrio de Lavapiés sabían descifrar. Ramón Guerrero, sesenta y ocho años, viudo desde hacía tres, pasó el trapo húmedo por la barra de zinc como cada mañana a las seis y cuarto. El gesto era tan automático que podría haberlo ejecutado dormido.
El olor del café recién molido se extendió por el local como una oración silenciosa. Ramón aspiró profundamente. Ese aroma era lo único que le quedaba de Teresa, porque ella había elegido la marca, la cafetera italiana, el punto exacto de tueste. Cada taza que preparaba era una conversación con su fantasma.
La cafetería ocupaba un bajo en la calle Argumosa, esquina con Tribulete. Ocho mesas de mármol con patas de hierro forjado, sillas de madera que crujían como huesos viejos, una vitrina con bollería que Ramón compraba cada madrugada en el obrador de Manolo, tres calles más arriba. En las paredes, fotografías en blanco y negro del barrio: el Rastro en los setenta, la verbena de San Lorenzo del ochenta y dos, la nevada del año en que nació su hija Elena.
A las siete menos cuarto, Ramón encendió la radio. Sonaba una copla antigua que Teresa habría tarareado. Colocó las servilletas en los servilleteros metálicos, comprobó que hubiera suficiente azúcar en los dispensadores y llenó la jarra de leche entera. Rutinas. La vida de Ramón era una colección de rutinas que impedían que el silencio lo devorara.
A las siete en punto abrió la puerta y el frío de noviembre madrileño entró como un cliente más. La calle aún dormitaba. Un par de operarios caminaban hacia el metro con paso de autómata. Un perro callejero olisqueó la acera y siguió su camino.
La primera clienta llegó a las siete y diez, como todos los días. Marta se sentó en la mesa del rincón junto a la ventana, abrió su portátil y pidió lo de siempre con un gesto de la mano. Ramón ya había empezado a preparar su cortado largo con leche de avena antes de que ella cruzara el umbral.
—Buenos días, Marta.
—Buenos días, Ramón.
Ese intercambio era sagrado. Ni una palabra más ni una menos. Ramón dejó la taza sobre la mesa con delicadeza y volvió a la barra. Marta bebió un sorbo sin levantar la vista de la pantalla.
A las ocho, el local ya tenía su pulso habitual. Pilar y Enrique ocupaban la mesa junto a la puerta, como cada mañana desde hacía quince años. Adrián pasó a por su café solo doble para llevar, con prisa fingida. Lucía entró arrastrando la mochila del instituto y se instaló en la mesa del fondo con sus apuntes de Filosofía.
Ramón los observó desde detrás de la barra. Su pequeño universo. Su familia postiza. Sintió que algo se le quebraba dentro del pecho, como una rama seca.
A las diez de la mañana, cuando el local estaba en su momento más tranquilo, Ramón sacó un papel del bolsillo del delantal. Lo había escrito la noche anterior, con la letra temblorosa que últimamente le salía cuando las manos se le cansaban. Lo pegó con cinta adhesiva en el cristal de la puerta, junto al horario.
El papel decía: «Queridos clientes y amigos: después de cuarenta años, El Último Trago cerrará sus puertas el día 30 de noviembre. Gracias por todo. Ramón».
Se quedó mirando el cartel un momento. Luego volvió a la barra, pasó el trapo por el zinc una vez más y esperó a que alguien lo leyera.
Marta fue la primera en verlo cuando salió a fumar. Se quedó paralizada en la puerta, con el mechero a medio encender. Leyó el cartel dos veces. Luego miró a Ramón a través del cristal. Él le sostuvo la mirada y asintió despacio, como quien confirma un diagnóstico.
Ella volvió a entrar y se sentó sin decir nada. Pero no abrió el portátil. Se quedó mirando su taza vacía como si pudiera leer el futuro en los restos del café.
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