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Milo tenía siete años y vivía con su abuela Rosa en una casita blanca junto al mar. La casa tenía un jardín lleno de tomates, girasoles y un viejo limonero que daba los limones más dulces del pueblo.
Una noche de verano, la abuela Rosa sacó dos sillas al jardín y señaló al cielo.
—Esta noche hay lluvia de estrellas, Milo. Si miras con atención, verás cómo cruzan el cielo como rayos de luz.
Milo abrió mucho los ojos. El cielo estaba lleno de puntos brillantes, como si alguien hubiera derramado un bote de purpurina sobre una sábana oscura.
—Abuela, ¿de dónde vienen las estrellas fugaces?
—Son estrellas que viajan muy rápido. A veces, alguna se despista y cae del cielo. Por eso las llamamos fugaces, porque huyen de un lado a otro.
De repente, una estrella enorme cruzó el cielo dejando una cola de luz dorada. Era tan brillante que iluminó todo el jardín durante un segundo. Y entonces, justo detrás del limonero, algo cayó al suelo con un ruido suave, como un suspiro.
—¿Has visto eso, abuela? ¡Ha caído muy cerca!
—Serán imaginaciones tuyas, cariño. Anda, vamos a dormir, que ya es tarde.
Milo se fue a la cama, pero no podía dejar de pensar en aquel destello. Algo había caído en su jardín, estaba seguro.
Al amanecer, Milo saltó de la cama y corrió al jardín descalzo. Buscó entre los tomates, detrás del limonero, debajo de los girasoles… y entonces la vio.
Entre las hojas de una tomatera había una piedra redonda del tamaño de su puño. Pero no era una piedra normal. Brillaba con una luz suave y cálida, como una luciérnaga atrapada dentro de un cristal. Y estaba tibia, como si alguien la hubiera tenido entre las manos.
Milo la recogió con cuidado.
—¡Au! —dijo una vocecita diminuta.
Milo casi la dejó caer del susto.
—¿Quién ha dicho eso?
—¡Yo! —contestó la voz—. ¡Ten cuidado, que me haces cosquillas!
Milo miró la piedra brillante con los ojos como platos. La luz parpadeó y, poco a poco, tomó la forma de una estrella pequeñita con ojos redondos y una sonrisa tímida.
—Hola —dijo la estrella—. Me llamo Centella. Y creo que me he perdido.
Milo se sentó en la hierba húmeda del jardín y sujetó a Centella en la palma de su mano. Era la cosa más bonita que había visto en su vida.
—¿Eres una estrella de verdad? —preguntó Milo, casi sin voz.
—Sí. Vivía en la Osa Menor, la constelación que parece un cazo en el cielo. Pero anoche, durante la lluvia de estrellas, choqué con un meteorito y salí volando. Caí dando tumbos y aterricé aquí, entre tus tomates.
—¡Increíble! —exclamó Milo—. ¿Y puedes volver a subir al cielo?
Centella bajó su brillo un poquito, como si estuviera triste.
—No lo sé. Nunca he estado tan lejos de casa.
Milo la acercó a su pecho con cariño.
—No te preocupes, Centella. Yo te ayudaré a volver.
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