El autobús escolar se detuvo frente al Museo de Santa Cruz con un chirrido de frenos que hizo saltar a la mitad de la clase. Inés Montero, once años recién cumplidos y una coleta que siempre se le deshacía antes del recreo, fue la primera en pegar la nariz a la ventanilla.
—Toledo —murmuró, como si pronunciar el nombre de la ciudad fuera un conjuro.
A su lado, Omar Benali levantó la vista de su tableta, donde estaba leyendo un artículo sobre inteligencia artificial. Tenía el pelo rizado, los ojos oscuros y una camiseta con un circuito impreso estampado que él mismo había diseñado con una impresora de transferencia térmica.
—¿Sabías que este museo fue un hospital en el siglo XVI? —dijo Clara Rivera desde el asiento de atrás. Clara era menuda, llevaba gafas redondas y tenía la costumbre de soltar datos históricos en el momento más inesperado. Su memoria fotográfica la convertía en una enciclopedia andante, aunque ella prefería decir que simplemente «prestaba atención».
—Genial, un hospital antiguo. Espero que no haya fantasmas —bromeó Omar, guardando la tableta en la mochila.
La profesora Díaz dio las instrucciones habituales: no tocar las vitrinas, no separarse del grupo, no correr. Inés asintió sin escuchar del todo. Desde que había leído sobre las espadas toledanas, soñaba con visitar esta ciudad. Había algo en aquellas calles estrechas y empedradas que le hacía sentir que la historia estaba viva, esperando a que alguien la encontrara.
El grupo entró en el museo y la guía comenzó a hablar sobre los artesonados mudéjares del techo. Inés miraba cada detalle con los ojos muy abiertos. En la segunda sala, una vitrina con instrumentos científicos antiguos captó su atención: astrolabios, compases, una esfera armilar de bronce. Se acercó tanto que su aliento empañó el cristal.
—Inés, no te separes —le advirtió Clara, tirándole de la manga.
Pero Inés había notado algo. Detrás de la vitrina, en la pared de piedra, había una marca. Parecía un símbolo grabado: un engranaje con una estrella de seis puntas en el centro. Miró alrededor. Nadie más lo había visto. El grupo avanzaba hacia la siguiente sala.
—Omar, Clara, venid un momento —susurró.
Omar se acercó con curiosidad y Clara con cautela. Inés señaló el símbolo.
—Eso parece un grabado decorativo —dijo Clara, ajustándose las gafas—. Pero no encaja con el estilo mudéjar del edificio. Es más moderno, quizá del siglo XVIII o XIX.
Omar sacó su teléfono móvil y lo enfocó.
—Tiene profundidad. No es solo un relieve, hay algo detrás.
Inés, sin pensarlo dos veces, presionó el centro de la estrella. Hubo un clic suave, casi imperceptible, y una sección de la pared se desplazó hacia dentro unos centímetros, revelando una abertura estrecha.
—¿Acabas de abrir un pasadizo secreto en un museo? —Omar abrió mucho los ojos—. Esto es increíble.
—Esto es ilegal —matizó Clara.
—No es ilegal si no rompemos nada —replicó Inés, ya deslizándose por la abertura.
El pasadizo era estrecho y olía a piedra húmeda y a tiempo. La luz del teléfono de Omar iluminó paredes de sillería cubiertas de telarañas. Avanzaron unos diez metros hasta llegar a una pequeña cámara circular. En el centro había un pedestal de madera oscura, y sobre él, un objeto envuelto en tela encerada.
Inés lo desenvolvió con cuidado. Era un cuaderno grueso, encuadernado en cuero marrón oscuro, con el mismo símbolo del engranaje y la estrella grabado en la portada. Las páginas eran de un papel grueso, amarillento, y estaban cubiertas de dibujos técnicos, fórmulas, textos en caligrafía antigua y lo que parecían acertijos.
—Es un códice —susurró Clara, casi sin aliento—. Un cuaderno manuscrito. Mira las fechas: la primera entrada es de 1590 y la última… de 1936.
—Más de trescientos años de notas —dijo Omar, fascinado—. ¿Quién lo escribió?
Clara pasó las páginas con delicadeza. En la primera hoja, una inscripción rezaba: «Hermandad del Engranaje y la Estrella. Este códice pertenece a quienes buscan el conocimiento para el bien de todos. Cada invento aquí descrito nació de la curiosidad y la perseverancia. Que quien lo encuentre siga nuestros pasos.»
—Una sociedad secreta de inventores —Inés sintió un escalofrío de emoción—. Inventores españoles.
Omar señaló un plano detallado en la tercera página.
—Esto parece un diseño de… ¿un submarino? Mira, tiene hélices, tanques de lastre, un periscopio.
—Isaac Peral —dijo Clara de inmediato—. Construyó el primer submarino torpedero funcional en 1888. Era de Cartagena.
—Hay un acertijo debajo del plano —observó Inés. Leyó en voz alta—: «Para hallar la siguiente pieza del saber, busca donde el ingenio navegó bajo las aguas. El número de su patente es la clave.»
Se miraron los tres. Aquello no era solo un objeto de museo: era un mapa del tesoro, una búsqueda que alguien había dejado preparada para quien tuviera la curiosidad de encontrar el códice.
Un ruido les sobresaltó. Pasos en el pasadizo. Inés cerró el códice y lo apretó contra su pecho. Omar apagó la linterna del teléfono. En la oscuridad, oyeron una respiración pesada y luego una voz grave que murmuraba algo ininteligible. Los pasos se detuvieron, y después se alejaron lentamente.
—Alguien más sabe que esto existe —susurró Clara.
Salieron del pasadizo con el corazón acelerado. La pared se cerró tras ellos con el mismo clic discreto. Se reunieron con el grupo justo cuando la guía explicaba un cuadro del Greco. La profesora Díaz les lanzó una mirada severa, pero no dijo nada.
Durante el resto de la visita, Inés no pudo pensar en otra cosa. Llevaba el códice escondido en la mochila y sentía su peso como una promesa. Omar buscaba en su teléfono todo lo que podía encontrar sobre Isaac Peral. Clara repasaba mentalmente cada página que había visto, almacenándolas en su memoria fotográfica.
En el autobús de vuelta, se sentaron juntos en la última fila.
—Tenemos que seguir las pistas —dijo Inés con determinación—. Quien dejó este códice quería que alguien lo descubriera.
—Y alguien más lo está buscando —recordó Omar—. Esos pasos en el pasadizo…
—Puede ser peligroso —dijo Clara, pero sus ojos brillaban detrás de las gafas.
Inés abrió el códice por la página del submarino de Peral.
—Primera pista: Cartagena. El submarino de Isaac Peral. Tenemos que averiguar el número de su patente.
—Yo puedo investigar eso —dijo Omar, ya tecleando.
—Y yo puedo descifrar la caligrafía antigua —añadió Clara—. Algunas páginas están escritas en un código que mezcla castellano antiguo con símbolos.
Inés miró por la ventanilla del autobús. Toledo se alejaba entre colinas doradas por el atardecer. Sintió que algo extraordinario acababa de comenzar. Tres amigos, un códice de más de trescientos años y una sociedad secreta de inventores. La aventura de sus vidas estaba a punto de empezar.
