El viento del amanecer arrastraba consigo el aroma dulce de la resina dorada cuando Elara abrió los ojos. Desde su hamaca, tejida entre dos ramas bajas de un roble centenario, podía ver cómo las primeras luces del sol teñían de naranja las copas de los árboles del Bosque de Aldwen. Tenía catorce años, el cabello castaño trenzado con hilos de hiedra seca y los ojos del color del ámbar líquido, herencia de su madre. Pero lo que la hacía diferente de cualquier otra chica de la tribu de los Susurrantes no se veía a simple vista: Elara podía escuchar las voces de los árboles.
No eran palabras exactamente, sino sensaciones que llegaban como oleadas de calor o frío, como melodías sin notas o imágenes que aparecían tras sus párpados cerrados. Aquella mañana, sin embargo, las voces eran distintas. Había un temblor en ellas, una vibración grave y dolorosa, como el gemido de una criatura herida. Elara se incorporó de golpe en la hamaca y casi perdió el equilibrio.
—Otra vez con tus árboles parlanchines, ¿eh? —La voz burlona de su primo Darren llegó desde abajo. Estaba sentado junto a la hoguera apagada, afilando la punta de una flecha con una piedra gris—. Un día de estos vas a caerte de la hamaca y te vas a romper la crisma por escuchar cosas que no existen.
—Existen —respondió Elara con firmeza, bajando por la escalera de cuerda—. Solo que tú no tienes la paciencia para oírlas.
La tribu de los Susurrantes era una de las últimas comunidades nómadas de Aethermoor. Viajaban por los bosques y praderas del reino siguiendo las estaciones y los ciclos de las Raíces del Mundo, los árboles gigantescos cuyas copas rozaban las nubes y cuyas raíces, según las leyendas, se hundían hasta el corazón mismo de la tierra. Había siete Raíces del Mundo repartidas por todo Aethermoor, y la tribu de Elara se encargaba de cuidar la más cercana: el Árbol Anciano de Aldwen, un coloso de corteza plateada y hojas que brillaban con luz propia durante las noches sin luna.
Elara desayunó en silencio junto al fuego mientras observaba al resto del campamento despertar. Las tiendas de cuero y tela se abrían una tras otra, y los miembros de la tribu comenzaban sus rutinas matutinas: recoger agua del arroyo, revisar las trampas para conejos, remendar ropa. La abuela Thessia, la chamana más anciana, estaba sentada sobre una roca plana con los ojos cerrados y las manos extendidas hacia el suelo, como si intentara sentir algo a través de la tierra.
—Abuela —dijo Elara acercándose—, esta mañana los árboles suenan diferente. Hay algo que les duele.
Thessia abrió un ojo. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, pero sus ojos negros conservaban una agudeza que desmentía sus ochenta y tres años.
—Lo sé, pequeña. Lo he sentido en las raíces. Algo se mueve bajo la tierra, algo que no debería estar despierto. —Hizo una pausa y miró hacia el este, donde el Árbol Anciano se alzaba como una montaña de madera viva—. Ve al Árbol Anciano, Elara. Creo que quiere hablar contigo.
Elara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana. Había visitado el Árbol Anciano cientos de veces, pero nunca había recibido una convocatoria directa. Con el corazón latiéndole con fuerza, recogió su mochila de cuero, llenó su cantimplora y emprendió el camino a través del bosque.
El sendero hacia el Árbol Anciano era un túnel natural de ramas entrelazadas que filtraban la luz del sol en haces dorados. A medida que Elara avanzaba, notaba cómo el aire se volvía más denso, más cargado de energía. Los árboles ordinarios que flanqueaban el camino parecían inclinarse hacia ella, como si intentaran transmitirle un mensaje urgente. Las hojas temblaban sin viento, y la corteza de algunos troncos mostraba vetas oscuras que Elara no recordaba haber visto antes. Manchas negras, como venas enfermas, que reptaban por la madera.
Cuando llegó al claro donde se alzaba el Árbol Anciano, Elara contuvo la respiración. El coloso seguía siendo magnífico: su tronco tenía el diámetro de una plaza de mercado, y sus ramas más bajas estaban a la altura de una torre de vigilancia. Pero algo había cambiado. La corteza plateada mostraba grietas oscuras por las que rezumaba una savia negra y espesa. Varias ramas de la copa habían perdido sus hojas luminosas, y en su lugar colgaban ramilletes secos y quebradizos.
—Oh, no —susurró Elara, llevándose las manos a la boca.
Entonces lo sintió. Una voz que no era voz, un pensamiento que no era suyo, una presencia inmensa y antigua que llenó su mente como el agua llena un cuenco. El Árbol Anciano le hablaba, y por primera vez, las palabras eran claras.
«Elara de los Susurrantes, hija del viento y la raíz. Escucha. El tiempo se agota.»
Elara cayó de rodillas, no por el peso de la voz, sino por la emoción pura que la acompañaba: tristeza, urgencia, esperanza frágil como una hoja de otoño.
«Los Tejedores de Sombras han despertado. Se alimentan de nuestra esencia, corrompen nuestras raíces, envenenan la tierra. Tres de mis hermanos ya han caído. Los demás caeremos pronto si no se actúa.»
Imágenes inundaron la mente de Elara: árboles gigantescos marchitándose, bosques enteros volviéndose ceniza gris, criaturas huyendo de tierras muertas. Y entre las sombras, figuras encapuchadas con los ojos brillando en un violeta enfermizo, levantando las manos mientras hilos de oscuridad salían de la tierra y se envolvían alrededor de los troncos moribundos.
«Existen tres Semillas Perdidas, plantadas por los Primeros Árboles al comienzo del mundo y escondidas para un momento como este. Una duerme bajo las arenas del Desierto de Khar. Otra yace en las Cavernas Sumergidas del Mar Interior. La tercera espera en la Cumbre Helada del Monte Velaris. Debes encontrarlas y replantarlas antes del Solsticio de Invierno, cuando la última luz del año toque la tierra. Solo así podremos renacer.»
—¿Por qué yo? —preguntó Elara con la voz temblorosa—. Solo soy una chica de la tribu. No soy guerrera, ni maga, ni…
«Porque tú nos escuchas, Elara. En todo Aethermoor, eres la única que puede oír nuestra voz con claridad. Eso no es casualidad. Es un don, y es una responsabilidad.»
El Árbol Anciano le mostró entonces una última imagen: una semilla dorada del tamaño de un puño, latiendo con una luz suave como un corazón diminuto. Era hermosa y estaba llena de vida, de potencial, de futuro.
«No irás sola. El camino pondrá compañeros a tu lado. Confía en ellos, incluso cuando la confianza sea difícil.»
La presencia del Árbol se retiró lentamente, como una marea, dejando a Elara arrodillada en el claro con lágrimas corriendo por sus mejillas. Se quedó allí un largo rato, procesando lo que había ocurrido, antes de levantarse con determinación renovada.
Cuando regresó al campamento y contó lo sucedido, la abuela Thessia asintió con gravedad. Algunos miembros de la tribu la miraron con escepticismo, pero la chamana los silenció con un gesto.
—Preparad provisiones para Elara. Sale mañana al amanecer.
Aquella noche, mientras empacaba, Elara escuchó un ruido entre los arbustos del perímetro del campamento. Se acercó con cautela, una mano en su cuchillo de hueso, y descubrió a un joven de unos dieciséis años atrapado en una de las trampas de lazo de la tribu. Tenía el pelo negro revuelto, la ropa remendada con parches de al menos cinco telas diferentes y una sonrisa descarada que no parecía apropiada para alguien colgado boca abajo de un tobillo.
—Hola —dijo el chico con total naturalidad—. ¿Te importaría bajarme? La sangre se me está acumulando en la cabeza y tengo ideas bastante malas cuando eso pasa.
—¿Quién eres? —preguntó Elara, sin bajar el cuchillo.
—Me llamo Kael. Vengo de Sorvenna, la capital. Bueno, técnicamente huyo de Sorvenna, pero eso es una cuestión de perspectiva.
Kael era delgado pero fibroso, con manos ágiles y ojos grises que se movían constantemente, evaluando todo a su alrededor. Cuando Elara lo bajó del lazo —después de asegurarse de que no llevaba armas peligrosas, solo un par de dagas pequeñas y un juego de ganzúas—, él se frotó el tobillo y le contó su historia a toda velocidad.
Había crecido en los barrios bajos de Sorvenna, robando para sobrevivir desde los nueve años. Pero hacía un mes, había intentado robar en la torre de un mago llamado Varek, uno de los Tejedores de Sombras, y había visto cosas que le habían helado la sangre: frascos llenos de savia negra, mapas con las ubicaciones de las Raíces del Mundo marcadas con cruces rojas, y un pergamino que detallaba un ritual para drenar toda la magia de los árboles de una sola vez.
—Robé el pergamino —dijo Kael, sacando un rollo de papel ennegrecido de su chaqueta—. Pensé que alguien debería saber lo que están planeando. He estado huyendo de los hombres de Varek desde entonces.
Elara estudió el pergamino con el ceño fruncido. No podía leer las runas arcanas, pero reconocía los dibujos de las Raíces del Mundo. Aquello confirmaba todo lo que el Árbol Anciano le había mostrado.
—Vienes conmigo —decidió Elara.
—¿Perdona?
—Mañana salgo en una misión para salvar las Raíces del Mundo. Tú tienes información sobre los Tejedores de Sombras. Nos necesitamos mutuamente.
Kael la miró durante un largo momento, como si calculara los riesgos y las probabilidades. Luego sonrió, esa sonrisa torcida que Elara aprendería a reconocer como su expresión de «esto es una idea terrible, así que por supuesto que me apunto».
—Está bien, chica del bosque. Pero que conste que nunca he salvado el mundo antes. Mi experiencia se limita a robar pasteles y huir de guardias.
Antes de que pudieran retirarse a dormir, un destello anaranjado brilló entre los helechos. Elara se giró a tiempo de ver a un zorro del tamaño de un perro grande salir de la maleza. Pero no era un zorro ordinario: su pelaje era de un naranja incandescente, como brasas vivas, y sus ojos tenían un brillo de inteligencia que ningún animal normal poseía. Mientras lo observaban boquiabiertos, el zorro se sacudió, y su cuerpo se transformó en un parpadeo: donde antes había un zorro, ahora había un gato atigrado que se lamía una pata con absoluta indiferencia.
—Oh, no os asustéis por mí —dijo el gato con voz melodiosa y ligeramente burlona—. Me llamo Nim. Soy un espíritu del bosque, un cambiante si preferís las etiquetas formales. Y antes de que preguntéis, sí, puedo hablar, sí, puedo cambiar de forma, y no, no tengo intención de explicar cómo funciona porque es terriblemente aburrido.
Kael y Elara intercambiaron una mirada de incredulidad.
—El Árbol Anciano me envía —continuó Nim, transformándose ahora en un arrendajo azul que revoloteó hasta posarse en el hombro de Elara—. Seré vuestro guía. Conozco los caminos antiguos, los atajos olvidados y, lo más importante, sé dónde sirven la mejor comida entre aquí y el Monte Velaris.
A pesar de la gravedad de la situación, Elara no pudo evitar una sonrisa. Algo en la presencia de Nim aligeraba el peso de la misión, como si el espíritu emitiera un aura de calma disfrazada de humor.
Aquella noche, Elara apenas durmió. Se quedó mirando las estrellas a través del dosel de hojas, con Nim acurrucado en forma de zorro a sus pies y Kael roncando suavemente al otro lado de la hoguera. Mañana comenzaría el viaje más importante de su vida, y aunque el miedo le apretaba el pecho como un puño invisible, una pequeña llama de determinación ardía con más fuerza.
El Árbol Anciano le había dicho que no estaría sola, y ya tenía dos compañeros. ¿Quién más pondría el camino a su lado? Mientras el sueño finalmente la vencía, las voces de los árboles la arrullaron con una melodía triste pero esperanzada, como una canción de cuna para el fin del mundo.
