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Guardianes del río Esmeralda Capítulo 1: El río que perdió su voz
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Río Valdés se despertó aquella mañana de junio con una sensación extraña en el estómago, como si algo en el mundo hubiese cambiado mientras dormía. Apartó las sábanas de un manotazo y se asomó a la ventana de su habitación, desde donde podía ver el río Esmeralda serpenteando entre los prados verdes de Villanueva del Esmeralda, un pueblo pequeño encajado entre montañas en el corazón de Asturias. El río brillaba bajo el sol temprano, pero algo no estaba bien. Río entrecerró los ojos. ¿Era imaginación suya o el agua tenía un color diferente?

Tenía doce años, el pelo castaño siempre revuelto y unos ojos grandes de color avellana que no se perdían ni un detalle. Era delgado, más bien bajito para su edad, y tan callado que algunos compañeros de clase se olvidaban de que estaba ahí. Pero Río observaba. Siempre observaba. Conocía cada piedra del río, cada rincón donde los truchas se escondían, cada pájaro que anidaba en los sauces de la orilla. Su abuelo Mateo, que había sido pescador toda su vida, le había enseñado a leer el río como si fuese un libro abierto.

—El Esmeralda habla, chaval —le decía el abuelo desde su silla junto a la chimenea—. Solo hay que saber escuchar.

Río bajó las escaleras de dos en dos y salió al jardín. Su madre, Elena, regaba las hortensias junto a la puerta.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó sin levantar la vista.

—Al río. Quiero comprobar una cosa.

Elena sonrió. Su hijo siempre iba al río. Lo habían llamado así precisamente por eso: porque el día que nació, el Esmeralda llevaba el caudal más cristalino que nadie recordaba, como si celebrase la llegada del niño.

Río corrió por el sendero de tierra que bajaba hasta la orilla. El aire olía a hierba mojada y a algo más, algo químico que le picó en la nariz. Se detuvo en seco al llegar al remanso donde siempre pescaba con su abuelo. El agua, normalmente transparente como el cristal, tenía un tono verdoso amarillento. Y no había ni un solo pez a la vista.

—¿Qué demonios…? —murmuró.

—¡Eh, tú! ¡El del río!

Río se giró. Una chica de su edad bajaba por la ladera con paso decidido. Tenía la piel de color chocolate oscuro, el pelo recogido en trenzas decoradas con cuentas de colores y unos ojos negros que brillaban con una mezcla de curiosidad e indignación. Llevaba una camiseta verde con el lema «El planeta no es un vertedero» y unas botas de agua que le quedaban dos tallas grandes.

—Me llamo Amara —dijo plantándose delante de él—. Amara Diop. Nos mudamos aquí hace tres meses desde Gijón. Bueno, antes de Gijón vivíamos en Dakar, pero eso fue cuando era pequeña. ¿Tú eres Río, verdad? He oído hablar de ti. Dicen que conoces el río mejor que nadie.

Río parpadeó, abrumado por la avalancha de palabras. Amara hablaba como un torrente, rápido y sin pausas, gesticulando con las manos para enfatizar cada frase.

—Sí —fue todo lo que consiguió decir.

—Pues mira esto. —Amara señaló el agua—. Ayer pasé por aquí y ya estaba raro, pero hoy es peor. ¿Ves esa espuma? No es normal. Mi padre es biólogo marino y me ha enseñado a reconocer la contaminación. Esto tiene toda la pinta de vertidos químicos.

Río asintió lentamente. Él había llegado a la misma conclusión, pero no habría sabido expresarla tan claramente.

—Las truchas han desaparecido —dijo en voz baja—. Y los martines pescadores. Llevaba tres días sin ver ninguno.

Amara frunció el ceño.

—Esto es grave. Tenemos que investigar.

Antes de que Río pudiera responder, un ruido de ramas rotas les hizo volverse. Un chico rubio, alto y robusto, con ropa de marca y zapatillas que costaban más que todo el armario de Río junto, apareció entre los arbustos con cara de fastidio.

—¿Qué hacéis aquí? Este camino es privado —soltó con arrogancia.

—No, no lo es —replicó Amara cruzándose de brazos—. Es un camino público. Lo he comprobado.

El chico resopló. Era Tomás Herrero, el hijo del alcalde. Río lo conocía del colegio, aunque nunca habían hablado más de dos frases seguidas. Tomás era de los que siempre iban con el último móvil, las mejores zapatillas y una actitud de superioridad que alejaba a medio mundo.

—Mi padre dice que este terreno de la orilla va a ser parte de un proyecto de desarrollo —dijo Tomás—. Así que pronto ya no podréis venir aquí a hacer el bichito.

—¿Proyecto de desarrollo? —Amara alzó una ceja—. ¿Mientras el río se muere? Mira el agua, genio. Está contaminada.

Tomás miró el agua por primera vez y frunció la nariz.

—Huele fatal —admitió—. Pero eso no es asunto mío.

—Es asunto de todos —dijo Río, sorprendiéndose a sí mismo al hablar tan alto—. Este río da de beber al pueblo. Riega los prados. Si se muere, Villanueva se muere con él.

Tomás se quedó callado un momento, como si la idea nunca se le hubiera pasado por la cabeza. Luego se encogió de hombros.

—Bueno, pues avisad al ayuntamiento o algo. A mí me da igual.

Y se marchó por donde había venido, dejando a Río y Amara mirándose con determinación.

—No nos va a ayudar —dijo Río.

—Ya lo veremos —respondió Amara con una sonrisa enigmática—. La gente cambia cuando le importa algo de verdad. Solo hay que encontrar qué le importa.

Aquella tarde, Río visitó a su abuelo Mateo. El anciano vivía solo en una casita de piedra junto al puente viejo. Cuando Río le contó lo del agua y los peces, el abuelo se quedó muy serio.

—Hace cuarenta años pasó algo parecido —dijo con voz grave—. Una curtidora vertía sus porquerías al río. Los peces murieron, la gente enfermó. Tardamos cinco años en recuperar el Esmeralda. Cinco años, Río. Y la mitad de las especies nunca volvieron.

Río sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué hicisteis entonces?

—Lo que hay que hacer siempre: buscar la verdad, reunir pruebas y no callarse. —El abuelo le puso una mano en el hombro—. Pero ten cuidado, chaval. A los que contaminan no les gusta que les descubran.

De vuelta a casa, Río encontró un mensaje de Amara en el buzón. Había dejado una nota escrita a mano con letra apretada: «Mañana a las 8 en el puente viejo. Traemos cuaderno y botas. Vamos a seguir el río hasta encontrar de dónde viene la porquería. ¿Te apuntas?». Debajo había dibujado una lupa con alas.

Río sonrió por primera vez en todo el día. Cogió un bolígrafo y escribió en el reverso de la nota una sola palabra: «Sí».

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