Lila vivía en un pueblo muy pequeño llamado Villa Esperanza. Su casa estaba al final de un camino de tierra, justo donde empezaban los árboles grandes. Tenía siete años, el pelo negro como la noche y unos ojos marrones que siempre brillaban con curiosidad.
Cada tarde, después de hacer sus deberes, Lila salía al jardín a observar los insectos. Le gustaba ver cómo las hormigas cargaban hojas, cómo las abejas visitaban las flores y cómo las arañas tejían sus telas. Su abuela Elena siempre le decía:
—Lila, tienes ojos de exploradora. Algún día descubrirás algo maravilloso.
La abuela Elena era una mujer pequeña con el pelo blanco como la nieve. Siempre llevaba un delantal de flores y olía a galletas recién hechas. Conocía muchas historias antiguas sobre el bosque que crecía detrás del pueblo, pero nunca dejaba que Lila fuera sola hasta allí.
—El bosque guarda secretos, pequeña —le decía con voz suave—. Y los secretos solo se revelan cuando estás preparada.
Una tarde de primavera, mientras Lila regaba las margaritas del jardín, algo brillante pasó volando frente a sus ojos. Era una mariposa, pero no una mariposa normal. Sus alas eran de color dorado puro y dejaban un rastro de puntitos luminosos en el aire, como pequeñas estrellas.
—¡Oh! —exclamó Lila, dejando caer la regadera—. ¡Nunca he visto una mariposa así!
La mariposa dorada voló en círculos alrededor de su cabeza, como si quisiera llamar su atención. Después se alejó despacio hacia el camino que llevaba al bosque. Lila miró hacia la casa. La abuela estaba dentro preparando la cena. El sol todavía estaba alto en el cielo.
—Solo voy a seguirla un poquito —se dijo a sí misma.
La mariposa volaba justo lo suficientemente rápido para que Lila pudiera seguirla sin correr. Pasaron el viejo roble donde anidaban los pájaros. Pasaron la roca grande con forma de tortuga. Y de pronto, Lila se encontró entre los árboles del bosque.
El bosque era diferente a como lo imaginaba. Los árboles eran altísimos y sus ramas se juntaban arriba formando un techo verde. La luz del sol entraba en rayos dorados entre las hojas. El suelo estaba cubierto de musgo suave y había flores de colores que Lila nunca había visto en ningún libro.
—Esto es precioso —susurró.
La mariposa dorada se posó en una rama baja y cerró sus alas. Lila se acercó despacio con la mano extendida. Pero antes de que pudiera tocarla, algo increíble ocurrió.
Una lucecita verde apareció flotando frente a ella. Luego otra azul. Y otra amarilla. En pocos segundos, docenas de luciérnagas salieron de entre las hojas y las flores. Pero estas luciérnagas eran especiales. Eran más grandes que las normales y cada una brillaba con un color diferente.
La luciérnaga verde, que era la más grande de todas, se acercó a la cara de Lila. Tenía unos ojitos negros muy expresivos y sus alas parecían hechas de cristal.
—Bienvenida, Lila —dijo la luciérnaga con una voz clara y melodiosa—. Te hemos estado esperando.
Lila abrió la boca pero no pudo hablar. ¡Una luciérnaga le estaba hablando! Parpadeó varias veces para asegurarse de que no estaba soñando.
—No tengas miedo —continuó la luciérnaga verde—. Mi nombre es Destello. Soy la guardiana del secreto de las plantas.
Otra luciérnaga, esta de color azul intenso, se acercó volando con gracia.
—Yo soy Brisa —dijo con una voz suave como el viento—. Yo guardo el secreto del agua.
Una tercera luciérnaga, de un amarillo brillante como el sol, dio una voltereta en el aire antes de presentarse.
—¡Y yo soy Chispa! —exclamó con mucha energía—. ¡Yo protejo el secreto de la luz!
Lila por fin encontró su voz.
—¿Pueden hablar? ¿De verdad pueden hablar?
—Todas las luciérnagas de este bosque pueden hablar —explicó Destello—. Pero solo las personas con un corazón curioso y bueno pueden escucharnos.
Lila sonrió. Su abuela tenía razón. El bosque guardaba secretos maravillosos.
—¿Por qué me esperaban? —preguntó.
Las tres luciérnagas se miraron entre sí. Sus luces parpadearon con preocupación.
—Porque el bosque necesita tu ayuda —dijo Destello con voz seria—. Una oscuridad extraña está llegando desde el norte. Apaga nuestra luz y silencia nuestras voces. Si no la detenemos, todo el bosque morirá.
Lila sintió un nudo en el estómago. Miró a su alrededor. El bosque era tan hermoso, tan lleno de vida. No podía imaginar que algo malo le pasara.
—¿Qué puedo hacer yo? —preguntó—. Solo soy una niña.
—Eres mucho más que eso —respondió Brisa—. Para salvar el bosque, necesitas aprender nuestros secretos. Cada luciérnaga te enseñará algo importante sobre la naturaleza. Cuando hayas aprendido todo, tendrás el poder de enfrentar la oscuridad.
Chispa voló en círculos alrededor de Lila, dejando un rastro de luz dorada.
—¡Será una gran aventura! —dijo la luciérnaga amarilla—. ¡Y empieza mañana!
Lila asintió con decisión. No entendía del todo lo que pasaba, pero sabía una cosa: iba a ayudar a sus nuevas amigas.
La mariposa dorada abrió sus alas y emprendió el vuelo de regreso. Lila la siguió, corriendo entre los árboles con el corazón lleno de emoción. Cuando llegó a casa, la abuela Elena la esperaba en la puerta.
—¿Dónde estabas, pequeña? —preguntó.
Lila sonrió con un brillo especial en los ojos.
—Descubriendo algo maravilloso, abuela. Justo como tú dijiste.
