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El misterio del laboratorio abandonado Capítulo 1: La puerta detrás de la estantería
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El Colegio Mendeleiev era uno de esos edificios antiguos que parecían guardar secretos en cada esquina. Tenía pasillos largos con baldosas que crujían, ventanas altas con cristales emplomados y un sótano enorme que nadie visitaba jamás. Los profesores decían que allí solo había trastos viejos y cajas con exámenes de hace décadas, pero los alumnos preferían inventar historias de fantasmas y pasadizos secretos.

Nora Castellanos no creía en fantasmas. A sus diez años, Nora creía en la ciencia, en los experimentos y en las explicaciones lógicas. Era una niña delgada, con el pelo castaño siempre recogido en una coleta despeinada y unas gafas redondas que le resbalaban constantemente por la nariz. Llevaba una libreta en el bolsillo de la bata del laboratorio escolar donde apuntaba todo lo que le parecía interesante, que era prácticamente todo. Sus compañeros la conocían como «la preguntona» porque siempre levantaba la mano en clase para hacer preguntas que ni los profesores sabían responder.

Pablo Herrera, en cambio, prefería no hacer preguntas cuya respuesta pudiera meterle en problemas. Pablo era el más alto de los tres amigos, con el pelo rubio cortado al estilo militar porque su madre decía que así se peinaba más rápido por las mañanas. Tenía los ojos verdes y una expresión permanente de cautela, como si estuviera evaluando constantemente los riesgos de cada situación. Era organizado, prudente y siempre llevaba un botiquín pequeño en la mochila, junto con una linterna, un silbato y un mapa del colegio que él mismo había dibujado. Sus amigos bromeaban diciendo que Pablo estaba preparado para el fin del mundo.

Y luego estaba Zara Molina, que era exactamente lo opuesto a Pablo en cuanto a prudencia. Zara era valiente hasta la temeridad, con una melena rizada de color negro azabache que parecía tener vida propia y unos ojos oscuros que brillaban con picardía. Era la artista del grupo: siempre tenía manchas de pintura en los dedos, llevaba pulseras de hilo de colores que ella misma trenzaba y decoraba sus cuadernos con dibujos tan detallados que los profesores a veces se olvidaban de corregir los ejercicios por quedarse admirando los márgenes. Zara tenía una regla de oro: «Si hay una puerta cerrada, hay que abrirla».

Todo comenzó un viernes por la tarde, durante el recreo. Pablo había lanzado el balón con demasiada fuerza durante un partido y la pelota había rebotado escaleras abajo, perdiéndose en la oscuridad del sótano. Los tres amigos se miraron. Nadie quería bajar solo.

—Vamos juntos —dijo Nora, sacando la linterna que le había pedido prestada a Pablo—. Será rápido.

—No me gusta nada esto —murmuró Pablo, pero los siguió igualmente, porque así era Pablo: protestaba, pero nunca dejaba solos a sus amigos.

El sótano olía a humedad y a papel viejo. Las paredes eran de piedra gris y el techo era tan bajo que Pablo casi podía tocarlo con la mano. Había estanterías metálicas a ambos lados, cargadas de cajas polvorientas, sillas rotas y material escolar de otra época.

Encontraron el balón junto a una estantería especialmente grande, empotrada contra la pared del fondo. Zara se agachó para recogerlo y, al incorporarse, su codo golpeó uno de los estantes. La estructura entera tembló y un libro grueso cayó al suelo con un golpe seco.

—Cuidado —advirtió Pablo.

Pero Nora no estaba mirando el libro. Estaba mirando la pared detrás de la estantería, donde el impacto había desprendido una capa de pintura vieja revelando algo inesperado: una cerradura.

—Hay una puerta aquí —susurró Nora, con el corazón latiéndole a toda velocidad.

Entre los tres empujaron la estantería hacia un lado, arrastrándola centímetro a centímetro sobre el suelo de cemento. Detrás apareció una puerta de metal pintada de verde oscuro, con la pintura descascarillada y un cartel que decía «LABORATORIO — ACCESO RESTRINGIDO» en letras rojas medio borradas.

Zara probó el picaporte. La puerta se abrió con un chirrido largo y quejumbroso, como si llevara décadas esperando que alguien la encontrara.

Lo que había al otro lado les dejó sin palabras. Era una habitación grande, del tamaño de dos aulas juntas, con mesas de trabajo cubiertas de instrumentos científicos: matraces, probetas, microscopios, mecheros Bunsen y aparatos que ninguno de los tres reconoció. En las paredes había pizarras llenas de fórmulas escritas con tiza, estanterías con frascos que contenían líquidos de colores imposibles —azul eléctrico, verde fluorescente, rojo rubí— y mapas del pueblo con marcas y anotaciones.

En el centro de la mesa principal había un cuaderno de tapas negras, grueso como un diccionario, con una etiqueta adhesiva que decía: «Diario de investigación — Dra. Elena Ríos».

—¿Quién es la doctora Elena Ríos? —preguntó Pablo, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.

Nora abrió el cuaderno con cuidado. La primera página tenía una fecha: 15 de septiembre de 1994. Y debajo, una frase escrita con letra apretada y decidida: «Hoy comienzo el proyecto que cambiará la vida de este pueblo para siempre».

—No sé quién era —dijo Nora, pasando las páginas con reverencia—, pero creo que acabamos de encontrar algo muy importante.

Zara sacó su móvil y empezó a hacer fotos de todo. Pablo, fiel a su naturaleza, comprobó que había otra salida y que la puerta no podía cerrarse desde dentro dejándolos atrapados. Y Nora se sentó en la silla de la doctora Ríos, abrió su propia libreta y comenzó a tomar notas.

Ninguno de los tres sabía todavía que aquel descubrimiento cambiaría su vida para siempre. Que el misterio de la doctora Elena Ríos los llevaría a una aventura que pondría a prueba su amistad, su valentía y todo lo que creían saber sobre su pueblo. Pero en aquel momento, sentados en un laboratorio olvidado bajo su propio colegio, los tres compartían una misma sensación: la emoción irresistible de estar al borde de algo extraordinario.

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