El coche de papá avanzaba por una carretera llena de árboles. Marco tenía la nariz pegada a la ventanilla. Lucía, su hermana gemela, iba leyendo un cómic al otro lado del asiento trasero.
—¡Ya veo el pueblo! —gritó Marco, señalando un grupo de casas con tejados rojos entre las colinas verdes.
—¡Por fin! —dijo Lucía, cerrando el cómic de golpe—. Llevamos tres horas en el coche. Se me ha dormido el trasero.
Papá se rio desde el asiento delantero.
—Portaos bien con la abuela Rosa. Y nada de comer dulces antes de cenar.
—Lo intentaremos —dijo Marco, guiñándole un ojo a su hermana.
Cuando el coche se detuvo en la plaza del pueblo, una señora bajita y redonda salió corriendo de una tienda con un delantal lleno de harina. Tenía el pelo blanco recogido en un moño y las mejillas rosadas como manzanas.
—¡Mis nietos! —gritó la abuela Rosa, abriendo los brazos como si quisiera abrazar el mundo entero.
Marco y Lucía saltaron del coche y corrieron hacia ella. La abuela olía a canela, a vainilla y a algo que ninguno de los dos sabía nombrar, pero que les hacía sentir que todo iba a estar bien.
—Abuela, ¿has hecho bizcocho? —preguntó Marco, olisqueando el aire como un perrito.
—He hecho algo mejor que bizcocho —dijo la abuela Rosa con una sonrisa misteriosa—. Pero eso lo veréis después de cenar.
Papá se despidió con un beso y el coche desapareció por la carretera. Los gemelos entraron en la panadería. Era un lugar precioso. Las paredes eran de piedra y del techo colgaban ramilletes de hierbas secas. Había estantes llenos de panes de todas las formas: redondos, alargados, con forma de estrella y hasta uno que parecía un dragón.
—Abuela, ese pan parece vivo —dijo Lucía, mirando al dragón de masa.
—Las cosas hechas con cariño siempre parecen vivas —respondió la abuela, guiñando un ojo.
Detrás del mostrador había una puerta que llevaba a la cocina. Era enorme, con un horno de leña que ocupaba media pared y una mesa de madera tan grande que podrían dormir encima. Pero lo que más llamó la atención de los gemelos fue un libro viejo y gordo que estaba sobre un atril, como si fuera algo muy importante.
—¿Qué es ese libro, abuela? —preguntó Marco.
La abuela Rosa se acercó y acarició la tapa del libro con cuidado. Era de cuero marrón, con letras doradas que decían: «Recetas de la familia Romero».
—Este libro lleva en nuestra familia más de cien años —explicó la abuela—. Mi abuela se lo dio a mi madre, mi madre me lo dio a mí, y algún día será vuestro.
—¿Tiene recetas especiales? —preguntó Lucía.
—Muy especiales —dijo la abuela bajando la voz—. Pero eso es un secreto. Primero, a cenar.
Cenaron sopa de estrellas y pan recién hecho con tomate. Después, la abuela trajo una bandeja con tres trozos de bizcocho esponjoso cubiertos de azúcar brillante.
—Este es el bizcocho de las nubes —dijo la abuela—. Comed un trozo y veréis.
Marco mordió el bizcocho. Estaba delicioso, suave como una almohada y dulce como la miel. De pronto, sintió un cosquilleo en la barriga. Sus pies se despegaron del suelo. ¡Estaba flotando!
—¡Estoy volando! —gritó Marco, dando vueltas cerca del techo.
Lucía casi se atraganta de la risa. Luego mordió su trozo y ella también empezó a flotar. Los dos gemelos daban volteretas en el aire mientras la abuela los miraba desde abajo con los brazos cruzados y una gran sonrisa.
—¡Abuela, esto es magia de verdad! —exclamó Lucía.
—Es la magia de la familia Romero —dijo la abuela—. Cada receta de ese libro tiene un poder diferente. Y este verano os voy a enseñar algunas.
Despacio, los gemelos fueron bajando hasta tocar el suelo otra vez. Se miraron con los ojos muy abiertos.
—Este va a ser el mejor verano de nuestras vidas —dijo Marco.
—Sin duda —respondió Lucía.
Lo que no sabían era que alguien los estaba observando desde la ventana. Al otro lado de la plaza, un hombre alto y delgado con un gorro de cocinero torcido apretaba los puños. Se llamaba don Ceferino y era el dueño de la otra panadería del pueblo. Su pan era duro y sus pasteles sabían a cartón. Nadie iba a comprar a su tienda.
—Así que la vieja Rosa tiene recetas mágicas —murmuró don Ceferino, frotándose las manos—. Pronto serán mías.
Y cerró la cortina con un golpe seco.
