DIARIO DE ELENA FUENTES 12 de marzo de 1962
Hoy he vuelto a caminar por la Calle de los Tilos, la que termina en el muro. Mamá me ha dicho mil veces que no vaya por allí, que es zona de vigilancia y que no es lugar para una señorita. Pero hay algo en esa calle que me atrae como un imán. Quizá sea el silencio. En el resto de Monteluz Oeste todo es ruido: los tranvías, los altavoces de Radio Libertad repitiendo las consignas del Consejo Occidental, los coches relucientes de los funcionarios del gobierno. Pero la Calle de los Tilos es distinta. Los árboles crecen tan juntos que sus copas forman un techo verde, y cuando el viento sopla, las hojas susurran algo que casi parece un idioma. Papá dice que los tilos llevan ahí más de cien años, desde antes de la División. Me gusta pensar que sus raíces atraviesan el muro por debajo, que siguen conectadas con los árboles del otro lado, si es que queda alguno.
El muro tiene aquí casi cuatro metros de alto. Es de hormigón gris, manchado de humedad, con alambrada en la parte superior. Los soldados patrullan cada hora, pero entre patrulla y patrulla hay un hueco de veinte minutos. Lo sé porque llevo dos semanas cronometrándolo con el reloj que me regaló la abuela Lucía. Veinte minutos. No sé por qué los cuento. No es que vaya a hacer nada. ¿O sí?
Hoy he descubierto algo. Al final de la Calle de los Tilos, donde el muro hace un quiebre en ángulo recto para bordear la antigua fábrica de cerveza, hay una grieta. No es grande. Tiene el ancho de dos dedos, quizá tres, y se extiende verticalmente durante medio metro. Pero si acerco el ojo, puedo ver a través. Y lo que he visto me ha dejado sin aliento.
Al otro lado hay una calle estrecha, sin asfaltar, con charcos de barro y fachadas desconchadas. Una mujer tendía ropa en un balcón. Ropa remendada, de colores desvaídos. Un gato flaco dormía sobre un cubo de basura volcado. Y en la esquina, sentado en el bordillo con un cuaderno sobre las rodillas, había un chico. Tenía el pelo oscuro, algo largo, y escribía con una concentración feroz, como si las palabras fueran a escapársele si no las atrapaba rápido. No pude verle la cara bien, pero algo en su postura, en la forma en que sujetaba el lápiz como si fuera lo más valioso del mundo, me hizo sentir una punzada extraña en el pecho.
Me he quedado mirando hasta que he oído las botas de la patrulla acercándose y he salido corriendo.
No se lo puedo contar a nadie.
—
CUADERNO DE MATEO RÍOS 12 de marzo de 1962
La abuela Remedios dice que escribir es perder el tiempo, que mejor dedique las tardes a buscar trabajo en el taller del señor Kovac o a hacer cola en la tienda de racionamiento antes de que se acabe el pan negro. Pero yo necesito escribir como necesito respirar. Si no escribo, las palabras se me acumulan dentro del pecho y siento que voy a explotar.
Hoy he escrito sentado en la calle Carbón, la que da al muro. Es el sitio más tranquilo del barrio porque nadie quiere estar cerca del muro. La gente del Este le tiene miedo. Dicen que los soldados del Oeste disparan sin preguntar si ven movimiento sospechoso. Dicen que hay minas enterradas en la franja de tierra de nadie que separa nuestra calle del hormigón. No sé si es verdad o si son historias para que los niños no nos acerquemos. Lo que sí sé es que la calle Carbón está siempre vacía y puedo escribir en paz.
Hoy he escrito sobre mamá. Sobre el día que se fue. Yo tenía nueve años y ella me despertó antes del amanecer, me besó en la frente y me dijo: «Mateo, cuida a la abuela. Voy a buscar un lugar mejor para nosotros. Volveré, te lo prometo». Han pasado cinco años y no ha vuelto. La abuela dice que cruzó por los túneles de contrabando y que seguramente vive en el Oeste con nombre falso. Dice que no puede escribirnos porque interceptan las cartas. Dice que algún día la volveremos a ver. Pero cuando lo dice, sus ojos están vacíos como las estanterías de la tienda de racionamiento después de las diez de la mañana.
A veces me pregunto cómo será el otro lado del muro. En la escuela nos enseñan que el Oeste es un lugar de decadencia y explotación, que la gente vive esclava del consumo y que sus gobernantes son tiranos disfrazados de demócratas. Pero los contrabandistas que pasan mercancía por los túneles cuentan otra cosa. Hablan de tiendas llenas de comida, de calles limpias, de colegios con libros de verdad y no esas hojas ciclostiladas con propaganda que nos dan a nosotros. No sé a quién creer.
Lo único que sé es que al otro lado del muro hay personas. Personas que respiran el mismo aire que yo, que miran el mismo cielo, que quizá también se preguntan qué habrá en este lado. Y eso me parece a la vez lo más obvio y lo más revolucionario del mundo.
—
NARRACIÓN
La ciudad de Monteluz había sido una antes de la División. Una sola ciudad con un río que la atravesaba como una arteria de plata, con plazas donde se mezclaban los acentos de todos los barrios, con un mercado central donde los pescadores del puerto vendían sus capturas junto a los agricultores de la huerta. Pero en 1948, tras la Guerra de las Dos Banderas, las potencias vencedoras habían trazado una línea sobre el mapa con la misma indiferencia con que un cirujano traza la línea de un corte. El río quedó en el Oeste. El puerto, en el Este. Y entre ambos, primero una alambrada, luego una zanja, y finalmente, en 1955, el Muro.
El Muro de Monteluz no era tan famoso como otros muros del mundo, pero para los ciento veinte mil habitantes de la ciudad era la realidad más tangible de sus vidas. Tres metros y medio de hormigón armado, coronado por alambre de espino y vigilado por torres de observación cada quinientos metros. Dividía calles, partía plazas por la mitad, separaba cementerios. Había familias que vivían a doscientos metros unas de otras y que no se habían visto en catorce años.
Elena Fuentes no recordaba Monteluz antes del Muro. Había nacido en 1947, un año antes de la División, y sus primeros recuerdos ya incluían aquella barrera gris como parte natural del paisaje. Su padre, Ernesto Fuentes, era subsecretario del Ministerio de Información del Consejo Occidental, lo que significaba que Elena vivía en una casa grande con jardín en el barrio de Las Acacias, iba al Liceo Femenino Santa Clara e Isabel, y nunca había pasado hambre. Su madre, Pilar, organizaba veladas benéficas para las esposas de los funcionarios y se aseguraba de que Elena vistiera siempre impecable, hablara correctamente y no hiciera preguntas incómodas.
Mateo Ríos, en cambio, recordaba todo. Recordaba a su madre, Lucía, cantándole nanas mientras la abuela Remedios cosía a la luz de una vela porque el suministro eléctrico se cortaba cada noche a las nueve. Recordaba el día que levantaron el Muro definitivo, cómo los obreros trabajaban en silencio, con las caras grises como el hormigón que vertían, y cómo su madre había llorado sin hacer ruido, de pie en la acera, con él en brazos. Recordaba el colegio estatal número 7, donde el retrato del Presidente Molina presidía cada aula y los maestros repetían que el Este era el lado correcto de la historia, el lado del pueblo, el lado de la justicia. Y recordaba el hambre. No el hambre dramática de las fotografías, sino el hambre cotidiana, la que te hace contar las cucharadas de sopa, la que te enseña a masticar despacio para engañar al estómago.
Mateo vivía con su abuela en un piso de dos habitaciones en el tercer piso de un edificio que temblaba cuando pasaba el tranvía. El piso tenía suelos de baldosa rota, paredes descascarilladas y una cocina donde la humedad dibujaba mapas verdes en el techo. La calefacción era una estufa de leña que funcionaba cuando había leña, que no era siempre. El baño era un cuarto diminuto al fondo del pasillo, compartido con los vecinos del mismo piso, donde el agua caliente era un recuerdo del pasado y la fría salía con un color marrón que la abuela atribuía a las cañerías viejas pero que Mateo sospechaba que era óxido puro.
Pero lo que más recordaba Mateo era la biblioteca de su madre. Antes de la División, Lucía Ríos había sido maestra de literatura en el Liceo Municipal. Cuando el nuevo gobierno del Este prohibió los libros no autorizados, ella escondió una caja de cartón llena de novelas, poemarios y ensayos en un hueco detrás de la pared de la cocina. Después de su desaparición, Mateo encontró la caja y desde entonces la había leído entera tres veces. Cervantes, García Lorca, Machado, Neruda, Rosalía de Castro. Aquellos libros prohibidos eran su tesoro y su refugio, y el cuaderno donde escribía, comprado con las monedas que ahorraba ayudando al señor Kovac en el taller de bicicletas, era la extensión natural de aquella biblioteca secreta.
—
DIARIO DE ELENA FUENTES 15 de marzo de 1962
He vuelto a la grieta. Tres días seguidos. Cada vez me quedo más tiempo. Hoy he llevado un espejito pequeño para poder ver mejor el otro lado sin tener que pegar la cara al muro, que está húmedo y huele a musgo.
El chico estaba otra vez. Sentado en el mismo bordillo, con el mismo cuaderno. Hoy sí le he visto la cara. Es delgado, con pómulos marcados y ojos muy oscuros. Tiene esa clase de cara que parece mayor de lo que probablemente es. Escribe y escribe, y de vez en cuando levanta la vista y mira el muro con una expresión que no sé describir. No es odio. No es miedo. Es algo parecido a lo que yo siento cuando miro el cielo en una noche clara: una mezcla de asombro y tristeza ante algo inmenso que no puedo controlar.
He tenido una idea loca. Tan loca que el corazón me late con fuerza solo de pensarla. La grieta es lo bastante ancha para pasar un papel doblado. Un papel pequeño. Una nota. Una carta.
Sé que es peligroso. Si me pillan, papá perdería su puesto. Mamá moriría de vergüenza. A mí podrían llevarme al Centro de Reeducación Cívica, ese sitio del que nadie habla pero todos saben que existe. Pero hay algo más fuerte que el miedo. Es curiosidad, sí, pero también algo más profundo. Es la necesidad de saber que al otro lado del hormigón hay una persona real, con nombre, con historia, con sueños. Que el muro no ha conseguido convertir al otro lado en una abstracción.
Voy a hacerlo. Mañana.
—
CARTA DE ELENA A MATEO 16 de marzo de 1962
A quien encuentre esta carta:
Me llamo Elena. Tengo quince años. Vivo en el lado Oeste de Monteluz. He encontrado una grieta en el muro, en la esquina de lo que aquí llamamos Calle de los Tilos, cerca de la antigua fábrica de cerveza.
No sé quién eres. No sé si encontrarás esto. Quizá nadie lo encuentre y esta carta se pudra bajo la lluvia. Pero necesitaba escribirla. Necesitaba que alguien supiera que hay una chica en este lado del muro que se pregunta cómo es la vida en el tuyo.
En el colegio nos enseñan que vuestro lado es peligroso, que la gente del Este es pobre por culpa de su gobierno y que debemos dar gracias por vivir en libertad. Pero yo me pregunto: ¿qué clase de libertad es la que necesita un muro para protegerse? Si nuestro lado es tan maravilloso, ¿por qué no dejan que la gente vaya y venga?
Si encuentras esta carta y quieres responder, deja tu respuesta en la grieta. Intento venir cada tarde, entre las cinco y las cinco y veinte, cuando las patrullas están cambiando de turno.
No tienes que contestar. Sé que es arriesgado. Pero si lo haces, me gustaría mucho saber cómo te llamas.
Elena
—
CUADERNO DE MATEO RÍOS 16 de marzo de 1962
Ha pasado algo imposible.
Estaba sentado en mi sitio de siempre, en el bordillo de la calle Carbón, escribiendo un poema sobre la lluvia (otro más, la abuela diría que ya tengo suficientes poemas sobre la lluvia para llenar un océano), cuando he visto algo blanco asomando por una grieta en el muro. Al principio he pensado que era basura, un trozo de periódico que el viento había empujado. Pero cuando me he acercado y lo he sacado con cuidado, era un papel doblado. Un papel de verdad, grueso, suave, del que no he tocado nunca. Y dentro, una carta.
Una carta de una chica del otro lado.
Se llama Elena. Tiene quince años. Y hace preguntas que yo creía que solo me hacía yo.
Me he quedado paralizado en la acera, con el papel entre las manos, leyendo y releyendo cada palabra. Su letra es elegante, con las eses alargadas y las mayúsculas adornadas. Una letra de colegio del Oeste, de esos donde tienen pupitres de madera de roble y cuadernos de hojas blancas. Yo escribo en los márgenes de las páginas del periódico oficial, el Amanecer del Pueblo, con un lápiz mordido que me encontré en el suelo del taller.
Y sin embargo, sus preguntas son las mismas que las mías. ¿Qué clase de libertad necesita un muro para protegerse? Eso ha escrito. Una chica del Oeste. Del lado que, según nos dicen, construyó el muro para mantenernos encerrados a nosotros. ¿Y si nos han mentido a todos? ¿Y si el muro no protege a nadie sino que nos atrapa a todos, a los de un lado y a los del otro?
No tengo papel bueno para responder. He buscado por toda la casa y lo único que he encontrado es la etiqueta grande de una lata de conservas que la abuela guardaba para anotar las medidas de sus clientes. He alisado el cartoncillo con cuidado, he afilado mi lápiz con la navaja del abuelo y he escrito mi respuesta.
La he deslizado por la grieta esta noche, a las diez, cuando la calle estaba oscura y los reflectores del muro apuntaban hacia el otro lado. Me he arañado los nudillos contra el hormigón. Me temblaban las manos.
Si esto es un error, es el error más hermoso que he cometido nunca.
—
CARTA DE MATEO A ELENA 16 de marzo de 1962
Elena:
Me llamo Mateo. Tengo catorce años. Vivo en el lado Este, en la calle Carbón, que es como suena: oscura, estrecha y con olor a hollín. Soy el chico del cuaderno. Sí, te he visto mirando por la grieta. No me asusté. Me pareció ver un ojo del color de la miel y pensé que estaba soñando.
Perdona el cartón. No tengo papel. En el Este casi nadie tiene papel que no sea el del periódico oficial, y ese no cuenta porque solo sirve para envolver cosas y para mentir.
Preguntas cómo es la vida aquí. Es así: nos levantamos temprano porque la electricidad funciona de seis a nueve de la mañana y de seis a nueve de la noche. Hacemos cola para el pan, para la leche, para el jabón. Vamos a un colegio donde nos enseñan que el Presidente Molina es el padre de la patria y que el Oeste es el enemigo. Por las tardes, los chicos trabajan y las chicas también, aunque el gobierno dice que no hay trabajo infantil. Yo arreglo bicicletas en el taller del señor Kovac. Él es buena persona. Me paga con comida porque el dinero del Este no vale nada.
Pero no todo es gris. Tengo los libros de mi madre, escondidos en un agujero de la pared. García Lorca, Machado, Neruda. El gobierno los prohibió, pero las palabras son como el agua: siempre encuentran una grieta por donde colarse. Como esta.
Y tengo mi cuaderno. Y ahora tengo tu carta.
Dices que en tu colegio os enseñan que nosotros somos pobres por culpa de nuestro gobierno. En el nuestro nos enseñan que vosotros sois esclavos de vuestro sistema. A lo mejor los dos tienen razón. A lo mejor ninguno la tiene. A lo mejor la verdad está en algún lugar entre los dos lados del muro, en esa franja de tierra de nadie donde dicen que hay minas pero donde probablemente solo hay malas hierbas y gatos callejeros.
Gracias por tu carta, Elena. Has hecho algo muy valiente. Yo también tengo miedo. Pero tengo más curiosidad que miedo, y eso es peligroso y maravilloso a partes iguales.
Mateo
P.D.: Me ha gustado tu pregunta sobre qué clase de libertad necesita un muro. Si algún día la encuentras, la respuesta, dímela. Yo también la estoy buscando.
—
NARRACIÓN
Así empezó. Con una grieta de tres dedos de ancho en un muro de hormigón y dos cartas escritas por dos adolescentes que no sabían que estaban poniendo en marcha algo que no podrían detener.
Elena encontró la respuesta de Mateo al día siguiente, el 17 de marzo, a las cinco y cuarto de la tarde. La sacó de la grieta con dedos temblorosos y la leyó de pie, con la espalda contra el muro, mientras los tilos susurraban sobre su cabeza. Cuando terminó, se dio cuenta de que estaba llorando. No de tristeza, sino de algo que no tenía nombre: una emoción nueva, intensa, que tenía que ver con descubrir que al otro lado del hormigón había alguien que pensaba y sentía y se hacía las mismas preguntas imposibles.
En su habitación, esa noche, con la puerta cerrada con llave y la radio encendida para disimular, Elena escribió la segunda carta. Y luego la tercera. Y la cuarta. Cada carta era más larga que la anterior. Cada carta contenía más preguntas. ¿Cómo es tu abuela? ¿Qué libros tienes? ¿Qué ves desde tu ventana? ¿Tienes amigos? ¿Sueñas en colores? ¿También te despiertas a veces en mitad de la noche con la sensación de que el mundo no debería ser así?
Mateo respondía en todo lo que encontraba: reversos de etiquetas, márgenes de periódicos, trozos de papel de estraza que rescataba de la basura del taller. Su letra era pequeña y apretada, para aprovechar cada milímetro, pero clara. Respondía a cada pregunta y hacía las suyas. ¿Es verdad que en el Oeste hay tiendas con veinte tipos de jabón? ¿Tu padre sabe lo que hacen los soldados en el muro por las noches? ¿Lees poesía? ¿Conoces a Neruda? ¿También sientes a veces que las palabras son lo único que no pueden prohibir?
Las cartas iban y venían por la grieta como latidos de un corazón secreto. Cada día, a las cinco de la tarde Elena, a las diez de la noche Mateo. Dos franjas de tiempo robadas al miedo, al deber, a la normalidad. Dos ventanas abiertas en un muro que pretendía ser impenetrable.
Y la grieta, que no era más que un defecto en el hormigón, una fisura causada por el hielo y el tiempo, se convirtió en lo más importante del mundo para dos personas que aún no sabían cómo cambiaría sus vidas.
—
DIARIO DE ELENA FUENTES 18 de marzo de 1962
He recibido la segunda carta de Mateo. Me ha copiado un poema que escribió él mismo. Se titula «Ventana» y dice:
«Desde mi ventana veo un patio gris y un cielo que parece hecho de plomo. Desde mi ventana escucho al vecino toser y al gato pedir comida a nadie. Pero si cierro los ojos y escucho con las manos, desde mi ventana oigo una grieta que se abre en un muro de tres metros y por ella entra una voz que dice Elena y todo el gris se vuelve posible.»
Lo he leído seis veces. He contado. Seis veces, y cada vez siento algo distinto. La primera vez, asombro. La segunda, ternura. La tercera, una tristeza tan honda que me asustó. La cuarta, admiración. La quinta, envidia, porque yo no sé escribir así, con esa precisión del que no tiene más herramienta que las palabras y las usa como un cirujano usa un bisturí. La sexta vez, algo que no tiene nombre pero que es lo contrario de la soledad.
Mateo tiene catorce años y escribe poemas que me hacen sentir más de lo que he sentido leyendo a Bécquer en clase. Quizá porque Bécquer escribía desde la comodidad de su estudio y Mateo escribe desde el bordillo de una calle sin asfaltar, con un lápiz mordido y un cuaderno rescatado de la basura. Las palabras pesan más cuando las carga alguien que carga con todo lo demás.
—
CUADERNO DE MATEO RÍOS 19 de marzo de 1962
Elena me ha respondido al poema. Dice que le ha gustado. Dice que lo ha leído seis veces. Seis veces. Nunca nadie ha leído algo mío seis veces. En el colegio, el señor Prieto arrugó mi último poema y lo tiró a la papelera. La abuela lee mis poemas con cariño pero con la misma expresión con la que mira la sopa aguada: agradecida pero sin entender del todo.
Pero Elena lee mis palabras como si fueran comida de verdad. Como si cada verso fuera un trozo de pan caliente recién hecho, de ese que huele a hogar y a algo que se parece peligrosamente a la felicidad.
Me ha enviado algo a cambio del poema: una hoja seca de tilo. La ha metido doblada dentro de la carta. Una hoja del árbol bajo el que se sienta cuando viene a la grieta. Es ovalada, de un verde oscuro que se está volviendo marrón por los bordes, y tiene las nervaduras marcadas como un mapa de ríos diminutos. La he olido. Huele a algo fresco, limpio, un olor que aquí en el Este no existe porque el aire huele siempre a carbón, a humo, a esa mezcla de pobreza y resignación que tiene un olor específico que los ricos probablemente no conocen.
La guardo entre las páginas de mi cuaderno, junto a las cartas. Es lo más cerca que he estado nunca de un árbol del Oeste. De su mundo. De ella.
—
Elena empezó a llevar un diario dedicado exclusivamente a su correspondencia con Mateo. Lo escondía dentro de la funda de su almohada, con una cubierta falsa de un libro de oraciones que su madre le había regalado por su primera comunión. En las páginas de aquel diario secreto, Elena no solo copiaba las cartas que enviaba y transcribía las que recibía; también anotaba sus reflexiones, sus miedos, sus descubrimientos.
Porque cada carta de Mateo era un descubrimiento. A través de sus palabras, Elena veía un mundo que existía a trescientos metros de su casa y que sin embargo era tan distinto como otro planeta. Un mundo donde la escasez era la norma, donde la libertad era un lujo que se pagaba con silencio, donde los libros prohibidos se leían en la oscuridad y se memorizaban por si algún día los confiscaban. Pero también un mundo donde la solidaridad entre vecinos era real y no decorativa, donde la abuela Remedios remendaba la ropa de medio barrio sin cobrar, donde el señor Kovac arreglaba bicicletas para los niños que no podían pagar, donde la gente compartía lo poco que tenía con una generosidad que Elena, acostumbrada a la opulencia calculada de las veladas benéficas de su madre, encontraba asombrosa y conmovedora.
Mateo, por su parte, descubría a través de Elena que el Oeste no era el paraíso de propaganda que describían los contrabandistas ni el infierno de explotación que pintaban los maestros del colegio estatal. Era un lugar complicado, lleno de contradicciones. Un lugar donde había abundancia pero también miedo. Donde la gente podía comprar lo que quisiera pero no podía decir lo que pensaba sobre el muro. Donde había libertad de movimiento pero vigilancia constante. Donde el padre de Elena cenaba cada noche en una mesa con mantel blanco y cristalería fina, pero tensaba la mandíbula cada vez que alguien mencionaba el Este y decía con voz cortante: «De eso no se habla en esta casa».
De eso no se habla.
Esa frase perseguía a Elena como una sombra. Se la encontraba en todas partes, ahora que había aprendido a reconocerla. En la cena, cuando alguien mencionaba el racionamiento del Este y papá cambiaba de tema. En el Liceo, cuando una compañera preguntaba por qué no podían visitar el museo del puerto (que estaba en el Este) y la profesora respondía con un silencio elocuente. En las veladas de mamá, donde señoras elegantes hablaban de vestidos y vacaciones mientras al otro lado del muro había niños que cenaban sopa de agua.
De eso no se habla. De la pobreza no se habla. Del muro no se habla. De las familias separadas no se habla. Del sonido de los disparos nocturnos que a veces se oían desde la zona del muro no se habla. De los rumores sobre campos de reeducación no se habla. De nada que pudiera perturbar la superficie pulida de la vida en el Oeste se habla.
Elena empezó a sentir que vivía dentro de una burbuja de cristal. Una burbuja bonita, cómoda, transparente. Podías ver el mundo a través de ella, pero no podías tocarlo. Y si intentabas romperla, la gente te miraba como si estuvieras loca.
En una de sus cartas, le describió esta sensación a Mateo. Él respondió con una frase que Elena grabó en su memoria: «En el Este, la cárcel tiene barrotes. En el Oeste, la cárcel es de cristal. Pero en ambos casos, estás encerrado. La diferencia es que el preso que ve sus barrotes sabe que es preso. El que vive en una jaula de cristal cree que es libre.»
Esa frase, que Elena había escuchado toda su vida y que hasta entonces le había parecido normal, empezó a sonarle diferente después de las cartas de Mateo. Empezó a preguntarse cuántas cosas más no se hablaban en su casa, en su colegio, en su lado del muro. Y empezó a darse cuenta de que el silencio, cuando es impuesto, es otra forma de muro.
—
CUADERNO DE MATEO RÍOS 30 de marzo de 1962
Hoy, mientras escribía la carta para Elena en el bordillo de la calle Carbón, un niño pequeño se ha sentado a mi lado. Se llama Pável, tiene seis años, es hijo de la vecina del primero, y siempre anda solo por la calle porque su madre trabaja en la fábrica de conservas y no vuelve hasta las ocho de la noche.
Pável me ha mirado escribir durante un rato y luego ha preguntado:
—¿Qué haces, Mateo? —Escribo una carta. —¿A quién? —A una amiga. —¿La amiga vive lejos? —Vive al otro lado del muro.
Pável ha mirado el muro con esos ojos enormes que tienen los niños de seis años y ha dicho:
—¿Al otro lado hay gente?
Me he quedado helado. Pável tiene seis años. Ha nacido después de la División. Para él, el muro es como las montañas o el cielo: algo que siempre ha estado ahí, algo natural, algo que no se cuestiona. Nunca se le ha ocurrido que al otro lado pueda haber personas.
—Sí, Pável —le he dicho—. Al otro lado hay gente. Hay niños como tú. Hay madres como la tuya. Hay abuelas y gatos y edificios y calles. Es una ciudad igual que esta, pero con más árboles.
—¿Y por qué no pueden venir aquí?
—Por el muro.
—¿Y por qué hay un muro?
La pregunta de un niño de seis años. La pregunta más simple y más demoledora del mundo. ¿Por qué hay un muro? He buscado una respuesta que no fuera una mentira ni una verdad demasiado grande para un niño. Y no la he encontrado.
—No lo sé, Pável —he dicho al final—. Pero algún día no habrá muro. Te lo prometo.
Pável ha asentido con la confianza absoluta de los niños que todavía creen que las promesas de los mayores se cumplen. Luego se ha ido corriendo a perseguir al gato tuerto y me ha dejado solo con un nudo en la garganta y la certeza de que lo que hacemos con Elena no es solo importante: es urgente.
