Sara Martínez se sentó en su sitio de siempre en la clase de cuarto B del colegio Rosalía de Castro: tercera fila, segundo pupitre desde la ventana. Era un sitio perfecto para observar sin ser observada. Porque si había algo que Sara hacía mejor que nadie en el mundo, mejor incluso que las multiplicaciones de tres cifras o que aguantar la respiración debajo del agua, era pasar desapercibida.
No es que Sara fuera especialmente bajita, ni especialmente callada, ni especialmente aburrida. Era, sencillamente, del tipo de persona en la que la gente no se fija. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta normal, unos ojos marrones que siempre parecían estar pensando en algo importante y una mochila azul marino tan corriente que podría haber sido la mochila de cualquier niño de cualquier colegio de cualquier ciudad del mundo. Su ropa era normal. Sus zapatos eran normales. Hasta su forma de caminar era normal. Sara era tan tremendamente normal que resultaba prácticamente invisible.
Esa mañana de lunes, mientras la profesora doña Lucía pasaba lista con su cuaderno de asistencia y su bolígrafo rojo, ocurrió lo de siempre. Lo que ocurría todos los lunes, todos los martes, todos los miércoles y, en general, todos los días que acababan en «es» o en cualquier otra letra del abecedario.
—¿Marcos? —llamó doña Lucía. —¡Aquí! —gritó Marcos Reina, que siempre gritaba todo como si estuviera retransmitiendo un partido de fútbol. —¿Paula? —Presente —dijo Paula Vega, levantando la mano con la elegancia de una princesa de película, porque Paula era así, elegante hasta para decir «presente». —¿Hugo? —¡Aquí, seño! —Hugo Santana se balanceaba en la silla como si fuera un columpio, con los pies colgando y una sonrisa enorme que ocupaba media cara. Don Ramón, el profesor de Educación Física, siempre decía que Hugo tenía más energía que una central eléctrica y menos control que un cohete sin timón. —¿… Sara?
Silencio. Doña Lucía levantó la mirada del cuaderno y escudriñó la clase con sus gafas de lectura, esas que siempre llevaba colgadas de una cadena dorada. Sus ojos pasaron por encima de Sara como si fuera parte del mobiliario. Como si fuera una silla más, un pupitre más, una mancha en la pared.
—¿Sara Martínez? ¿No ha venido hoy? —preguntó doña Lucía, arrugando el ceño. —Estoy aquí, doña Lucía —dijo Sara, levantando la mano con paciencia. —¡Ah! Perdona, cariño, no te había visto. Qué cosa más rara, si estás ahí mismo.
No era rara. Era lo de siempre. Sara suspiró por dentro, pero no por fuera, porque los suspiros por fuera llamaban la atención y ella había aprendido que llamar la atención era un esfuerzo inútil. Llevaba cuatro años en ese colegio, cuatro años sentada en el mismo sitio de la tercera fila, y doña Lucía seguía sin verla a la primera. Pero ya no le molestaba. Bueno, casi no le molestaba. Un poquito sí, si era sincera consigo misma.
Dos pupitres más atrás, en la última fila junto al radiador que hacía un ruido raro cuando se encendía, Dani López también era invisible, aunque por razones completamente diferentes. Dani era el niño más desordenado del universo conocido, y probablemente también de varios universos desconocidos. Su pupitre parecía el resultado de una explosión en una papelería durante un terremoto: papeles arrugados por todas partes, lápices sin punta que rodaban peligrosamente hacia el borde, una goma con forma de dinosaurio a la que le faltaba la cabeza (la cabeza estaba en algún lugar del fondo de su mochila, conviviendo con tres envoltorios de galletas, un walkie-talkie viejo que había encontrado en un mercadillo y medio bocadillo de tortilla del jueves anterior).
Dani tenía el pelo rizado y rebelde, de color castaño oscuro, como si cada mechón hubiera celebrado una reunión y decidido crecer en una dirección diferente por pura rebeldía. Llevaba siempre las gafas un poco torcidas porque se sentaba encima de ellas al menos una vez por semana. Tenía los ojos grandes y curiosos detrás de los cristales, y una sonrisa que aparecía cuando menos te lo esperabas, como un destello de sol entre las nubes.
Nadie se fijaba en Dani porque su desorden era tan constante, tan permanente, tan absolutamente invariable, que se había convertido en paisaje. Era como una mancha en la pared: al principio la ves, pero al cabo de un tiempo tu cerebro decide que siempre ha estado ahí y deja de registrarla. Dani era la mancha. Y su pupitre era un ecosistema propio que nadie se atrevía a explorar.
—Eh, Sara —susurró Dani, inclinándose hacia delante y casi tirando un bote de lápices que llevaba semanas al borde del abismo—. ¿Has visto que han puesto cámaras nuevas en el pasillo? —No son cámaras —susurró Sara sin girarse, porque Sara siempre sabía cosas que los demás no sabían—. Son detectores de humo. Los instalaron el viernes por la tarde. —¿Cómo sabes eso? —Porque yo sí miro las cosas, Dani. Tienen una pegatina que dice «detector de humo modelo DH-3000» y la factura de instalación estaba en el tablón de anuncios de conserjería, que por cierto nadie lee nunca.
Dani se rascó la cabeza, despeinándose aún más, lo cual parecía físicamente imposible pero él siempre encontraba la manera.
La tercera integrante de este trío de fantasmas escolares era Yara Benali. Yara se sentaba en la primera fila, pero no porque fuera una empollona ni porque la profesora la hubiera puesto allí como castigo ni porque le gustara estar cerca de la pizarra. Se sentaba delante porque le gustaba dibujar en su cuaderno sin que nadie la viera, y desde la primera fila, si inclinaba el cuerpo ligeramente hacia la izquierda, el pupitre quedaba en un ángulo perfecto en el que doña Lucía no podía ver lo que hacía.
Yara era la mejor dibujante de todo cuarto, puede que de todo el colegio, puede que de todo el barrio, pero nadie lo sabía porque nunca enseñaba sus dibujos. Tenía los ojos oscuros y grandes, como dos aceitunas negras, el pelo negro recogido en dos trenzas que le llegaban hasta la mitad de la espalda y una sonrisa rapidísima que aparecía y desaparecía como un destello, como el brillo de una luciérnaga. Yara era invisible por elección, que es la forma más poderosa de ser invisible: había descubierto que si no llamabas la atención, la gente te dejaba en paz y podías dedicarte a lo que realmente te importaba, que en su caso era llenar cuadernos enteros con dibujos de todo lo que veía. Flores, gatos, profesores con cara de sueño, compañeros de clase haciendo payasadas, el conserje barriendo hojas, las nubes vistas desde la ventana del baño del segundo piso.
Aquel lunes, durante el recreo, los tres se encontraron en su sitio habitual: el banco de madera que había detrás del cobertizo de material deportivo, junto a la valla del fondo del patio. Era el rincón más ignorado de todo el colegio. Los balones nunca llegaban hasta allí. Los profesores de guardia nunca pasaban por allí. Ni siquiera las palomas se acercaban a aquel rincón. Era como si el banco existiera en una dimensión paralela, visible solo para los que sabían que estaba.
—He estado pensando —dijo Sara, sentándose con las piernas cruzadas sobre el banco, como hacía siempre. —Eso es peligroso —dijo Dani, rebuscando en su mochila lo que quedaba de su bocadillo de tortilla, que había quedado aplastado entre un cuaderno de Matemáticas y la funda de las gafas de repuesto (las de repuesto también estaban torcidas). —He estado pensando —repitió Sara, ignorándolo como se ignora el zumbido de una mosca— en que somos los tres alumnos más invisibles de este colegio. Doña Lucía nunca me ve. Nadie recuerda el nombre de Dani. Y Yara podría no venir un mes entero y tardaían dos semanas en darse cuenta. —Eh, que eso duele un poco —dijo Dani. —Pero es verdad. Y he pensado que eso podría ser algo bueno.
Yara levantó la vista de su cuaderno, donde estaba dibujando un gato atigrado que había visto trepando por la valla esa mañana. Había captado perfectamente la expresión del gato: mitad curiosidad, mitad desprecio, que es la expresión favorita de todos los gatos del mundo.
—¿Bueno cómo? —preguntó Yara. —Bueno como… ¿habéis leído algún libro de detectives? —Yo he visto todas las películas de Scooby-Doo —ofreció Dani, levantando el bocadillo aplastado como si fuera un trofeo—. Dos veces cada una. —Eso no cuenta. Bueno, sí cuenta un poco —admitió Sara—. La cuestión es que los mejores detectives son los que pasan desapercibidos. Los que pueden ir a cualquier sitio sin que nadie se fije en ellos. Los que escuchan conversaciones porque la gente se olvida de que están ahí. Los que ven cosas porque nadie los ve mirar. ¿Y sabéis quiénes son exactamente así? —¿Los fantasmas? —dijo Dani. —Nosotros, Dani. Nosotros somos así.
Hubo un silencio. El tipo de silencio que se produce cuando alguien dice algo que cambia las cosas. Yara dibujó una lupa junto al gato atigrado, como si su mano supiera antes que su cerebro adónde iba aquella conversación. Dani masticó su bocadillo aplastado con aire pensativo, que era su forma de procesar información importante.
—¿Quieres que montemos un club de detectives? —preguntó Yara con su sonrisa de luciérnaga. —Exacto. El Club de los Detectives Invisibles. Investigamos cosas. Resolvemos misterios. Y nadie sabe que existimos. —Mola —dijo Dani con la boca llena de tortilla—. Mola mucho. Pero, ¿qué misterios? Aquí nunca pasa nada interesante. Lo más emocionante que ha pasado este mes es que Hugo se cayó a la fuente del patio intentando coger una pelota.
Sara iba a responder cuando un grito agudo atravesó el patio como una sirena de bomberos. Venía del comedor.
—¡MI ALMUERZO! ¡ALGUIEN SE HA LLEVADO MI ALMUERZO!
Los tres se miraron. Era la voz inconfundible de Hugo Santana, el niño más dramático de cuarto B, que normalmente montaba escándalos por todo: por un lápiz prestado que no le devolvían, por una mancha de salsa en la camiseta, por una hormiga que le subía por el zapato. Pero cuando llegaron al comedor (Sara caminando rápido, Dani trotando con las gafas bailando en la nariz, Yara deslizándose silenciosa como una sombra), descubrieron que esta vez no era solo Hugo. Cinco mochilas estaban abiertas junto a la pared donde los alumnos las dejaban durante la clase de Educación Física, y de las cinco habían desaparecido los almuerzos.
—¡Me han robado mi sándwich de jamón y queso! —gritaba Hugo, rojo como un semáforo—. ¡El sándwich que mi madre me ha hecho con sus propias manos! ¡Con mayonesa casera y todo! —¡Y mis galletas de chocolate! —se quejaba Lucía Ramos, una niña de coletas rubias que parecía a punto de llorar. —¡Mi plátano y mi zumo de piña! —añadía Tomás Herrero, un chico pelirrojo con pecas que miraba su mochila vacía como si hubiera visto un ovni.
Don Ramón, el profesor de Educación Física, un hombre enorme con bigote de morsa y chándal azul que siempre llevaba un silbato plateado colgando del cuello, intentaba poner orden con el mismo éxito que un paraguas intentando parar un huracán.
—A ver, a ver, tranquilos todos. Seguro que hay una explicación lógica. ¿Estáis completamente seguros de que habéis traído almuerzo hoy? —¡Don Ramón! —protestó Hugo con la indignación de un rey al que le han robado la corona—. ¡Mi madre me ha puesto el sándwich delante de mis narices esta mañana! ¡He visto cómo lo envolvía en papel de aluminio y lo metía en la mochila! ¡Con una servilleta de las buenas y todo, de las que tienen dibujitos!
Sara observaba la escena desde una esquina, con la espalda apoyada en la pared y los brazos cruzados. Nadie la miraba, como de costumbre, así que podía fijarse en todos los detalles sin que nadie le preguntara qué hacía. Y los detalles eran interesantes.
Detalle número uno: las mochilas abiertas estaban todas en el mismo lado de la pared, el más cercano a la puerta de emergencia del comedor, esa puerta metálica gris que tenía un cartel de SALIDA DE EMERGENCIA que nadie leía nunca.
Detalle número dos: las cremalleras de las cinco mochilas estaban bajadas del todo, completamente abiertas, no a medias. Eso significaba que alguien las había abierto con cuidado y con calma, sin prisas, sin nervios. Un ladrón con prisa habría abierto la cremallera justo lo suficiente para meter la mano, pero estas estaban abiertas de par en par.
Detalle número tres: en el suelo, junto a la tercera mochila (la de Tomás Herrero), había una miguita diminuta de pan. Una sola miguita, como si alguien hubiera abierto un sándwich y se le hubiera caído un trocito al sacarlo.
Detalle número cuatro: no había huellas de barro en el suelo, lo que significaba que el ladrón no había entrado desde el patio. Había entrado por dentro del edificio o había entrado por la puerta de emergencia, que daba a un pasillo pavimentado.
—Primer caso —susurró Sara. —¿Qué? —preguntó Dani, que se había materializado a su lado con un sigilo sorprendente para alguien que normalmente tropezaba con todo, incluidas las cosas que no existían. —Nuestro primer caso, detective. El misterio de los almuerzos desaparecidos.
Yara apareció al otro lado de Sara, silenciosa como una sombra, con su cuaderno abierto. Ya estaba dibujando la escena con trazos rápidos y precisos: las mochilas abiertas alineadas contra la pared, la miguita en el suelo, la cara desencajada de Hugo gritando con las manos en la cabeza, don Ramón con el silbato y cara de no entender nada.
—Necesitamos un plan —dijo Sara—. Reunión oficial del Club de los Detectives Invisibles esta tarde, después de clase. En el banco del cobertizo. —¿Puedo traer mi lupa? —preguntó Dani, con los ojos brillando detrás de sus gafas torcidas como dos estrellas diminutas—. La compré en el mercadillo del pueblo de mi abuela. Solo tiene una rajita pequeña y se ve bastante bien por el lado izquierdo. —Trae la lupa —dijo Sara, sonriendo—. Los detectives siempre tienen lupa.
Aquella tarde, sentados en su banco secreto mientras el sol de septiembre alargaba las sombras del patio y una brisa fresca movía las hojas del plátano que crecía junto a la valla, los tres fundaron oficialmente el Club de los Detectives Invisibles. La ceremonia fue breve pero solemne.
Yara dibujó el logotipo en la primera página de un cuaderno nuevo de tapas verdes: una lupa con un ojo dentro y las letras CDI debajo, rodeadas de una guirnalda de estrellas. Era un logotipo precioso. Dani dijo que parecía el escudo de un equipo de fútbol de superhéroes, lo cual era exactamente el tipo de comentario que Dani haría.
Dani aportó su walkie-talkie, un aparato negro y gordo que parecía sacado de una película de los años ochenta. Lo encendió con orgullo. Funcionó durante treinta gloriosos segundos, emitiendo un sonido claro y prometedor, antes de soltar un pitido agudo que casi les revienta los tímpanos y apagarse con un suspiro electrónico.
—A veces funciona mejor —dijo Dani, sin perder la fe—. Depende del clima. Y de si le das un golpecito en el lado derecho.
Sara trajo una libreta donde había anotado todas las pistas del caso de los almuerzos con su letra pequeña y ordenada.
—Pista número uno —leyó Sara con voz profesional—. Los almuerzos desaparecieron de las mochilas que estaban más cerca de la puerta de emergencia del comedor, la zona con menos visibilidad. Pista número dos: las cremalleras estaban completamente abiertas, lo que indica que el ladrón no tenía prisa y actuó con calma. Pista número tres: había una miguita de pan junto a la tercera mochila, lo que sugiere que el ladrón manipuló al menos uno de los sándwiches. Pista número cuatro: esto ocurrió durante la clase de Educación Física, cuando todo el mundo estaba en el patio y el comedor quedaba vacío.
—O sea, que el ladrón sabía que el comedor estaría vacío —razonó Yara, apoyando la barbilla en el lápiz. —Exacto. Lo que significa que conoce los horarios del colegio. —O sea que es alguien del colegio —dijo Dani, como si acabara de descubrir la ley de la gravedad. —Elemental, querido Dani —dijo Sara. —Eso es de Sherlock Holmes —dijo Dani. —Lo sé. Lo he leído tres veces. Y la segunda es mejor que la primera.
Dani se ajustó las gafas con orgullo y carraspeó, adoptando un aire de importancia.
—Bueno, pues yo sé algo que vosotras no sabéis. Algo gordo. Algo que cambia todo el caso. —¿El qué? —preguntaron Sara y Yara a la vez. —Cuando hemos vuelto del patio después del escándalo de Hugo, he pasado por delante del despacho de don Ramón, el de la puerta con el cristal opaco. Y he oído cómo le decía a doña Lucía, clarito clarito, que esta es la tercera vez este mes que desaparecen almuerzos del comedor.
—¿La tercera vez? —Sara casi saltó del banco—. ¿Tres veces? ¿Por qué no nos habíamos enterado?
—Porque las otras dos veces fueron en quinto y en sexto. No nos afectaba a los de cuarto, así que nadie nos dijo nada. Pero don Ramón estaba bastante preocupado. Dijo algo de hablar con la directora.
Sara abrió los ojos como platos y empezó a escribir furiosamente en su libreta, tan rápido que el bolígrafo casi echaba humo.
—Esto es más gordo de lo que pensaba. No es un robo aislado. No es una broma de alguien que tenía hambre. Es un ladrón de almuerzos en serie. Alguien que lleva semanas robando almuerzos de diferentes cursos.
—Un ladrón de almuerzos en serie —repitió Dani, saboreando cada palabra como si fuera un caramelo—. Eso suena a película. A película buena, de las que dan palomitas.
Yara ya estaba dibujando un cartel de SE BUSCA con la silueta de una figura misteriosa sosteniendo un sándwich gigante y huyendo de puntillas.
—Mañana empezamos la investigación de verdad —dijo Sara, cerrando la libreta con un golpe decidido—. Dani, tú te encargas de vigilar el comedor durante el recreo de la mañana. Quédate dentro, escondido, y observa quién entra y quién sale. Yara, tú dibuja un plano del comedor con todas las entradas y salidas, cada mesa, cada rincón. Yo hablaré con los de quinto y sexto para averiguar qué más saben sobre los robos anteriores.
—¿Y si nos pillan investigando? —preguntó Dani.
Sara sonrió. Esa sonrisa que significaba que sabía algo que los demás no sabían, que tenía todo bajo control, que el mundo era un misterio enorme y maravilloso y ella tenía toda la intención de resolverlo.
—Dani, somos invisibles. Nadie nos va a pillar porque nadie nos va a ver.
Y tenía razón. Al menos, por ahora.
