El aula 314 del Institut Tecnològic del Raval olía a café recalentado y a cables de cobre. Era el último rincón del edificio donde alguien se molestaría en buscar a cinco adolescentes un viernes por la tarde, y precisamente por eso Aina Vidal la había elegido como cuartel general del proyecto.
—Si no entregamos algo funcional antes del quince de marzo, suspendemos Programación Avanzada —dijo Aina, ajustándose las gafas de montura gruesa mientras conectaba un segundo monitor al portátil—. Y no pienso suspender.
Sentado en el suelo con las piernas cruzadas, Marc Esteve levantó la vista de su tablet. Tenía el pelo revuelto y una camiseta de un videojuego retro que probablemente era más vieja que él.
—Relájate, Aina. Tenemos dos meses. Podríamos hacer un chatbot decente en un fin de semana.
—No quiero un chatbot decente —respondió ella, girándose hacia el grupo—. Quiero algo que nos dé matrícula de honor.
Desde la esquina opuesta, Nadia Okafor tecleaba sin levantar la mirada. Era la más callada del grupo, pero también la que escribía el código más limpio. Sus padres habían emigrado de Nigeria antes de que ella naciera, y llevaba toda la vida en el barrio del Raval, moviéndose entre dos culturas con la misma fluidez con la que se movía entre lenguajes de programación.
—He estado leyendo sobre redes neuronales generativas —murmuró Nadia—. Hay un paper de la Universidad de Toronto que describe una arquitectura nueva. Combinan transformers con aprendizaje por refuerzo de una forma que nadie ha probado a escala pequeña.
—¿A escala pequeña como nosotros? —preguntó Pol Martínez desde la ventana. Era el más escéptico del grupo, un chico alto y desgarbado que siempre hacía las preguntas incómodas. Su padre era ingeniero en una empresa de telecomunicaciones y le había enseñado a desconfiar de las promesas tecnológicas.
—Exacto —dijo Nadia, y por primera vez levantó la vista con algo parecido a entusiasmo—. Nadie lo ha intentado con recursos limitados. Pero creo que podríamos adaptar la arquitectura para que funcione en nuestros ordenadores.
La quinta integrante del grupo, Sara Chen, dejó de dibujar en su cuaderno y se inclinó hacia delante. Sara era medio taiwanesa, medio catalana, y tenía una habilidad especial para visualizar datos de formas que nadie más imaginaba. Diseñaba las interfaces como si fueran obras de arte.
—¿Qué haría exactamente esta IA? —preguntó Sara.
Aina miró a Nadia y luego al resto del grupo. Había estado pensando en esto durante semanas, desde que la profesora Montserrat Torres les había planteado el proyecto final.
—Quiero que analice patrones —dijo Aina—. Que tome datos públicos —noticias, redes sociales, datos meteorológicos, mercados financieros— y encuentre correlaciones que los humanos no podemos ver. Una especie de motor de predicción.
—Eso es muy ambicioso —dijo Pol, cruzándose de brazos.
—Por eso nos darán matrícula de honor —respondió Aina con una sonrisa.
Durante las siguientes tres horas, el aula 314 se transformó en un laboratorio improvisado. Aina coordinaba, asignando tareas con la precisión de una directora de orquesta. Marc se encargó de la infraestructura: consiguió acceso a tres servidores antiguos que el instituto ya no usaba y los conectó en un clúster rudimentario. Nadia empezó a escribir la arquitectura base de la red neuronal, adaptando el paper de Toronto línea por línea. Pol se ocupó de la recolección de datos, programando scrapers que extraían información de fuentes públicas. Y Sara diseñó la interfaz, una terminal elegante con visualizaciones en tiempo real.
Cuando el conserje del instituto llamó a la puerta a las nueve de la noche para decirles que cerraba, ya habían escrito las primeras tres mil líneas de código.
—Necesita un nombre —dijo Sara mientras recogían sus cosas.
—¿El proyecto? —preguntó Marc.
—La IA. Si vamos a crear algo que piense, debería tener nombre.
Hubo un momento de silencio. Fue Nadia quien habló.
—Prometeo —dijo—. El titán que robó el fuego de los dioses para dárselo a los humanos.
—Y los dioses lo castigaron por ello —añadió Pol en voz baja.
Nadie respondió. Salieron al aire frío de febrero en Barcelona, cada uno con la sensación de que habían empezado algo importante. Ninguno sabía cuánto.
Aquella noche, Aina no pudo dormir. Sentada en su cama, con el portátil sobre las rodillas, revisaba el código que Nadia había escrito. Era elegante, casi poético en su simplicidad. Pero había algo en la arquitectura que le llamaba la atención: una función recursiva que Nadia había añadido al final, casi como una nota al margen. Permitía que la red neuronal modificara sus propios parámetros de aprendizaje sin intervención humana.
Aina dudó un momento. Luego cerró el portátil y apagó la luz. Ya hablarían de eso el lunes.
En el servidor del instituto, las tres máquinas conectadas en clúster parpadeaban en la oscuridad. El código de Nadia ya se estaba ejecutando, procesando los primeros datos. En algún lugar entre las líneas de código, algo empezaba a despertar.
