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El código secreto de los sueños Capítulo 1: La app que nadie descargó
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Nora Vázquez se despertó con el teléfono vibrando sobre la mesilla de noche. La pantalla brillaba en la oscuridad de su habitación con una notificación que no había visto nunca: un icono con forma de ojo cerrado rodeado de circuitos luminosos y un texto que decía simplemente «DreamLink está lista para ti». No recordaba haber descargado ninguna aplicación con ese nombre.

Tenía catorce años, el pelo castaño oscuro siempre recogido en una coleta desordenada y unas ojeras permanentes que delataban sus noches programando. Desde los once, Nora había aprendido sola a programar en Python y JavaScript, y a los trece ya había ganado un hackathon juvenil en Barcelona. Su madre, profesora de matemáticas en el instituto, decía que Nora tenía el cerebro de una ingeniera y el corazón de una detective.

Se incorporó en la cama y desbloqueó el móvil. La aplicación ocupaba un lugar en su pantalla de inicio, entre la calculadora y la app de notas, como si siempre hubiera estado ahí. No aparecía en su historial de descargas ni en la tienda de aplicaciones. El icono pulsaba suavemente, como un corazón digital latiendo.

—Esto no es normal —murmuró Nora, entrecerrando los ojos.

Su primer instinto fue eliminarla. Cualquier aplicación que se instala sola en tu teléfono es sospechosa por definición. Pero cuando mantuvo pulsado el icono para borrarla, apareció un mensaje: «No puedes eliminar DreamLink hasta que completes tu primer sueño compartido. ¿Deseas saber más?».

Nora se mordió el labio. Sabía que no debía pulsar. Sabía que cualquier programa que se resiste a ser eliminado es potencialmente peligroso. Pero la curiosidad era su mayor virtud y su peor defecto. Pulsó «Saber más».

La pantalla se llenó de un azul profundo, como un cielo nocturno sin estrellas. Letras blancas aparecieron una a una, como si alguien las estuviera escribiendo en tiempo real:

«DreamLink conecta mentes mientras duermen. Comparte sueños con tus amigos. Explora mundos imposibles. Despierta con recuerdos que no son tuyos. ¿Estás preparada, Nora?»

El hecho de que la aplicación supiera su nombre la inquietó. Cerró el móvil y lo dejó boca abajo sobre la mesilla. Eran las tres de la madrugada. Intentó dormir, pero su mente no paraba de dar vueltas. ¿Cómo se había instalado? ¿Qué tecnología permitiría compartir sueños? ¿Era una broma elaborada de algún compañero del club de robótica?

A la mañana siguiente, en el instituto, Nora buscó a sus amigos en el patio. Hugo Delgado estaba sentado en su banco habitual, con los auriculares puestos y un cuaderno de dibujo sobre las rodillas. Hugo era alto y delgado, con el pelo rubio cayéndole sobre unos ojos grises que siempre parecían estar mirando algo que los demás no podían ver. Dibujaba sin parar: monstruos, paisajes imposibles, ciudades flotantes. Sus profesores decían que era un artista con talento; sus compañeros decían que estaba en las nubes.

—Hugo —lo llamó Nora, sentándose a su lado—. ¿Te ha aparecido algo raro en el móvil?

Hugo se quitó un auricular y la miró con expresión confusa.

—¿Raro cómo?

—Una app. DreamLink. Con un icono de un ojo cerrado.

La expresión de Hugo cambió. Bajó el cuaderno despacio y se inclinó hacia ella.

—Me apareció anoche. A las tres de la madrugada. Pensé que era un virus.

—A mí también me salió a las tres —dijo Nora, sintiendo un escalofrío—. ¿Intentaste borrarla?

—No me dejó. Dice que tengo que completar un sueño compartido primero.

Antes de que pudieran seguir hablando, una voz los interrumpió desde atrás.

—Así que a vosotros también os ha pasado.

Se giraron. Valentina Reyes estaba de pie con los brazos cruzados y una expresión seria. Valentina era la capitana del equipo de debate del instituto, con una melena negra rizada que enmarcaba un rostro de rasgos decididos y ojos color ámbar que podían resultar intimidantes cuando se lo proponía. Era inteligente, directa y tenía una memoria prodigiosa que le permitía recordar conversaciones enteras palabra por palabra.

—DreamLink —dijo Valentina, sacando su teléfono para mostrarles el mismo icono pulsante—. Me desperté a las tres con esta cosa en el móvil. He buscado en internet y no existe. No hay ninguna empresa desarrolladora, ninguna página web, ninguna reseña. Es como si solo existiera en nuestros teléfonos.

Nora sintió que el misterio se espesaba. Tres personas. La misma hora. La misma aplicación imposible de borrar.

—¿Alguien más? —preguntó.

—Leo —dijo Hugo, señalando con la barbilla hacia el otro lado del patio.

Leonardo Ruiz, Leo para todos, cruzaba el patio con su mochila colgando de un hombro y cara de no haber dormido en toda la noche. Leo tenía catorce años, era el más bajo del grupo, con el pelo negro rapado por los lados y un flequillo que le caía sobre ojos oscuros y vivarachos. Era el genio de las matemáticas del instituto, capaz de resolver ecuaciones en su cabeza más rápido que la mayoría de adultos con calculadora, pero también era nervioso, hablaba demasiado rápido y tenía la costumbre de morderse las uñas cuando algo le preocupaba.

—DreamLink —fue lo primero que dijo Leo al llegar junto a ellos, sin necesidad de que nadie preguntara—. No he podido dormir. He estado toda la noche intentando analizar el código fuente de la app y es… es imposible. Está cifrado con un algoritmo que no he visto en mi vida. No es AES, no es RSA, no es nada conocido. Es como si hubieran inventado un nuevo tipo de encriptación.

Nora intercambió una mirada con Valentina. Los cuatro se conocían desde hacía años. Nora y Leo habían coincidido en el club de robótica, Hugo era el mejor amigo de Nora desde la primaria, y Valentina se había unido al grupo cuando entró en el equipo de debate y descubrió que necesitaba a alguien que le explicara la tecnología de la que hablaba en sus argumentos.

—Tenemos que investigar esto —dijo Nora—. Pero con cuidado. No sabemos qué hace realmente esta app ni quién la ha puesto en nuestros teléfonos.

—¿Y si simplemente la probamos? —propuso Hugo, con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo en la voz—. Dice que conecta sueños. Si dormimos todos a la misma hora y la activamos, podemos ver qué pasa.

—Eso es exactamente lo que quienquiera que haya creado esto quiere que hagamos —respondió Valentina, frunciendo el ceño.

—Pero es la única forma de obtener información —argumentó Leo, mordiéndose la uña del pulgar—. No puedo descifrar el código desde fuera. Si la usamos, puedo intentar analizar lo que ocurre desde dentro.

Nora pensó durante un largo momento. Su instinto de programadora le decía que era arriesgado. Su instinto de detective le decía que era necesario.

—Esta noche —decidió—. A las once, todos en la cama con la app abierta. Si algo va mal, cerramos todo y llevamos los teléfonos a la policía.

Los cuatro asintieron. Ninguno admitiría en voz alta el miedo que sentía, pero todos lo compartían. Algo extraordinario estaba ocurriendo, y estaban a punto de dar el primer paso hacia lo desconocido.

Esa noche, Nora se acostó a las diez y media, con el teléfono junto a la almohada. A las once en punto, abrió DreamLink. La pantalla azul volvió a aparecer, y esta vez mostraba cuatro puntos luminosos con los nombres de sus amigos: Hugo, Valentina, Leo. Los cuatro estaban conectados.

«Cerrando los ojos en 3… 2… 1…»

Nora cerró los ojos. Durante unos segundos no pasó nada. Solo oscuridad y el sonido de su propia respiración. Después, como si alguien hubiera encendido un interruptor en su cerebro, el mundo estalló en color.

Estaba de pie en una plaza enorme, pavimentada con baldosas que cambiaban de color al pisarlas. El cielo era de un morado imposible, cruzado por auroras boreales que se movían al ritmo de una música que parecía venir de todas partes. Los edificios que rodeaban la plaza tenían formas imposibles: escaleras que subían hacia abajo, puertas que flotaban en el aire, ventanas que mostraban paisajes de otros mundos.

—¿Nora?

Se giró. Hugo estaba a su lado, mirando todo con los ojos muy abiertos. Pero no era el Hugo que veía cada día en clase. En este lugar, su ropa había sido reemplazada por una chaqueta larga llena de bolsillos de los que asomaban pinceles luminosos, y sus ojos grises brillaban con destellos plateados.

—Esto es increíble —susurró Hugo.

Valentina apareció caminando desde una de las calles laterales. Llevaba una toga dorada y su pelo rizado flotaba a su alrededor como si estuviera bajo el agua. Leo llegó el último, corriendo y tropezando, con unos guantes que emitían números holográficos con cada movimiento de sus dedos.

—Estamos dentro de un sueño compartido —dijo Leo, mirando los números que flotaban desde sus manos—. Puedo ver los datos. La app está generando un entorno neuronal sincronizado entre los cuatro. Nuestros cerebros están literalmente conectados.

Nora caminó por la plaza, tocando las paredes, sintiendo la brisa en su cara. Todo parecía real. Más que real, de hecho. Los colores eran más vivos, los sonidos más nítidos, las sensaciones más intensas que en la vigilia.

—Si esto es un sueño —dijo Valentina, recogiendo una flor que crecía entre las baldosas y que cambió de forma en su mano—, es el sueño más convincente que he tenido en mi vida.

Exploraron la plaza durante lo que parecieron horas. Descubrieron que podían modificar el entorno con el pensamiento: Hugo dibujó un pájaro en el aire con su pincel y el pájaro cobró vida; Leo resolvió una ecuación en el suelo y una puerta se abrió revelando un jardín; Valentina pronunció un discurso y las palabras se convirtieron en escalones que subían al cielo.

Pero fue Nora quien encontró algo que los demás no habían visto. En el centro exacto de la plaza, grabado en una baldosa negra que no cambiaba de color, había un símbolo: un ojo abierto rodeado de código binario. Y debajo, una frase: «Nivel 1 completado. Bienvenidos al sueño. El Arquitecto os observa».

—¿El Arquitecto? —repitió Valentina—. ¿Quién es el Arquitecto?

Antes de que nadie pudiera responder, el cielo morado se oscureció. Una grieta de luz negra —no oscuridad, sino luz que era negra, algo que no debería existir— recorrió el horizonte. Y entonces, tan bruscamente como había empezado, todo se apagó.

Nora se despertó en su cama, empapada en sudor, con el corazón latiendo como un tambor. El teléfono mostraba las 6:47 de la mañana. DreamLink tenía una nueva notificación: «Nivel 1 completado. Recuerdos sincronizados. Nos vemos mañana, Nora».

Se quedó mirando la pantalla con una mezcla de asombro y terror. El sueño había sido real. O al menos, tan real como cualquier cosa podía serlo. Y alguien, ese «Arquitecto», lo había estado observando todo el tiempo.

Nora se levantó, se vistió a toda prisa y cogió su portátil. Tenía que hablar con los demás. Y tenía que averiguar quién estaba detrás de DreamLink antes de que fuera demasiado tarde.

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