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Crónicas del mercado flotante Capítulo 1: La luna sobre Sevilla
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La abuela Carmen siempre decía que las noches de luna llena eran noches de puertas abiertas. Mateo nunca entendió qué quería decir con eso hasta la noche en que todo cambió.

Era un viernes de octubre y la luna colgaba sobre Sevilla como una moneda de plata recién acuñada, tan grande y brillante que parecía que alguien la hubiera pulido con esmero. Mateo tenía trece años, el pelo oscuro y rizado que heredó de su padre, y unos ojos castaños que su abuela describía como «ojos de quien busca respuestas». Estaba sentado en el patio de la casa familiar, un caserón antiguo en el barrio de Triana con azulejos pintados a mano y un naranjo centenario en el centro, cuando escuchó el primer grito.

No era un grito de miedo. Era un grito de sorpresa, seguido de un golpe sordo y el tintineo de cristal roto. Mateo se levantó de un salto y corrió hacia la cocina, donde encontró a su abuela Carmen desplomada en el suelo, rodeada de trozos de la tetera que había estado preparando. Tenía los ojos abiertos, pero su mirada estaba perdida, como si contemplara algo que nadie más podía ver. Su piel, normalmente morena y cálida, tenía un tono ceniciento que a Mateo le heló la sangre.

—¡Abuela! ¡Abuela, ¿qué te pasa?! —gritó, arrodillándose junto a ella.

Carmen movió los labios. Mateo acercó el oído.

—El mercado… —susurró ella con un hilo de voz—. Encuentra el mercado flotante… la flor de los tres mundos… es la única…

Y entonces cerró los ojos.

Los médicos llegaron en quince minutos. Le hicieron pruebas, le tomaron la presión, le sacaron sangre. Ninguno encontró nada. La abuela Carmen dormía profundamente, pero no podían despertarla. No era un coma exactamente, dijeron, pero tampoco era un sueño normal. Era algo que la ciencia no podía explicar. Su piel seguía teniendo ese tono gris ceniza y, si uno se fijaba bien, podía ver pequeñas líneas oscuras, como raíces de un árbol, extendiéndose lentamente por sus brazos.

Fue entonces cuando llegó Lucía. Su prima tenía catorce años y vivía en Madrid con su madre, la tía Elena. Había tomado el primer AVE de la mañana en cuanto recibió la llamada. Lucía era todo lo que Mateo no era: alta donde él era bajo, rubia donde él era moreno, directa donde él era reflexivo. Tenía los ojos verdes de su madre y una determinación que podía mover montañas.

—Cuéntamelo todo —dijo Lucía nada más cruzar la puerta, dejando caer su mochila al suelo—. Cada palabra, cada detalle.

Mateo le repitió lo que la abuela había dicho. El mercado flotante. La flor de los tres mundos.

—¿El mercado flotante? —Lucía frunció el ceño—. La abuela me habló de eso una vez. Pensé que era uno de sus cuentos. Dijo que cuando era joven, antes de casarse con el abuelo, viajaba con un mercado que aparecía en diferentes ciudades del mundo cada luna llena.

—Yo también creía que era un cuento —admitió Mateo—. Pero mira esto.

La llevó al desván de la casa, un espacio polvoriento lleno de baúles viejos, donde había estado buscando durante horas. Sobre una mesa desvencijada había desplegado un mapa antiguo que encontró dentro de un cofre con las iniciales C.R. grabadas: Carmen Reyes, el nombre de soltera de su abuela. El mapa no mostraba continentes normales. Mostraba ciudades conectadas por líneas doradas que pulsaban débilmente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana del desván. Sevilla, Marrakech, Estambul, Kioto, Oaxaca, Alejandría, Praga, Reikiavik. Y en el centro del mapa, escrito con tinta que brillaba como mercurio líquido, se leía: «Mercado Flotante de las Lunas».

—Las líneas están brillando —dijo Lucía, acercando la mano al mapa. Cuando sus dedos tocaron la línea que conectaba Sevilla con Marrakech, sintió un hormigueo cálido que le recorrió todo el brazo—. Mateo, esto es real.

—Hay más —dijo él, sacando un cuaderno de tapas de cuero del mismo cofre—. Es el diario de la abuela. Mira la última entrada.

Lucía leyó en voz alta: «Si algún día la sombra me alcanza, mis nietos deben saber la verdad. El mercado existe. Los portales se abren con luna llena. La flor de los tres mundos es la única cura para la maldición de la Sombra Mercante. Sus pétalos crecen en tres puestos diferentes del mercado, en tres ciudades diferentes. Solo reuniendo los tres y preparando la infusión bajo la luna llena se puede romper el hechizo. Pero cuidado: la Sombra Mercante no quiere que nadie encuentre la flor. Ha jurado cerrar el mercado para siempre.»

Un escalofrío recorrió la habitación, como si alguien hubiera abierto una ventana al invierno. Mateo y Lucía se miraron.

—La próxima luna llena es esta noche —dijo Mateo.

—Entonces no tenemos tiempo que perder —respondió Lucía, cerrando el diario con decisión—. ¿Dónde dice que se abre el portal en Sevilla?

Mateo consultó el mapa. La línea dorada que partía de Sevilla tenía un punto de origen marcado junto al río Guadalquivir, cerca del Puente de Triana.

Salieron de la casa a las once de la noche, cuando la tía Elena se había dormido junto a la cama de la abuela en el hospital. La luna llena bañaba Sevilla con una luz plateada que hacía que las calles del barrio parecieran sacadas de un sueño. Caminaron en silencio hasta el puente, con el mapa guardado en la mochila de Mateo y el diario en la de Lucía.

Junto al río, en un callejón que Mateo estaba seguro de que no existía esa misma mañana, encontraron una puerta. No era una puerta normal. Estaba hecha de madera vieja cubierta de símbolos tallados que brillaban con luz dorada, y no estaba empotrada en ningún muro: simplemente se sostenía en el aire, de pie, como si alguien la hubiera olvidado allí. Un cartel colgaba de un clavo oxidado: «Mercado Flotante de las Lunas — Entrada por invitación o por necesidad».

Mateo extendió la mano hacia el pomo. Estaba caliente, casi vivo, y vibraba como el ronroneo de un gato enorme.

—¿Listos? —preguntó.

Lucía agarró la correa de su mochila con fuerza.

—Listos.

Mateo giró el pomo y la puerta se abrió con un suspiro, como si hubiera estado esperándolos. Al otro lado, un estallido de colores, sonidos y aromas los golpeó como una ola. Puestos de telas flotantes, faroles que ardían con llamas de todos los colores, voces en decenas de idiomas, el aroma del azafrán mezclado con incienso y chocolate caliente. El suelo bajo sus pies no era suelo: era una superficie translúcida que flotaba sobre un cielo estrellado, como si caminaran sobre las estrellas mismas.

El Mercado Flotante de las Lunas era real. Y era más extraordinario de lo que cualquier cuento de la abuela Carmen podría haber descrito.

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