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Diario de un astronauta novato Capítulo 1: Houston, tenemos un problema (yo)
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Lunes, 15 de septiembre

Querido diario:

Antes de nada, quiero dejar algo claro: yo no quería un diario. Los diarios son para gente que escribe cosas como «Hoy el cielo estaba bonito» o «Me he comido un sándwich de atún y estaba rico». Pero la doctora Paloma, la psicóloga de la Academia Espacial Junior, dice que todos los cadetes tienen que escribir uno. Dice que es para «procesar nuestras emociones en un entorno de alta presión». Yo creo que es para tener pruebas escritas cuando uno de nosotros se vuelva completamente loco aquí arriba. Que, viendo cómo han ido mis primeras cuarenta y ocho horas, podría ser yo perfectamente.

Me llamo Leo Ramírez, tengo once años, y desde hace exactamente cuarenta y ocho horas estoy en el espacio. En el ESPACIO. En una estación orbital que se llama Esperanza-7 y que da vueltas alrededor de la Tierra a unos cuatrocientos kilómetros de altura. Cada noventa minutos veo un amanecer y un atardecer. Eso significa que en un solo día veo dieciséis amaneceres. DIECISÉIS. Suena increíble, ¿verdad? Pues déjame contarte cómo han sido realmente estas cuarenta y ocho horas, porque la realidad es bastante diferente a lo que yo me imaginaba.

Primero, el lanzamiento. Todo el mundo cree que lo más emocionante de ir al espacio es el despegue. Y sí, es emocionante. También es absolutamente terrorífico. Te atan a un asiento que vibra como si estuviera encima de un volcán en erupción, en la punta de un cohete lleno de combustible que básicamente es una bomba controlada. El ruido es tan fuerte que no puedes oír ni tus propios gritos, aunque gritar es exactamente lo que haces durante los primeros treinta segundos. Y la fuerza de la aceleración te aplasta contra el respaldo como si un elefante invisible se hubiera sentado en tu pecho y hubiera invitado a tres amigos elefantes a sentarse también. Durante tres minutos no puedes mover ni un dedo. Tres minutos que se sienten como tres horas. Tres horas largas, interminables, en las que tu cerebro se debate entre pensar «esto es lo más increíble del mundo» y «quiero bajarme, por favor, que alguien pare esto».

Cuando por fin se apagaron los motores principales y entramos en órbita, sentí que mi cuerpo se hacía ligero. Muy ligero. Demasiado ligero. Fue como si alguien hubiera apagado la gravedad con un interruptor. Mi cinturón de seguridad era lo único que me mantenía en el asiento, y mis brazos empezaron a flotar hacia arriba como si tuvieran voluntad propia. Un bolígrafo que tenía en el bolsillo del traje salió volando y se quedó suspendido en el aire frente a mis ojos, girando lentamente, como si dijera: «Bienvenido a tu nueva realidad, Leo.»

Y entonces mi estómago decidió que no le gustaba la nueva realidad. Nada. En absoluto. Fue como si mi aparato digestivo entero se hubiera puesto en huelga. Sentí una oleada de náuseas que subió desde el fondo de mis entrañas como un tsunami, y… bueno, vomité. No voy a entrar en detalles gráficos, pero déjame decirte que el vómito en gravedad cero no cae al suelo. Flota. En bolitas. Por todas partes. Bolitas de vómito suspendidas en el aire, moviéndose lentamente en todas las direcciones, como una constelación asquerosa. El comandante Torres, que es el jefe de la estación y un señor con bigote que parece sacado de una película de astronautas de los años setenta, tuvo que perseguir las bolitas con una aspiradora espacial (sí, existe algo llamado aspiradora espacial y no, no es tan genial como suena) mientras yo flotaba en una esquina, rojo como un tomate, verde como una rana y deseando con toda mi alma que la estación tuviera un botón de expulsión para pasajeros avergonzados.

Somos ocho cadetes en total. Venimos de diferentes países y nos seleccionaron de entre miles de candidatos de todo el mundo. Cuando me enteré de que había sido elegido, pensé que era una broma. Mi profesora de ciencias, la señora Mendoza, me dio la carta en medio de la clase. La abrí, la leí, la volví a leer, la volví a leer una tercera vez y me quedé tan quieto que mis compañeros pensaron que me había dado algo. Cuando llegué a casa y se lo conté a mi familia, mi madre se puso a llorar. Mi padre se puso a llorar. Mi abuela se puso a llorar y a rezar al mismo tiempo, que es su especialidad. Mi hermana pequeña, Lucía, de siete años, preguntó si podía quedarse con mi habitación mientras yo estuviera fuera (las prioridades de Lucía son cuestionables). Y mi perro, Copérnico (sí, le puse ese nombre, soy así de friki), se puso a ladrar como loco porque todos gritaban y él no quería quedarse fuera de la fiesta. Fue un festival de fluidos corporales y ruido.

Pero bueno, volvamos a la estación. Mis compañeros de academia son un grupo variado y fascinante, y voy a describir a cada uno porque la doctora Paloma dice que describir a la gente ayuda a «procesar las relaciones interpersonales». Yo creo que solo quiere cotillear, pero allá voy:

Tomás: mi compañero de litera (bueno, de saco de dormir flotante, porque aquí no hay literas sino sacos enganchados a la pared con velcro). Es de Chile, tiene doce años, el pelo rizado que en gravedad cero forma una especie de nube marrón alrededor de su cabeza, y una sonrisa que ocupa toda su cara. Cuenta chistes malísimos constantemente. Su repertorio incluye chistes de astronautas, chistes de planetas, chistes de gravedad y chistes que no tienen absolutamente ningún sentido pero que te hacen reír por lo absurdos que son. También ronca en gravedad cero, lo cual no debería ser físicamente posible (la gravedad es lo que hace que la lengua caiga hacia atrás y bloquee la garganta, según el doctor Espinoza), pero Tomás desafía las leyes de la física con sus ronquidos. Es como dormir al lado de un motor de cohete en miniatura.

Kira: rusa, once años, pelo rubio cortado a la altura de la barbilla y unos ojos azules que parecen escáneres láser. Y básicamente es perfecta en todo. Sacar la mejor nota en el examen de astrofísica: Kira. Completar el circuito de entrenamiento en tiempo récord: Kira. Comer las algas recicladas sin hacer ni una sola mueca de asco: KIRA. ¿Recitar de memoria los protocolos de emergencia después de leerlos una sola vez? Kira, por supuesto. La odio. Bueno, no la odio. Pero me frustra enormemente que todo le salga tan bien mientras yo tropiezo con mi propio pie en gravedad cero. Y eso que en gravedad cero ni siquiera hay suelo con el que tropezar.

Yuki: japonesa, diez años, la más joven del grupo y posiblemente la más inteligente. Es una genio de la ingeniería. Ayer desarmó y volvió a armar un panel de control del sistema de ventilación solo para ver cómo funcionaba por dentro. El comandante Torres casi le da un infarto cuando la encontró rodeada de cables y circuitos flotando por todas partes. «Solo estaba mirando», dijo Yuki con una inocencia que no se creía nadie. Lleva el pelo en dos coletas que en gravedad cero flotan como tentáculos de medusa y le dan un aspecto de científica loca adorable.

Marcus: alemán, doce años, serio como un reloj suizo y organizado como una hoja de cálculo con macros avanzadas. Tiene un horario personal digital en su tablet que incluye hasta los minutos que pasa en el baño. «Higiene personal: 07:15 a 07:23. Ocho minutos. Ni uno más, ni uno menos.» Yo ni siquiera sé en qué día vivo la mitad del tiempo, así que la existencia de Marcus me genera una mezcla de admiración y ligero terror.

Amara: nigeriana, once años, ojos enormes y brillantes que parecen contener estrellas. Quiere ser la primera persona en pisar Marte. No dice «me gustaría» ni «ojalá» ni «sueño con». Dice «voy a ser la primera persona en pisar Marte», con tanta seguridad que nadie se atreve a dudarlo. Además, dibuja unos cómics increíbles sobre nuestra vida en la estación. Ya ha hecho tres páginas donde cada uno de nosotros tiene superpoderes. Mi superpoder, según Amara, es «la capacidad de sobrevivir a situaciones vergonzosas». No sé si sentirme halagado o insultado.

Chen: chino, once años, tímido pero brillante. Es el más callado del grupo con diferencia. A veces pasan horas sin que diga una palabra, y de repente abre la boca y dice algo tan inteligente que todos nos quedamos mirándole como si acabara de descubrir una nueva galaxia. Luego se pone rojo, baja la mirada y vuelve a su silencio. Es como un volcán de sabiduría con erupciones puntuales.

Sofía: mexicana, doce años, la más alta del grupo y también la más ruidosa. Se ríe tan fuerte que una vez activó la alarma de decibelios de la estación. No sabía que existía una alarma de decibelios. Aparentemente se instaló para detectar ruidos que pudieran indicar fallos estructurales, pero nadie contó con que una niña de doce años pudiera competir con un fallo estructural en volumen. Sofía tomó esto como un cumplido.

Nuestro primer día oficial de entrenamiento fue ayer. Nos despertaron a las seis de la mañana. Las seis. De la mañana. En el espacio no hay mañana ni noche de verdad, porque cada noventa minutos hay un amanecer nuevo, así que las seis de la mañana hora de la estación es una decisión completamente arbitraria y cruel tomada por alguien que claramente odia a los niños y posiblemente a toda la humanidad.

La instructora principal se llama capitana Valentina Orozco. Es pequeña, delgada, tiene el pelo oscuro muy corto y una mirada que podría derretir el blindaje de titanio de la estación. Tiene una cicatriz fina en la ceja izquierda que nadie se ha atrevido a preguntar cómo se la hizo. Cuando habla, no grita. No necesita gritar. Habla en un tono tan calmado y firme que cada palabra suena como una orden del universo mismo. Si la capitana Orozco le dijera al sol que se apagara, estoy bastante seguro de que el sol lo consideraría seriamente.

—Cadetes —dijo, flotando frente a nosotros con los brazos cruzados—, están aquí porque demostraron potencial. Potencial no significa capacidad. Potencial significa que podrían llegar a ser algo… si trabajan más duro de lo que han trabajado en toda su vida. Este programa no es un campamento de verano. No es unas vacaciones en el espacio. Es el inicio de algo que les exigirá todo lo que tienen y un poco más. ¿Alguna pregunta?

Tomás levantó la mano.

—¿A qué hora es el desayuno?

La capitana Orozco lo miró durante cinco segundos eternos. Cinco segundos en los que el silencio era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.

—El desayuno fue a las cinco treinta, cadete. Llegó tarde.

La cara de Tomás fue un poema. Un poema triste, hambriento y con rima de tragedia.

El entrenamiento del primer día consistió en algo llamado «adaptación al entorno de microgravedad», que suena muy científico pero básicamente significa «intenta hacer cosas normales sin gravedad y descubre lo increíblemente torpe que eres». Tuvimos que desplazarnos por los módulos de la estación usando los pasamanos de las paredes. Parece fácil. No lo es. En la Tierra, caminar es algo automático. En el espacio, moverte requiere impulsarte, controlar la dirección, calcular la fuerza y frenar antes de estrellarte contra la pared. Es como nadar en el aire, pero sin saber nadar, y con paredes de metal en todas las direcciones esperando para golpearte.

Me golpeé la cabeza cuatro veces. La rodilla, dos. El codo, una cantidad de veces que dejé de contar por salud mental. En un momento, me impulsé con demasiada fuerza desde un pasamanos y salí disparado como un torpedo humano hacia el módulo de comunicaciones, donde casi aterricé encima del comandante Torres, que estaba hablando con el control de Tierra. El comandante tuvo que apartarme con una mano mientras decía por el micrófono: «Negativo, control, ese ruido no fue un meteorito. Fue un cadete.» Quiero morirme.

Kira, por supuesto, se deslizaba por los módulos como si hubiera nacido en el espacio. Hacía giros elegantes en las esquinas y se impulsaba con la punta de los dedos con gracia. En un momento, me miró mientras yo estaba enredado en un cable suelto que se me había enrollado alrededor del tobillo, y flotó hasta mí.

—Tienes que usar el centro de gravedad de tu cuerpo —me dijo, desenredándome el cable—. Si te impulsas desde el pecho, no desde los brazos, mantienes mejor el control. Y cuando vayas a frenar, extiende los brazos y las piernas para aumentar tu resistencia al aire.

¿Ven? Eso es lo frustrante de Kira. No es solo que sea buena en todo: además intenta ayudarme. Es amable y paciente y me da consejos útiles. Si por lo menos fuera antipática o presumida, podría odiarla en paz. Pero no. Tiene que ser perfecta Y simpática. Es profundamente injusto.

La comida. Tengo que hablar de la comida porque es, posiblemente, la mayor decepción de toda la experiencia espacial. Nos dijeron que la estación tenía un «sistema de alimentación avanzado y autosuficiente basado en biotecnología de última generación». Suena genial, ¿verdad? Lo que NO nos dijeron es que eso significa que casi todo lo que comemos viene de algas. Algas recicladas. Las cultivan en unos tanques enormes en el módulo de biología, verdes y burbujeantes, y luego las procesan para convertirlas en cosas con formas de comida normal pero que saben a todo menos a comida normal. Hay pasta de algas con sabor a «pollo» (las comillas son absolutamente necesarias). Hay croquetas de algas con sabor a «carne». Hay zumo de algas con sabor a «naranja» que es de color verde. VERDE. Un zumo de naranja verde. El universo ha perdido el sentido.

El almuerzo fue exactamente eso: pasta de algas y zumo verde. Sofía probó un bocado, puso los ojos como platos y dijo:

—Mi abuela se moriría si viera esto. Y luego se levantaría de la tumba solo para matarme a mí por comérmelo.

Chen, que había estado callado mirando su plato, comentó:

—Técnicamente, las algas son una de las fuentes de proteína más eficientes del planeta. Producen más proteína por metro cuadrado que cualquier animal de granja, requieren menos agua y generan oxígeno como subproducto.

—Técnicamente —respondió Sofía— esto sabe a calcetín mojado.

No pude evitar reírme. Y cuando me reí, Kira también se rió, y fue la primera vez que la vi reírse de verdad, con una risa que le arrugaba la nariz. Y cuando Kira se rió, Tomás empezó a hacer imitaciones de cómo sería un restaurante de lujo que sirviera algas: «Para el señor, tenemos un exquisito filete de alga del Pacífico, marinado en jugo de alga del Atlántico, servido sobre una cama de… más alga. De postre, mousse de alga con coulis de alga.» Incluso Marcus, el señor serio, soltó una carcajada que le sacudió el cuerpo entero.

Fue el primer momento en que sentí que quizás este grupo de extraños podría convertirse en algo parecido a amigos.

Pero luego llegó la prueba de la tarde: la centrifugadora. Es una máquina infernal que te hace girar a velocidades ridículas para simular las fuerzas G de un lanzamiento. Te sientas en una cápsula, te atan con arneses, y luego la máquina gira y gira y gira. Se supone que tienes que mantener la concentración y leer los instrumentos del panel mientras tu cara se deforma como si fuera de plastilina y tu cerebro decide que ya no quiere participar.

Kira aguantó ocho minutos. Con una sonrisa. Marcus aguantó seis. Amara, cinco y medio, diciendo «Marte, Marte, Marte» como un mantra. Yo aguanté tres minutos y cuarenta y dos segundos antes de que mi estómago decidiera hacer una segunda revolución del día. Tuvieron que parar la máquina y darme una bolsa. No quiero hablar más de esto. Nunca. Jamás.

La capitana Orozco se acercó después y me puso una mano firme en el hombro.

—Ramírez, la resistencia a las fuerzas G se entrena. No es talento, es práctica. La primera vez que yo me subí a una centrifugadora, aguanté cuatro minutos. Hoy aguanto dieciocho. La próxima vez aguantarás más.

—¿Y si no aguanto más? —pregunté, todavía verde como las algas del almuerzo.

—Aguantarás —dijo ella, y su voz sonó como una ley de la física—. Porque no te acepté en este programa para que te rindieras.

No sé si fue un cumplido o una amenaza. Con la capitana Orozco, ambas cosas suenan igual.

Esta noche, mientras todos duermen flotando en sus sacos como orugas en capullos colgados de la pared, miro por la ventanilla del módulo dormitorio. La Tierra está ahí abajo, enorme y azul y brillante, cubierta de remolinos blancos de nubes. Puedo ver las luces de las ciudades formando telarañas doradas sobre los continentes oscuros. Europa brilla como una joya. Asia parpadea como un circuito electrónico. Y en algún lugar de Latinoamérica, demasiado pequeño para verlo desde aquí, está mi casa. Mi habitación. Mi mesa con los modelos de cohetes. Mi perro Copérnico durmiendo en mi almohada.

Es la cosa más hermosa y más triste que he visto en mi vida. Hermosa porque la Tierra desde el espacio es tan increíblemente bella que las palabras no alcanzan. Y triste porque estoy a cuatrocientos kilómetros de todo lo que conozco y quiero, y empiezo a darme cuenta de que ser astronauta no es solo mirar estrellas y flotar. Es también estar lejos. Muy lejos.

Y pienso: estoy aquí. Yo, Leo Ramírez, el chico que vomita en las centrifugadoras, se enreda en los cables y es el último en todo, estoy en el espacio mirando la Tierra.

Quizás mañana me vaya mejor. O quizás vomite otra vez. Estadísticamente, ambas opciones son probables.

Buenas noches, diario.

P.D.: Acabo de descubrir que Tomás habla dormido. Ha dicho «no, mamá, el pingüino no sabe conducir». No sé qué está soñando, pero me preocupa profundamente.

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