El sobre llegó un martes por la mañana, cuando Sofía Mendoza estaba sentada en la mesa de la cocina intentando memorizar las fases de la mitosis para el examen del viernes. Su madre lo dejó junto al vaso de zumo de naranja sin decir nada, pero Sofía notó el temblor casi imperceptible en sus dedos. El remitente era el Instituto de Investigación Genómica Avanzada, conocido en el mundo científico como IIGA, uno de los centros de biotecnología más prestigiosos del país.
Sofía rasgó el sobre con cuidado, como si el papel pudiera contener algo frágil. Sus ojos recorrieron las líneas impresas en papel oficial con el membrete dorado del instituto. «Estimada Sofía Mendoza, nos complace informarle de que ha sido seleccionada como beneficiaria de la Beca Jóvenes Promesas en Genética Molecular para el curso académico 2025-2026…». No necesitó leer más. Se levantó de la silla de un salto y abrazó a su madre con tanta fuerza que casi derraman el zumo sobre la carta.
—¡Me la dieron, mamá! ¡Me dieron la beca! —gritó con la voz entrecortada por la emoción.
Su madre, Carmen, la abrazó de vuelta con los ojos húmedos. Llevaba meses viendo a su hija quedarse despierta hasta las dos de la madrugada redactando el ensayo de solicitud, preparando su portafolio de proyectos escolares y repasando conceptos de biología molecular que a Carmen le sonaban a otro idioma. Sofía había heredado de su padre, un bioquímico que había fallecido cuando ella tenía once años, esa curiosidad insaciable por entender cómo funcionaba la vida a nivel celular.
—Tu padre estaría muy orgulloso —susurró Carmen, apartándole un mechón de cabello castaño de la frente.
Sofía asintió, tragando el nudo que siempre se le formaba en la garganta cuando mencionaban a su padre. Guardaba en su mesita de noche la última libreta de laboratorio que él había usado, llena de anotaciones sobre secuencias genéticas y dibujos esquemáticos de cadenas de ADN. De pequeña no entendía nada de lo que había escrito, pero ahora, con dieciséis años y una base sólida en biología, podía seguir muchos de sus razonamientos. Era como mantener una conversación con él a través del tiempo.
Esa misma tarde, Sofía llamó a su mejor amiga, Valentina Ruiz, para contarle la noticia. Se conocían desde los seis años, cuando Valentina se había sentado a su lado en primer curso de primaria y le había ofrecido la mitad de su bocadillo de jamón sin que nadie se lo pidiera. Desde entonces habían sido inseparables, a pesar de ser tan diferentes: Sofía era reservada, metódica y se perdía durante horas en libros de ciencia; Valentina era extrovertida, artística y capaz de llenar cualquier habitación con su risa contagiosa.
—¡Eso es increíble, Sofi! —exclamó Valentina al otro lado del teléfono—. ¡Sabía que te la iban a dar! Eres literalmente la persona más inteligente que conozco.
—No exageres —respondió Sofía, aunque no pudo evitar sonreír—. Había más de doscientos candidatos.
—Y te eligieron a ti. Punto. Ahora cuéntame todo: ¿cuándo empiezas? ¿Vas a trabajar con microscopios gigantes? ¿Vas a clonar algo?
Sofía se rio. Valentina siempre conseguía hacerla reír, incluso cuando estaba nerviosa. Le explicó que la beca comenzaba en dos semanas, que pasaría las tardes de lunes a jueves en el laboratorio del IIGA bajo la supervisión de investigadores profesionales, y que el programa estaba diseñado para que estudiantes de secundaria tuvieran contacto directo con la investigación real en genética.
El primer día en el instituto fue abrumador. El edificio del IIGA era un bloque de cristal y acero situado en las afueras de la ciudad, rodeado de jardines geométricos que parecían diseñados por un algoritmo. Sofía cruzó las puertas automáticas con su bata blanca nueva doblada bajo el brazo y la credencial de becaria colgando del cuello. El vestíbulo olía a desinfectante y a café, y las paredes estaban decoradas con enormes fotografías microscópicas de células en división que a Sofía le parecieron obras de arte.
La recibió el doctor Alejandro Vega, director del Programa de Becarios y responsable del Laboratorio de Edición Genómica. Era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura fina y una sonrisa amable que contrastaba con su reputación de científico riguroso. Había publicado más de cien artículos en revistas internacionales y era considerado una autoridad mundial en técnicas CRISPR.
—Bienvenida, Sofía —dijo el doctor Vega, estrechándole la mano—. He leído tu ensayo de solicitud tres veces. Tu análisis sobre las implicaciones éticas de la edición germinal en embriones humanos era sorprendentemente maduro para alguien de tu edad.
Sofía sintió que se ruborizaba. Había dedicado semanas a ese ensayo, investigando casos reales, leyendo artículos académicos y debatiendo consigo misma sobre los límites morales de la modificación genética.
—Gracias, doctor Vega. Para mí es un honor estar aquí.
—Llámame Alejandro. Aquí somos un equipo, y los becarios son parte fundamental de ese equipo. Ven, te enseñaré el laboratorio.
Lo que Sofía vio durante la siguiente hora superó todas sus expectativas. El laboratorio era un espacio enorme dividido en secciones: una zona de secuenciación con máquinas que podían leer un genoma completo en pocas horas, una zona de cultivo celular con incubadoras que mantenían las células a temperatura y humedad perfectas, y una zona de edición donde los investigadores trabajaban con pipetas de precisión bajo campanas de flujo laminar. Había pantallas por todas partes mostrando gráficos de secuencias genéticas, y el murmullo constante de las centrifugadoras creaba una especie de banda sonora que Sofía encontró extrañamente reconfortante.
Alejandro le presentó al resto del equipo: la doctora Marina Chen, especialista en terapia génica; el doctor Pablo Herrera, bioinformático encargado de analizar los datos de secuenciación; y Lucas Ortega, un estudiante de doctorado de veinticinco años que sería su tutor directo durante la beca.
—Lucas te guiará en tus primeras semanas —explicó Alejandro—. Empezarás con protocolos básicos de laboratorio y poco a poco irás participando en los proyectos de investigación.
Sofía asintió con entusiasmo. No podía creer que estuviera allí, rodeada de las personas que estaban en la vanguardia de la ciencia que más le apasionaba. Mientras seguía a Lucas hacia la zona de cultivo celular, pensó en su padre y en su libreta de anotaciones. Ojalá pudiera verla ahora.
