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Hackers del tiempo Capítulo 1: El glitch
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La pantalla del portátil de Mía Herrera brillaba en la oscuridad de su habitación como un faro en mitad del océano. Eran las once y cuarenta y dos de la noche de un viernes de octubre, y el resto de la casa llevaba una hora en silencio. Su madre, ingeniera de telecomunicaciones en una empresa de fibra óptica, dormía con la tranquilidad de quien confía en que su hija de trece años cumplirá la promesa de apagar el ordenador a las diez. Mía había cumplido esa promesa exactamente cero veces en el último mes.

Sobre el escritorio, junto al portátil, se apilaban tres libros de programación, un cuaderno lleno de diagramas de flujo dibujados con rotulador verde y una taza con restos de cola-cao frío. En la pared, un póster de Ada Lovelace compartía espacio con otro de un torneo de CTF —Capture The Flag, competiciones de ciberseguridad— en el que Mía había quedado decimoséptima con solo doce años, la participante más joven del ranking.

Esa noche, sin embargo, no estaba compitiendo. Estaba desenterrando código muerto.

Todo había empezado tres días antes, cuando el señor Pascual, su profesor de tecnología, les había pedido que analizaran una aplicación antigua como ejercicio de ingeniería inversa. «Buscad una app que ya no se actualice, decompilad lo que podáis y escribid un informe sobre su arquitectura», había dicho, como si fuera algo sencillo. Para la mayoría de la clase era un castigo. Para Mía era un regalo de cumpleaños adelantado.

Había elegido CronoLens, una aplicación de realidad aumentada lanzada en 2019 que prometía «superponer capas históricas sobre tu entorno». La idea original era apuntar con la cámara del móvil a un edificio y ver cómo era cien años atrás gracias a modelos 3D y fotografías antiguas. Tuvo cierto éxito al principio, pero la empresa quebró en 2021 y la app quedó abandonada en un repositorio de código abierto. Perfecta para diseccionar.

Mía había descargado el código fuente del repositorio de GitHub, lo había importado a su entorno de desarrollo y había empezado a leer las entrañas del programa como quien lee una novela de misterio. La mayor parte del código era predecible: módulos de cámara, renderizado de modelos 3D, integración con mapas, una base de datos local con imágenes históricas. Nada fuera de lo común.

Hasta que encontró la carpeta.

Se llamaba /src/core/tempus/ y no estaba referenciada en ningún otro archivo del proyecto. Era código huérfano, abandonado, como una habitación tapiada dentro de una casa. Dentro había tres archivos: tempus_engine.py, tempus_calibrator.py y un fichero de configuración llamado anchors.json.

Mía los abrió uno por uno. El primero contenía funciones de procesamiento de imagen que no se parecían a nada que hubiera visto. No usaban las librerías estándar de realidad aumentada, sino algoritmos propios con nombres extraños: phase_shift(), temporal_overlap(), echo_render(). Los comentarios del código eran crípticos: «Sincronización de eco temporal», «Umbral de resonancia fotónica», «Advertencia: no usar más de 30 segundos por sesión».

El segundo archivo, el calibrador, parecía encargado de alinear la cámara del dispositivo con coordenadas geográficas muy precisas. Mía reconoció el formato: latitud y longitud con ocho decimales, una precisión de menos de un milímetro. Y el tercer archivo, anchors.json, contenía una lista de esas coordenadas, cada una asociada a una fecha y una etiqueta. La primera entrada decía:

{ "lat": 39.47391842, "lng": -0.37638291, "date": "1974-11-15", "label": "Laboratorio Vidal – Última señal" }

Mía se quedó mirando la pantalla. «Laboratorio Vidal.» No le sonaba de nada. Abrió el navegador y tecleó «Laboratorio Vidal 1974 desaparición». Los resultados la golpearon como una ola.

Augusto Vidal. Profesor de física e inventor. Desaparecido el 15 de noviembre de 1974. Su laboratorio, ubicado en el casco antiguo de la ciudad, fue encontrado saqueado al día siguiente. La policía investigó durante años sin resultado. El caso se cerró en 1985 como «desaparición voluntaria», aunque nadie que conociera al profesor creía esa versión. Vidal estaba trabajando en algo grande, decían los artículos, pero nunca se encontraron sus cuadernos de investigación ni sus prototipos.

«Cincuenta años», pensó Mía. «Alguien escondió esto en el código de CronoLens hace cinco años, vinculado a un caso de hace cincuenta.»

Los dedos le temblaban sobre el teclado. Quería compilar el módulo tempus y probarlo, pero necesitaba un dispositivo con cámara y GPS, y su portátil no era ideal. Necesitaba un teléfono con la app instalada y acceso a las coordenadas. Necesitaba estar físicamente en uno de esos puntos de anclaje.

Y necesitaba ayuda.

Abrió el chat del grupo que compartía con sus dos mejores amigos. Se llamaba «Tridente Digital», un nombre que Héctor había elegido en un momento de inspiración mitológica y que a ninguno de los tres les gustaba lo suficiente como para cambiarlo ni lo poco como para molestarse en buscar otro.

«Héctor. Zoe. Mañana a las 10 en la plaza del Reloj. Traed los móviles cargados al cien por cien. He encontrado algo que no os vais a creer.»

La respuesta de Zoe llegó en ocho segundos: «Estoy dentro. ¿Nivel de locura del 1 al 10?»

Mía tecleó: «Once.»

Héctor tardó un poco más: «¿Puedo llevar mi cuaderno de notas?»

«Vas a necesitarlo», respondió Mía.

Cerró el portátil. En la oscuridad de la habitación, el corazón le latía tan rápido que podía sentirlo en las sienes. Se tumbó en la cama sin cambiarse de ropa y miró al techo.

Algo le decía que acababa de abrir una puerta que no iba a poder cerrar.

───

La plaza del Reloj era el corazón del casco antiguo. Debía su nombre a una torre medieval con un reloj de sol que, según los historiadores locales, no había dado la hora correcta desde el siglo XVIII. A Héctor Navarro le encantaba ese detalle. Para él, un reloj roto era más interesante que uno que funcionara, porque contaba la historia de todos los años que habían pasado sin que nadie lo reparara.

Héctor tenía trece años, pelo castaño que le caía sobre la frente como una cortina torcida, gafas de pasta azul y una mochila que siempre pesaba demasiado porque llevaba al menos dos libros, un cuaderno, una botella de agua y un bocadillo de emergencia. Era el tipo de persona que leía las placas conmemorativas de las calles, que sabía en qué año se había construido cada edificio del barrio y que podía explicar la Guerra de los Treinta Años en el recreo sin que nadie le hubiera preguntado.

Llegó a la plaza cinco minutos antes de las diez, como siempre. Zoe Martín ya estaba allí, sentada en el borde de la fuente, balanceando las piernas. Zoe era lo opuesto visual de Héctor: pelo corto teñido de azul eléctrico, zapatillas de parkour gastadas, una sudadera tres tallas más grande y una energía que parecía imposible de contener. Conocía cada tejado, cada muro escalable y cada atajo de la ciudad. Donde Héctor veía historia, Zoe veía rutas.

—¿Sabes de qué va esto? —preguntó Héctor sentándose a su lado.

—Ni idea. Pero Mía dijo «once sobre diez en nivel de locura», así que va a ser bueno.

Mía apareció corriendo por la calle de la Herrería, con el portátil bajo el brazo y una expresión que oscilaba entre la euforia y el pánico.

—Sentaos. No, esperad, mejor quedaos de pie. No, da igual, escuchad.

Les contó todo. La tarea del señor Pascual. CronoLens. La carpeta oculta. Los algoritmos imposibles. Las coordenadas. El nombre de Augusto Vidal.

Héctor la escuchaba con los ojos cada vez más abiertos. Cuando Mía mencionó el nombre del profesor, casi se atragantó.

—¿Augusto Vidal? ¿El Augusto Vidal? Mía, ese hombre es una leyenda local. Mi abuela me ha contado su historia cien veces. Dicen que estaba desarrollando una fuente de energía revolucionaria. Algo relacionado con ondas electromagnéticas y resonancia cuántica. Desapareció de la noche a la mañana y nadie encontró jamás sus investigaciones.

—Pues alguien metió sus coordenadas dentro de esta app —dijo Mía, abriendo el portátil sobre un banco—. Y los algoritmos del módulo tempus… Héctor, no son realidad aumentada normal. No superponen modelos 3D. Creo que hacen otra cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó Zoe.

Mía tomó aire.

—Creo que muestran el pasado real. Treinta segundos de imagen real del pasado, superpuesta sobre el presente a través de la cámara.

El silencio duró exactamente cuatro segundos. Luego Zoe soltó una carcajada.

—Vale, eso es un doce sobre diez.

—Es imposible —dijo Héctor, pero su voz temblaba de emoción, no de escepticismo.

—Solo hay una forma de saberlo —respondió Mía—. Compilar el módulo, instalarlo en un teléfono e ir a una de las coordenadas de anclaje. Y resulta que la primera coordenada de la lista está a doscientos metros de aquí.

Señaló calle abajo, hacia un callejón estrecho que desembocaba en la parte trasera de un edificio de ladrillo visto. Héctor lo reconoció al instante.

—Eso es el antiguo laboratorio de Vidal. Ahora es un almacén municipal, pero la estructura original sigue ahí.

Mía sacó un cable USB, conectó su portátil al teléfono de Zoe —el más potente de los tres— e instaló una versión modificada de CronoLens con el módulo tempus activado.

—He pasado la noche depurando el código para que compile sin errores —explicó mientras la barra de progreso avanzaba—. El calibrador necesita unos segundos para sincronizar el GPS con las coordenadas de anclaje. Cuando lo haga, la cámara debería activar el modo temporal automáticamente.

—¿Y si no funciona? —preguntó Zoe.

—Entonces volvemos a casa y yo escribo un informe muy aburrido para el señor Pascual.

—¿Y si funciona? —preguntó Héctor.

Mía lo miró a los ojos.

—Entonces tenemos un misterio de cincuenta años que resolver.

Caminaron hasta el callejón. El edificio del antiguo laboratorio se alzaba ante ellos con sus ventanas tapiadas y su puerta metálica cerrada con candado. Una placa descolorida en la fachada decía «Propiedad Municipal. Prohibido el paso.»

—No necesitamos entrar —dijo Mía—. El punto de anclaje está aquí fuera, en la calle. El módulo usa la cámara del teléfono como visor. Solo tenemos que apuntar al edificio.

Zoe desbloqueó su teléfono y abrió CronoLens. La interfaz era la misma de siempre: una vista de cámara con un menú lateral de filtros históricos. Pero ahora, en la esquina inferior izquierda, había un icono nuevo: un pequeño reloj de arena parpadeante.

—Eso no estaba antes —murmuró Zoe.

—Es el módulo tempus. Está detectando la proximidad al punto de anclaje.

Mía le hizo un gesto para que apuntara la cámara hacia la fachada del edificio. El icono del reloj de arena empezó a girar. Un contador apareció en pantalla: «Sincronizando… 78%… 91%… 100%. Eco temporal disponible. Duración máxima: 30 segundos.»

Los tres se agruparon alrededor del teléfono. Mía pulsó el icono.

La pantalla parpadeó. Y entonces, como si alguien hubiera retirado una cortina invisible, la imagen cambió.

El edificio ya no tenía las ventanas tapiadas. Había luz dentro. Una luz cálida, amarillenta, que se filtraba a través de cristales limpios. La puerta metálica era de madera, pintada de verde, y estaba entreabierta. A través de ella se veía un interior lleno de estanterías, cables, aparatos metálicos y un gran tablero de dibujo técnico. Y de pie frente al tablero, de espaldas a la puerta, había un hombre de pelo canoso con bata blanca.

—Dios mío —susurró Héctor—. Eso es… eso tiene que ser él. Augusto Vidal.

El hombre se giró, como si hubiera oído algo. Tenía el rostro delgado, barba recortada y unos ojos que, incluso a través de la pantalla de un teléfono, transmitían una inteligencia feroz. Miró hacia la puerta —hacia ellos— y frunció el ceño. Luego se acercó a una mesa, cogió un cuaderno y lo metió dentro de un maletín de cuero.

El contador marcaba ocho segundos.

Una sombra cruzó la imagen. Alguien más entraba en el laboratorio por otra puerta, al fondo. Vidal se tensó. Guardó el maletín detrás de una estantería, en un hueco que parecía preparado para ocultarlo.

Tres segundos.

Vidal miró de nuevo hacia la puerta de la calle. Directamente a la cámara. Y movió los labios. Sin sonido, pero con una claridad que permitía leer: «Encontradlo.»

La imagen se disolvió. El edificio volvió a ser un almacén cerrado con ventanas tapiadas. El teléfono de Zoe mostró un mensaje: «Sesión temporal finalizada. Próxima disponibilidad: 24 horas. Advertencia: cada uso incrementa la inestabilidad del eco.»

Ninguno de los tres habló durante un minuto entero. Fue Zoe quien rompió el silencio.

—Acabo de ver el pasado. Literalmente acabo de ver el pasado en mi teléfono.

Héctor se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared del callejón, y abrió su cuaderno con manos temblorosas.

—Vidal escondió algo. Un maletín. Detrás de una estantería. Si esa imagen es del 15 de noviembre de 1974, es la noche que desapareció. Lo que escondió podría seguir ahí dentro.

—Y dijo «encontradlo» —añadió Mía—. Nos estaba hablando a nosotros.

—Eso es imposible —repitió Héctor, pero ya estaba tomando notas.

Mía cerró el portátil y lo guardó en su mochila. Una mezcla de excitación y miedo le recorría la columna vertebral. Habían descubierto algo real. Algo enorme. Pero la advertencia del programa resonaba en su cabeza: «Cada uso incrementa la inestabilidad del eco.»

—Tenemos que ser inteligentes con esto —dijo—. Solo podemos usarlo una vez cada veinticuatro horas, y cada vez será más inestable. Necesitamos un plan.

—Necesitamos investigar a Vidal —dijo Héctor—. Todo lo que hizo, todo lo que inventó, por qué desapareció. Si vamos a usar los treinta segundos, tienen que contar.

—Y necesitamos entrar en ese edificio —dijo Zoe, mirando la fachada con ojos calculadores—. Yo puedo encontrar la forma.

Mía asintió. Tridente Digital tenía su primera misión real.

Lo que no sabían era que, en ese mismo momento, a tres manzanas de distancia, otra pantalla mostraba un registro de actividad: «Eco temporal activado. Coordenada: Laboratorio Vidal. Usuario: desconocido. Alerta: interferencia detectada.»

Una mano con un anillo de plata cerró el portátil con un golpe seco.

Antes de cerrar la pantalla, Mía volvió a abrir la carpeta /src/core/tempus/ y releyó el código por tercera vez. Algo la inquietaba. Los comentarios del código no estaban escritos en inglés, como era habitual en proyectos de software. Estaban en español. «Sincronización de eco temporal», «Umbral de resonancia fotónica». Quien programó esto hablaba español, probablemente era de aquí. Y conocía la investigación de Vidal con un nivel de detalle que iba más allá de la simple documentación.

Abrió una terminal y ejecutó un análisis de metadatos sobre los archivos. La mayoría de los datos estaban limpiados, pero encontró un fragmento en el header de tempus_engine.py: un timestamp de creación que correspondía a junio de 2019, justo dos meses antes de que CronoLens fuera publicada. Eso significaba que el módulo tempus fue añadido al proyecto original antes de su lanzamiento público, no después. Alguien dentro del equipo de desarrollo de CronoLens, o con acceso a su repositorio privado, había insertado este código deliberadamente.

Mía anotó en su cuaderno: «Preguntas: 1) ¿Quién es tempus_fugit? 2) ¿Cómo conocía la investigación de Vidal? 3) ¿Por qué esconder esto en una app comercial? 4) ¿Qué significa que los puntos de anclaje estén todos en nuestra ciudad?»

La última pregunta era la más perturbadora. El archivo anchors.json contenía diecisiete coordenadas, todas dentro del casco urbano. No había puntos en Madrid, ni en Barcelona, ni en ningún otro lugar. Todo estaba aquí. Quien programó tempus sabía que los ecos fotónicos solo funcionaban en esta ciudad, o al menos solo conocía puntos de anclaje locales.

Mía se levantó de la silla y caminó hasta la ventana. La calle estaba oscura y silenciosa. Un gato cruzó bajo una farola. En el edificio de enfrente, una luz solitaria brillaba en un segundo piso. Todo parecía normal. Pero Mía tenía la sensación de que, debajo de la normalidad, había una capa de realidad que nadie veía. Una capa de luz atrapada en la piedra, esperando a ser leída.

Volvió al escritorio y abrió el tercer archivo, anchors.json, para examinar las coordenadas con más detalle. Cada entrada tenía tres campos además de latitud y longitud: una fecha, una etiqueta y un campo llamado «echo_strength» con un valor numérico del 1 al 10. La coordenada del laboratorio de Vidal tenía un echo_strength de 9.7, casi el máximo. Otras coordenadas tenían valores más bajos: una plaza con 3.2, una iglesia con 5.8, un puente con 4.1.

«La fuerza del eco depende del material y de la intensidad del evento», razonó Mía. «El laboratorio tiene un eco fortísimo porque allí ocurrió algo emocionalmente intenso. Algo violento.» La idea la estremeció.

Revisó las etiquetas de las demás coordenadas. Algunas eran descriptivas: «Casa natal Vidal», «Universidad vieja – aula 12», «Puente romano – ensayo 003». Otras eran más enigmáticas: «Punto de fuga», «Último café», «Ella lo sabía».

Cada coordenada era un fragmento de la vida de alguien. Cada punto de anclaje era un momento congelado en la piedra, esperando a que alguien lo despertara. Mía sintió el peso de esa responsabilidad como algo físico, como si le hubieran puesto un libro enorme sobre los hombros.

«Mañana», se dijo. «Mañana empezamos.»

Se cepilló los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. Antes de dormir, revisó una última vez el chat del grupo. Héctor había enviado un mensaje a las once y cuarenta y cinco: «He buscado a Augusto Vidal en la hemeroteca digital de la biblioteca. Hay cuatro artículos y una necrológica que nunca se publicó porque nunca encontraron el cuerpo. Mañana os lo enseño todo.»

Zoe, a las once y cincuenta: «He mirado las coordenadas que Mía nos pasó. Conozco ocho de los diecisiete sitios. Los otros nueve están en zonas del casco antiguo que no suelo pisar. Mañana hago reconocimiento.»

Mía sonrió. No estaba sola en esto. Tenía a Héctor, que conocía el pasado como si lo hubiera vivido. Tenía a Zoe, que conocía la ciudad como si la hubiera construido. Y tenía un misterio que olía a peligro y a verdad a partes iguales.

El sueño la venció a la una de la madrugada. En sus sueños, caminaba por calles que eran a la vez antiguas y modernas, como si dos épocas se superpusieran. Los edificios tenían las ventanas del presente y las puertas del pasado. Y en una esquina, un hombre de pelo canoso la miraba con ojos que conocían el futuro.

A la mañana siguiente, Mía se despertó con el sol entrando por la ventana y la sensación de que algo había cambiado en el mundo mientras dormía. Tardó tres segundos en recordar qué era: CronoLens, el módulo tempus, Augusto Vidal. Se duchó en tiempo récord, se vistió con lo primero que encontró y bajó a desayunar con su madre.

Laura Herrera estaba en la cocina, con una taza de café en la mano y el portátil abierto en la mesa. Tenía el pelo recogido en un moño despeinado y las gafas de lectura puestas, lo que significaba que llevaba rato revisando correos del trabajo.

–¿Has dormido bien? –preguntó sin levantar la vista.

–Sí –mintió Mía, sirviéndose cereales.

–¿Qué planes tienes hoy?

–Quedar con Héctor y Zoe. Un proyecto de tecnología.

–¿Del instituto?

–Más o menos.

Laura la miró por encima de las gafas con esa expresión que Mía conocía bien: la de una ingeniera de telecomunicaciones que sabía detectar señales débiles.

–¿Más o menos?

–Es una extensión del trabajo del señor Pascual. Hemos encontrado algo interesante en una app antigua y queremos investigarlo más a fondo.

No era mentira. Simplemente no era toda la verdad.

–Lleva el móvil cargado y avísame si vais a tardar –dijo Laura, volviendo a su pantalla.

Mía asintió, terminó los cereales y salió de casa. El sol de octubre bañaba la ciudad con una luz oblicua y dorada que alargaba las sombras de los edificios. Mientras caminaba hacia la plaza del Reloj, Mía pensaba en lo extraño que era vivir en dos realidades simultáneas: la realidad ordinaria de cereales, madres preocupadas y trabajos de clase, y la realidad extraordinaria de códigos ocultos, inventores desaparecidos y tecnología que permitía ver el pasado.

Pasó junto a la fachada de la iglesia de San Marcos, una construcción de piedra caliza del siglo XVII con una portada barroca que los turistas fotografiaban cada verano. Ahora, al mirarla, Mía no veía solo un edificio antiguo. Veía un almacén de ecos fotónicos. ¿Qué momentos estarían grabados en esas piedras? ¿Procesiones religiosas? ¿Conversaciones de hace trescientos años? ¿Algún amor secreto susurrado bajo el arco de la puerta?

La ciudad, que siempre le había parecido un lugar conocido y predecible, de pronto se sentía como un libro cerrado del que solo había leído la cubierta. Cada piedra era una página. Cada calle, un capítulo. Y el módulo tempus era la llave para abrirlo.

Llegó a la plaza con cinco minutos de adelanto. El reloj de sol de la torre marcaba una hora que no existía, como siempre. Mía se sentó en el borde de la fuente y sacó su portátil. Mientras esperaba a los demás, revisó las últimas modificaciones que había hecho al código de tempus. Había añadido una función de registro que guardaba automáticamente cada eco temporal en formato de vídeo comprimido, para no perder información. También había reforzado la seguridad del módulo con un cifrado adicional que impedía que alguien interceptara la señal durante la transmisión.

Era una carrera contra un enemigo invisible, y Mía estaba decidida a llevar la delantera.

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